Domingo de ramos
Hoy es Domingo de Ramos, día en que se conmemora el inicio de la Semana Santa y se distribuyen en los distintos templos católicos la palma como símbolo de aquella triunfal entrada del Salvador en Jerusalén, que precedió a los trágicos sucesos de la Pasión. Los cristianos celebramos este día para recordar las promesas de Cristo a sus seguidores cuando bajó del Monte de los Olivos, después de haber permanecido en él por 40 días orando.
A continuación algunas reflexiones tomadas de un texto en torno a la celebración de este solemne día:
Nuestro señor fue recibido en la ciudad de David con vítores y aclamaciones por fervorosos discípulos que, para festejar y honrar al Divino Maestro, tomaron en sus manos ramos de palmera, según nos refiere San Juan.
Era costumbre antigua de los judíos una palma, troquelada como una bandera, equivalía a una viva.
Con palmas recibían a los triunfadores; con palmas daban la bienvenida a los huéspedes ilustres.
En la risueña y encantadora Galilea, las palmeras abundaban que era un primor, ya formando hermosos bosquecillos, ya esparcidas entre los sicomoros, los almendros, los terebintos, los granados; ya finalmente descollando, solitarias y gigantescas, sobre los campos de trigo y sobre los viñedos.
Pero no había en toda Palestina paraje más rico en palmeras, ni más famoso por serlo, que el valle del Jordán, hacia donde se asentaba la ciudad de Jericó.
Era ésta, desde tiempos remotísimos, una plaza fuerte, de las más fuertes de todo el país; y como ha sucedido siempre a las de su clase, había sido muchísimas veces teatro de los más cruentos y espantosos episodios históricos; los muros de Jericó, altos y sombríos querían a todos contar el que se detenía ante ellos lúgubres leyendas de sitios memorables y de horribles asaltos; pero esta impresión se desvanecía por aquel bosque de palmeras que la naturaleza había colocado tan graciosamente alrededor de la ciudad terrible; la Historia quería ser allí trágica, pero la naturaleza se había empeñado en ser idílica. Y el idilio vencía a la tragedia.
En la montañosa y seca Judea, las palmeras no crecían sino en algunos sitios hondos y frescos y en los jardines de las quintas y casas particulares.
No había judío que no tuviese un huertecillo que no plantase en él o que no conservase, si sus ascendientes lo habían plantado, la palmera simbólica y útil, el árbol nacional que prometía nuevas victorias al pueblo y recordaba las antiguas, y del que sacaban al mismo tiempo, las mayores utilidades y ventajas para la vida.
Los israelitas se servían de la madera de palmas para sus edificios y muebles. El jarabe de palma empleando también, como los egipcios, para condimentar sus sencillos manjares; el aceite les era precioso. Pero sobre todo, el dátil era de uso universal y apreciadísimo; los dátiles y el agua constituían el cotidiano desayuno y el único regalo de los campesinos hebreos, de aquellos pastores que, en la noche que fue nuestro día, adoraron los primeros al Redentor, nacido en el establo de Belén.
La palma simboliza, desde los más antiguos tiempos, dos ideas que no parecen tener a primera vista muy estrecha relación; pero que, sin embargo, la tienen íntima, indisoluble: a saber, las ideas de victoria y de pureza. La palma es el galardón del vencedor en la guerra y el ornato del verdaderamente virgen, esto es, del que no sólo es virgen de cuerpo, sino de alma.
La fuerza y la castidad únanse pues, en este hermoso símbolo vegetal, como en el símbolo mitológico de Minerva. Minerva es a la vez, diosa de la guerra y diosa de la pureza, o de la pureza que podían concebir los paganos; es fuerte porque es pura, y es casta, porque es fuerte.
La palma es la insignia propia de Minerva. El guerrero que triunfa y la virgen que muere, la llevan sobre su carro y sobre su ataúd.
Los mártires del cristianismo, los más sublimes vencedores de la tierra, son los que con mayor derecho tremolan la palma, y con ellas en las manos en el Paraíso como cantó Prudencio. El coro de los mártires y el coro de las Vírgenes mirados desde lejos, parecerán dos hermosísimos bosques de palmas.
En el terrenal debió haber manchas; quizás la semilla de las palmeras fue de las pocas que sacó Adán de aquel lugar de delicias. Así, por lo menos, lo creen los poetas árabes, en cuya poesía las palmeras son obligado fondo de paisaje, y a veces personajes principales. Nada tan bello como el canto a la palmera, de Abderramán, el simpático y caballeresco fundador del califato de Córdoba.
Las tres grandes religiones: el judaísmo, el cristianismo y el mahometismo tienen, pues, en mucho a la palma. Pero en la manera de considerarla, varían radicalmente.
Sólo la religión verdadera tiene de la palma el verdadero concepto; el concepto de castidad y de victoria, y por lo mismo, el símbolo de Cristo que fue la pureza absoluta y el divino vencedor del mundo, del demonio y de la carne.
A continuación algunas reflexiones tomadas de un texto en torno a la celebración de este solemne día:
Nuestro señor fue recibido en la ciudad de David con vítores y aclamaciones por fervorosos discípulos que, para festejar y honrar al Divino Maestro, tomaron en sus manos ramos de palmera, según nos refiere San Juan.
Era costumbre antigua de los judíos una palma, troquelada como una bandera, equivalía a una viva.
Con palmas recibían a los triunfadores; con palmas daban la bienvenida a los huéspedes ilustres.
En la risueña y encantadora Galilea, las palmeras abundaban que era un primor, ya formando hermosos bosquecillos, ya esparcidas entre los sicomoros, los almendros, los terebintos, los granados; ya finalmente descollando, solitarias y gigantescas, sobre los campos de trigo y sobre los viñedos.
Pero no había en toda Palestina paraje más rico en palmeras, ni más famoso por serlo, que el valle del Jordán, hacia donde se asentaba la ciudad de Jericó.
Era ésta, desde tiempos remotísimos, una plaza fuerte, de las más fuertes de todo el país; y como ha sucedido siempre a las de su clase, había sido muchísimas veces teatro de los más cruentos y espantosos episodios históricos; los muros de Jericó, altos y sombríos querían a todos contar el que se detenía ante ellos lúgubres leyendas de sitios memorables y de horribles asaltos; pero esta impresión se desvanecía por aquel bosque de palmeras que la naturaleza había colocado tan graciosamente alrededor de la ciudad terrible; la Historia quería ser allí trágica, pero la naturaleza se había empeñado en ser idílica. Y el idilio vencía a la tragedia.
En la montañosa y seca Judea, las palmeras no crecían sino en algunos sitios hondos y frescos y en los jardines de las quintas y casas particulares.
No había judío que no tuviese un huertecillo que no plantase en él o que no conservase, si sus ascendientes lo habían plantado, la palmera simbólica y útil, el árbol nacional que prometía nuevas victorias al pueblo y recordaba las antiguas, y del que sacaban al mismo tiempo, las mayores utilidades y ventajas para la vida.
Los israelitas se servían de la madera de palmas para sus edificios y muebles. El jarabe de palma empleando también, como los egipcios, para condimentar sus sencillos manjares; el aceite les era precioso. Pero sobre todo, el dátil era de uso universal y apreciadísimo; los dátiles y el agua constituían el cotidiano desayuno y el único regalo de los campesinos hebreos, de aquellos pastores que, en la noche que fue nuestro día, adoraron los primeros al Redentor, nacido en el establo de Belén.
La palma simboliza, desde los más antiguos tiempos, dos ideas que no parecen tener a primera vista muy estrecha relación; pero que, sin embargo, la tienen íntima, indisoluble: a saber, las ideas de victoria y de pureza. La palma es el galardón del vencedor en la guerra y el ornato del verdaderamente virgen, esto es, del que no sólo es virgen de cuerpo, sino de alma.
La fuerza y la castidad únanse pues, en este hermoso símbolo vegetal, como en el símbolo mitológico de Minerva. Minerva es a la vez, diosa de la guerra y diosa de la pureza, o de la pureza que podían concebir los paganos; es fuerte porque es pura, y es casta, porque es fuerte.
La palma es la insignia propia de Minerva. El guerrero que triunfa y la virgen que muere, la llevan sobre su carro y sobre su ataúd.
Los mártires del cristianismo, los más sublimes vencedores de la tierra, son los que con mayor derecho tremolan la palma, y con ellas en las manos en el Paraíso como cantó Prudencio. El coro de los mártires y el coro de las Vírgenes mirados desde lejos, parecerán dos hermosísimos bosques de palmas.
En el terrenal debió haber manchas; quizás la semilla de las palmeras fue de las pocas que sacó Adán de aquel lugar de delicias. Así, por lo menos, lo creen los poetas árabes, en cuya poesía las palmeras son obligado fondo de paisaje, y a veces personajes principales. Nada tan bello como el canto a la palmera, de Abderramán, el simpático y caballeresco fundador del califato de Córdoba.
Las tres grandes religiones: el judaísmo, el cristianismo y el mahometismo tienen, pues, en mucho a la palma. Pero en la manera de considerarla, varían radicalmente.
Sólo la religión verdadera tiene de la palma el verdadero concepto; el concepto de castidad y de victoria, y por lo mismo, el símbolo de Cristo que fue la pureza absoluta y el divino vencedor del mundo, del demonio y de la carne.