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Discapacitados: los verdaderos normales


TAL VEZ, la obra Nuestra Señora De París (El Jorobado de Notre Dame) de Víctor Hugo sea la que, en el plano de la literatura universal, nos permite tener una cabal comprensión de dos extremos que han marchado paralelos en el curso de la historia: hablamos de la miseria y de la nobleza.
El reino de la miseria, obviamente, mucho más amplio y extendido que el segundo, tiene ejércitos en todo el mundo. El de la nobleza, por el contrario, está adscrito a una singular, excelente y minúscula clase de hombres y mujeres que entienden que todo es pasajero en esta vida y que, lo que realmente importa, es la devoción al prójimo, a nuestro semejante, la ponderación de las cosas que valen: dignidad humana, amor, cariño, ternura, vida, libertad, etc. Cuando en la obra de Víctor Hugo, contemplamos a ese singular personaje, agobiado por el trato miserable de sus congéneres pero también por su fealdad tras el peso de una joroba que lo relega a un estado de estupefacción, pero también lleno de dulzura y amor, dispuesto siempre a dar y a servir, víctima de la miseria y no de la nobleza, podemos, del mismo modo, descubrir que en las almas a quien la naturaleza no les ha dispensado todas las facultades mentales o los atributos físicos del ser humano, hay dones y facultades que nos asombran y llenan de impresión. Es como si el mismo Creador depositara en esas almas todo el pozo de de amor y cariño que hay en su seno y para que éstos -los llamados discapacitados- a través de una mirada profunda y dulce; de una manifestación de ternura y dulzura nos hablen en lugar de Dios.
Yo creo que al final de cuentas en cada alma y espíritu de un discapacitado, minusválido, hay un retrato de nuestra propia discapacidad mental y espiritual. Ellos, grandes en cariño y amor; nosotros, pequeños y minúsculos. Ellos gigantes en buenas acciones -no conocen, generalmente, el riesgo y se entregan sin condiciones en todo cuanto hacen y piensan- y nosotros meditabundos entre la conveniencia y los intereses.
Se dice que es gracias a Sócrates que el mundo de la filosofía griega empezó a ocuparse del aspecto humano de nuestra especie. Que fue con él que se dio inicio a una era antropocéntrica -el hombre como centro de todo- y que vino a sustituir una etapa antropomórfica del hombre, del cosmos y de Dios. Protágoras, en Grecia, ubicó al hombre en una concepción métrica: El hombre es la medida de todas las cosas. Realmente dicho pensamiento no sirvió de mucho. El mundo entero siguió prejuiciado por un concepto del hombre perfeccionista. Los romanos, por su parte, nunca desarrollaron una teoría plena, completa, integracionista del concepto persona. Hay, por otra parte, estadios en la historia humana en los que se consideraba a los discapacitados como almas poseídas por espíritus infernales; monstruosidades de la naturaleza; seres poseídos por Satán. El medioevo da fe de estas perversas manifestaciones. Fue con Cristo, realmente, que se inicia una concepción netamente humanística: de misericordia y justicia para todos, especialmente para los que sufren y padecen angustias y tribulaciones.
El verdadero antropocentrismo lo inició Jesús. Dios reivindicando al hombre, al ser humano. En consecuencia, la pregunta, que tendríamos que formularnos, es: ¿Los discapacitados son o no personas, seres humanos? ¿Será acaso que la condición de persona y de ser humano está relacionada con los atributos físicos y las facultades mentales? La respuesta a ambas es no. El ser persona y ser "humano" es una cuestión que pertenece al mundo de las esencias, es eminentemente eidética. Si alguien tiene un accidente cualquiera, y pierde piernas, brazos, parte del cráneo, su nariz, y sólo puede ingerir alimentos merced a un orificio que mal puede ser llamado boca, su rostro queda plenamente desfigurado, deja de ser persona y ser humano. Obviamente que no. Esto demuestra que sigue siendo sujeto de derechos y de obligaciones. Que puede cumplir con algunas y con otras no. Que puede ejercitar algunos derechos y otros no. Pero, queda claro que sigue siendo titular, insistimos, de derechos y obligaciones. El tema de cuánto o cómo puede ejercitarlos o cumplirlos, es una cuestión que queda constreñida a la capacidad de obrar y a la capacidad jurídica y sus limitaciones, pero la sociedad, el Estado no puede negarles el trato y la estima propia a todo ser persona o ser humano. Por ello es que los derechos humanos se tienen por cosmopolitas, universales, inherentes o consustanciales a la especie humana, inembargables, inalienables, propios de la alteridad social.
Enhorabuena lo que emana del Art. 19 de la Constitución a raíz de las últimas reformas constitucionales: la discapacidad, al igual que la raza, el sexo, la clase social, la estirpe, el credo político o religioso, etc., no pueden esgrimirse como causas o factores para impulsar la discriminación entre los congéneres y así crear fueros o privilegios entre nosotros. Todos los discapacitados -sin exclusión- está, igualados en nuestro Estado de Derecho, nuestra nación, con los llamados "seres humanos normales o capacitados". La pregunta sería, ¿quién o quiénes son realmente los discapacitados?, que ahora no estamos en condiciones o intenciones de comprender que ellos -los discapacitados- sí pueden asistir a las escuelas públicas o privadas, sin que sean discriminados. Los colegios públicos o privados, ninguno puede negarse a acatar la normativa constitucional. A lo que sí tienen derecho tales planteles es a exigir evaluaciones psicológicas, colaboración familiar directa en el proceso, implementación de métodos, etc. Dejemos que la educación inclusiva sea una realidad plena en nuestro medio. Que los planteles se abran a los verdaderos normales: los discapacitados.

101 años de Panamá América

 
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