Divorcio entre país oficial y país real
Si los dirigentes políticos dirigieran la mirada al conjunto de los habitantes de la República de Panamá y no solamente a sus intereses partidarios circunstanciales no se ahondaría, como viene aconteciendo, el divorcio creciente entre el país oficial y el país real.
La sociedad civil percibe con angustia y disgusto que los dirigentes políticos la marginan de sus decisiones, ya se trate de leyes, nombramiento de autoridades y mandos medios de la administración pública o medidas de naturaleza económica. Las dirigencias partidarias y gubernamentales han secuestrado el país real, traficando con el presente e hipotecando el futuro en función de sus intereses y necesidades, anteponiendo los beneficios de sus caudillos a los reclamos de la multitud panameña.
El partido que gana la presidencia toma la administración pública como si fuera un botín exclusivo para sus familiares y correligionarios. Los nombramientos de ministros, directores de institutos, magistrados, y alta y media burocracia en general, salvo limitadas excepciones, no se realizan en función de la idoneidad y capacidad técnica sino del favoritismo partidario y el nexo familiar.
Los profesionales panameños formados en universidades locales con el refuerzo académico de maestrías tomadas en nuestro suelo y en el extranjero se frustran viendo que no pueden dedicar su esfuerzo intelectual al servicio del desarrollo nacional, porque la administración estatal está copada por militantes de partido que carecen de idoneidad y experiencia.
El ministro " técnico" que no pertenezca a un partido; el magistrado nombrado por sus estudios jurídicos o una descollante carrera forense; el diplomático seleccionado por su adscripción a la carrera profesional o por su conocimiento de las relaciones internacionales, no existen en Panamá. La carrera administrativa regulada por ley es violada sistematicamente cada cinco años por el partido o los partidos que llegan al poder.
Con esta clase de funcionarios nombrados a dedo, el Estado tiene la conjunción de vicios y aberraciones que caracterizan a las camarillas. Un estado empírico, sin brújula, anacrónico, que lleva al garete al país real cuyos miembros independientes de los clanes políticos no ven un proyecto nacional aún en el siglo XXI.
La sociedad civil percibe con angustia y disgusto que los dirigentes políticos la marginan de sus decisiones, ya se trate de leyes, nombramiento de autoridades y mandos medios de la administración pública o medidas de naturaleza económica. Las dirigencias partidarias y gubernamentales han secuestrado el país real, traficando con el presente e hipotecando el futuro en función de sus intereses y necesidades, anteponiendo los beneficios de sus caudillos a los reclamos de la multitud panameña.
El partido que gana la presidencia toma la administración pública como si fuera un botín exclusivo para sus familiares y correligionarios. Los nombramientos de ministros, directores de institutos, magistrados, y alta y media burocracia en general, salvo limitadas excepciones, no se realizan en función de la idoneidad y capacidad técnica sino del favoritismo partidario y el nexo familiar.
Los profesionales panameños formados en universidades locales con el refuerzo académico de maestrías tomadas en nuestro suelo y en el extranjero se frustran viendo que no pueden dedicar su esfuerzo intelectual al servicio del desarrollo nacional, porque la administración estatal está copada por militantes de partido que carecen de idoneidad y experiencia.
El ministro " técnico" que no pertenezca a un partido; el magistrado nombrado por sus estudios jurídicos o una descollante carrera forense; el diplomático seleccionado por su adscripción a la carrera profesional o por su conocimiento de las relaciones internacionales, no existen en Panamá. La carrera administrativa regulada por ley es violada sistematicamente cada cinco años por el partido o los partidos que llegan al poder.
Con esta clase de funcionarios nombrados a dedo, el Estado tiene la conjunción de vicios y aberraciones que caracterizan a las camarillas. Un estado empírico, sin brújula, anacrónico, que lleva al garete al país real cuyos miembros independientes de los clanes políticos no ven un proyecto nacional aún en el siglo XXI.