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Divagaciones vespertinas sobre "l"uomo di cultura"


¿Quién iba a imaginarse que un panameño interrumpiría un año sin mayores acontecimientos como el de 1975, con recitales de canto con lieder de Schumann y de Schubert en un perfecto alemán y con una voz delicadamente educada en un par de las mejores escuelas de música del mundo? ¿Quién iba a pensar que ese mismo panameño habría hecho exposiciones de pintura en París reseñadas en el Paris Soir, Le monde y en L´Humanité?
¿A quién iba a pasársele por la cabeza que el mismo artista contaría entre sus recuerdos haber sido el solista en una de las primeras presentaciones de la Orquesta Sinfónica que acababa de fundar Arnulfo Arias en 1940, y que habría dibujado él mismo el programa con un inolvidable perfil de Herbert de Castro?
¿Quién concebiría que el mismo hombre, con sus caricaturas indignadas, llenas de esa burla quevediana que tanto remueve la conciencia, representaría una de las poquísimas voces que se han levantado en estos trópicos tristes contra el militarismo precoz y grosero y contra la dosis de tiranía y estupidez que le han tocado a este país nuestro tan desorientado como inconsciente?
¿Quién podría predecir que el autor de un cuadro como Torito guapo, hermosa asimilación del realismo mejicano de Ribera y de Orozco, dejaría a un lado tanto talento para entregarse de cuerpo entero y con corazón decidido a una de las más trascendentales luchas contra los excesos del imperialismo en nuestro suelo, y que con su pluma generaría las mejores banderas contra la imposición de unos tratados que nos hubieran devuelto a 1903, con creces negras, por cierto?
¿Quién diría que la misma mano que pintó esos cuadros, que hizo esas caricaturas, que toca el piano con respeto exquisito, supo escribir cuentos que han sido publicados por Santillana, aunque nunca han entrado no ya en el Sancta Sanctorum, sino en el Diabolus Diabolorun del Concurso Miró? ¿Quién identificaría en esas obras la versatilidad lingüística de quien traduce a Heine y a Pushkin, y pinta un cuadro inspirado en los versos con que Francesca saluda a Dante en el Canto V del Inferno:
"O animal grazioso e benigno
eh visitando vai per l"aere perso
noi che tignemmo il mondo di sanguigno,
se fosse amico il re dell"universo,
noi prregheremmo lui della tua pace
por c"hai pietà del nostro mal perverso".

Pues bien, habiendo cumplido 86 años de edad, soslayado y olvidado por esas nuevas generaciones que se extasían con los Back Street Boys, cuya única percepción del universo infinito y de los misterios de la vida la han extraído de La guerra de las galaxias, Eudoro Silvera ha montado una exposición en la Biblioteca Nacional que es, a mi juicio, lo mejor que le ha ocurrido a esos terrenos que en un tiempo fueron el Club de Golf de Panamá, y que después se convirtieron en un parque cuyo nombre cambia con las alzas y bajas de la política local.
Al entrar a los salones donde ahora está colgada una espléndida retrospectiva de la rica y variadísima obra de Silvera, a la izquierda, con el número uno prestado por Judith Anguizola, un abstracto saluda al visitante respetuoso con unas gotas de azul que recuerdan el maravilloso azul de Patinir que Rafael Alberti cantó en su maravilloso libro A la pintura.
A medida que uno va caminando le salen al paso unas hermosas simbiosis de pintura abstracta y pintura figurativa con unas formas de mujer que entregan su desnudez con líneas firmes y melancólicas desde unas sombras creadas con esos colores oscuros y limpios que muy pocos aprenden a mezclar. Luego, como para revelarnos que ni su pulso ni su originalidad ni su voluntad creadora han menguado, aguardan silenciosos, sin público que interrumpa la rumia de sentimientos que evocan, unos dibujos de pluma y lápiz hechos este año sobre azul, sobre ocre, sobre marrón que es, tal vez, el más difícil de los colores, con una economía impresionante de líneas, como tal vez únicamente lograron las litografías de Picasso sobre toros allá por el año de 1954.
En estos tiempos nuestros en que el arte ha dejado de ser arte para convertirse en oficio de entretenimiento y tema de conversación de seres que a los 40 ó 50 años, habiendo descubierto que ni con la adquisición de incontables objetos de toda índole ni con la ostentación pudieron dar sentido a sus vidas, buscaron en la cultura una pátina de importancia social y de profundidad espiritual, y celebran lo mediocre y canjear alabanzas por pleitesía, y piensan que una computadora es capaz de producir obras que merecen aparecer colgadas junto a los tapices de Rafael y al triunfo de Sebastiano del Piombo sobre la luz y las sombras. Por cierto, la exposición de Silvera, que es uno de los mayores acontecimientos artísticos que se han dado en este país en muchos años, ofrece una oportunidad para salir del mar de mediocridades que asuela con su oleaje feroz y empedernido el ámbito cultural existente, y tiene la gran ventaja de que uno puede disfrutar de ella tranquilamente, seguro de que no va a tropezarse con nadie.
Pero, eso sí, que los que van para poder hablar de ella en la próxima fiesta se abstengan de definir la composición del Descendimiento con un desgarradora figura de Cristo y las tres Marías a un lado como una nueva escena de las Tres Gracias que una y otra vez aparecen en su obra. Que se abstengan también de definir los colores que hay en cuadro tras cuadro a menos que recurran al lenguaje de las críticas que escribió Baudelaire sobre Delacroix, porque sus comentarios profanarían el lugar, por lo menos mientras dure la exposición.
Curioso es, sin duda, que de pronto pongan unos versos mochados delante de los ojos del que se aventuró por esa colección de belleza que Silvera, con su gallarda figura de octogenario que no se rinde ante las modas y que rechaza lo efímero, regala al minúsculo público de viejos amigos y de algunos curiosos. Vale la pena, en efecto, rescatar del olvido el original que no pasó la crítica de los encargados porque la censura de la poesía no es aceptable jamás, y menos aún cuando está engarzada en la más vieja y viva tradición del verso español chocarrero:
Cuadros míos que viajáis
por este mundo traidor,
le pido a Dios que os proteja
del juicio del curador,
y que dicte un anatema
contra cualquier malhechor
que diga que es gran artista
quien pinta sin ser pintor.

Un saludo gentil y un fuerte abrazo conservo dentro de mí para Lolo que es testimonio vivo de la suerte del artista y del escritor cuando le toca nacer en estos tiempos en un país como Panamá. A este personaje cuya versatilidad recuerda el apetito renacentista por toda forma de belleza y todo depósito de conocimientos, tal ver le sirva de consuelo y aliento la fama póstuma es la mejor prueba de que vivimos tiempos sin valores y que la hora del hombre mediocre ha sonado.

101 años de Panamá América

 
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