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Dirigentes o anarquistas


No hay la menor duda de que un sindicalismo serio, bien organizado y con un sólido respaldo de su membresía es uno de los principales pilares de la democracia y un factor de primerísima importancia en el desarrollo económico de un país.
El sindicalismo en Panamá comenzó a tener vigencia real y verdaderamente participativa a principios de la década de los años 50, cuando don Ernesto De la Guardia Jr., primero como gerente de una de las más importantes empresas, la Cervecería Nacional, y después como Presidente de la República, le dio al sindicalismo istmeño un gran impulso al propiciar su organización y desarrollo. Fue un firme creyente que la unidad de los trabajadores era necesaria para lograr un equilibrio justo entre la empresa privada y el obrerismo. En la Cervecería Nacional, por ejemplo, él aceptó el descuento de la cuota sindical cuando ninguna otra empresa lo hacía por no ser obligatorio. Después como Presidente les facilitó a los gremios sus reconocimientos oficiales y su formación.
Años después, en especial a partir de 1970, cuando por iniciativa del General Torrijos se perfeccionaron las leyes pertinentes, la integración de los obreros en sus sindicatos tuvo mayor fuerza y fueron poco a poco participando cada vez más en la discusión de los distintos problemas nacionales, principalmente en cuanto a las negociaciones con los EE.UU., que culminaron con la firma del Tratado Torrijos-Carter. Su contribución fue valiosa y positiva.
Lamentablemente el paternalismo que los protegía distorsionó, en gran medida, la esencia filosófica de un sindicalismo puro e independiente. Hubo figuras que entonces y que aún ahora continúan orientando dentro de un concepto sano y de principios las, siempre dentro del diálogo y no en la confrontación, respuestas a sus posiciones y han tenido por lo regular, éxito, en gran medida, en el logro de beneficios para sus grupos. Están como ejemplo: los Cobos, Anderson, Suira, Mena, Cano, Rodríguez, que me vienen a la memoria. Los hubo también quienes contrariamente se aprovecharon de ese paternalismo que los infló, para convertirse en asalariados de los gobiernos de turno y ser sus amanuenses incondicionales. Poco a poco fueron perdiendo credibilidad y el respaldo de sus propias bases por el desprestigio en que habían caído. El sindicalismo consecuentemente entró en un período muy difícil y de clara decadencia. El número de obreros afiliados a los sindicatos no aumentaba sino más bien disminuía, a pesar de que la fuerza laboral crecía en el país y hoy día tenemos que es muy bajo en porcentaje, el número de trabajadores afiliados. No creo que éstos lleguen a más de un 25%. Los que estamos convencidos de los beneficios de un sindicalismo activo, participativo y fuerte para lograr el progreso del país, la situación actual de los mismos, que penosamente no ha sufrido cambios substanciales en los últimos años, es muy preocupante.
¿A qué se deberá, si muchos sindicatos ya tienen mayoría de edad, y han demostrado responsabilidad y han participado conjuntamente con la empresa en lograr acuerdos que mejoren la rentabilidad de la misma y beneficios para quienes en ellos laboran? ¿Se han activado también con inquietud patriótica en la búsqueda de soluciones para los problemas de prioridad nacional? La respuesta está en que 2 ó 3 dirigentes de la SUNTRAC, que pretenden constituirse en los representantes exclusivos del movimiento laboral panameño, mantienen una oposición sistemática e intransigente a todo y cuyos objetivos anárquicos propician permanentemente la confrontación violenta en nuestra sociedad. Le han dado -ellos- a sus luchas un marcado tinte ideológico comunista. Mantienen un concubinato con la ultra izquierda estudiantil, con el objeto de aprisionar a la democracia dentro de sus únicos métodos de lucha: la violencia. Es un grupo ínfimo; no cuentan con más de unas 300 personas en total. Cuando quieren oponerse a algo, que por lo regular es a todo, entonces 20 ó 30 de ellos cierran una avenida; otros 15, otra y el pequeño grupo que les queda, otra más allá. Creando esa escuálida minoría un caos total en la ciudad capital. No les importa los perjuicios ni los daños que causan. Sólo los guía el divisionismo de la familia panameña. Hace poco uno de sus dirigentes, energúmeno y en total descontrol físico y mental, dio muestras muy claras de que ellos no buscan resolver sus problemas dentro de las disposiciones legales, sino que persiguen la violencia. Para ellos sólo cuenta la dialéctica de la piedra y el palo y su objetivo final, la anarquía.
Toda ya a las autoridades no dejarse amedrentar por estos seudos dirigentes con su retórica de la violencia, que contradice los sentimientos pacíficos de nuestro pueblo. Es hora también de que los dirigentes sindicales serios y sin ideologías desfasadas -que los hay muchos y muy buenos y balanceados- con legítimas y sanas preocupaciones por sus agrupados, reemplacen a esos tres o cuatro audaces y aprovechadores, que con sus acciones no sólo están humillando a la clase obrera en general, sino que están afectando, con su irresponsabilidad, que se haga una realidad muchas de las aspiraciones razonables que tienen. La ciudadanía no respalda lo que ellos defienden, aunque sean causas muy justas, por el repudio que sus acciones les causa. ¡Pruebas! Ahí están los actos y marchas convocados por ese grupo: un rotundo fracaso. El pueblo y los mismos trabajadores los tienen bien catalogados y los rechazan.

101 años de Panamá América

 
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