Domingo de Resurrección
Mantengo vivo el recuerdo de la Cuaresma por las vivencias que tuve durante muchos veranos moribundos en Soná de Veraguas. Navegaban el río San Pablo gente de Bahía Honda, Pixbae y Cébaco para llegar al puerto iluminado sólo por guarichas y luna llena. En aquel sitio inolvidable, donde se mezclaban las aguas de dos ríos a la sombra de un corotú frondoso, el aire era perfumado esos días sacros por una exótica mezcla de mangle, pescado seco y aguardiente.
Concluidas las festividades, y mientras se desvanecían los buhoneros de siempre, partían los peregrinos con marea al caer la noche. Volvía, entonces, el aroma de jazmín a conquistar la atmósfera fluvial, al mismo tiempo que cocuyos refulgentes prendían sus focos mágicos para guiar a los marinos durante el largo viaje al mar.
Hoy culmina esa conmemoración cristiana de 40 días que se inició el Miércoles de Ceniza, y cuyos más significativos ritos se dan durante la Semana Santa. La Iglesia recuerda en esta fecha que el paso de Jesús por la Tierra afianzó aquella alianza perdida entre Dios y los hombres. Sin embargo, el otro aspecto -ese inmenso sentido benefactor expresado en sus maravillosas parábolas- está lleno de una riqueza espiritual muy difícil de comparar con posturas similares que hayan adoptado hombre o profeta alguno.
Son, precisamente, esas enseñanzas sobre una forma más equitativa de ver el mundo, que lo convierten en punto de necesaria alusión dentro de la historia universal. Sus bellas anécdotas sobre la humildad y el amor, junto a las profundas reflexiones sobre la verdadera justicia social, no tienen paralelo dentro del compendio de eso que llamamos el género humano.
Por lo tanto, y sin temor a equivocarme, un profundo examen de conciencia -revisión exhaustiva de nuestro proyecto personal y bajo la tutela única de los consejos que emanen del alma- resultaría más atinado, honesto y fructífero como ejercicio sano para evocar la ocasión.
A lo mejor será propicio deambular por ese mundo quimérico que engendra la imaginación hasta encontrar un sitio bueno y así afrontar el reto. Entonces a la orilla de algún utópico riachuelo -ése donde la corriente sube y baja arrastrando siempre y por siempre los mil y un motivos- descubrir lo primordial en la integración del raciocinio y aceptar que son más los defectos que acosan al espíritu que las pocas virtudes que apuntalan su frágil existencia.
Quién sabe y sea buen tiempo de regresar -aunque sea en recuerdos- al viejo puerto, a su aroma y sus gentes. Flotando en sueños sobre ese cascajal donde inician todavía los marinos el largo viaje hacia el mar de caracolas y olas blancas que se dan más allá de la boca de ese río, valdría la pena repasar una y otra vez los preceptos del gran hombre. Puede ser que entonces el motivo se transforme en razón, y afinque aquello que basa su esencia en dar porque siempre es mejor que recibir.
Hoy, cuando la República de Panamá se encuentra sumida en una vorágine de malestares producto del egoísmo de unos cuantos, aparte de esa perniciosa tardanza en que hemos caído y que atrofia nuestro andar para comportarnos -de una vez por todas- como Estado maduro y soberano, se convierte en asunto obligado el análisis crítico de uno consigo mismo. Sólo así podremos aceptar nuestros yerros e impartir los correctivos para enmendar los daños.
De llegarse a efectuar esa revisión del alma con el desprendimiento y la seriedad que la situación amerita, además de emular en algo aquellas cosas buenas que dejara el varón de Nazaret en su paso por la Tierra, seguro estoy que conducirá a mejores puertos todo nuestro íntimo proceder, especialmente si lo comparamos con los provechos que pudiesen emanar de esos eventos que hasta hoy hemos estado practicando como acto obligado para conmemorar la fecha.
Concluidas las festividades, y mientras se desvanecían los buhoneros de siempre, partían los peregrinos con marea al caer la noche. Volvía, entonces, el aroma de jazmín a conquistar la atmósfera fluvial, al mismo tiempo que cocuyos refulgentes prendían sus focos mágicos para guiar a los marinos durante el largo viaje al mar.
Hoy culmina esa conmemoración cristiana de 40 días que se inició el Miércoles de Ceniza, y cuyos más significativos ritos se dan durante la Semana Santa. La Iglesia recuerda en esta fecha que el paso de Jesús por la Tierra afianzó aquella alianza perdida entre Dios y los hombres. Sin embargo, el otro aspecto -ese inmenso sentido benefactor expresado en sus maravillosas parábolas- está lleno de una riqueza espiritual muy difícil de comparar con posturas similares que hayan adoptado hombre o profeta alguno.
Son, precisamente, esas enseñanzas sobre una forma más equitativa de ver el mundo, que lo convierten en punto de necesaria alusión dentro de la historia universal. Sus bellas anécdotas sobre la humildad y el amor, junto a las profundas reflexiones sobre la verdadera justicia social, no tienen paralelo dentro del compendio de eso que llamamos el género humano.
Por lo tanto, y sin temor a equivocarme, un profundo examen de conciencia -revisión exhaustiva de nuestro proyecto personal y bajo la tutela única de los consejos que emanen del alma- resultaría más atinado, honesto y fructífero como ejercicio sano para evocar la ocasión.
A lo mejor será propicio deambular por ese mundo quimérico que engendra la imaginación hasta encontrar un sitio bueno y así afrontar el reto. Entonces a la orilla de algún utópico riachuelo -ése donde la corriente sube y baja arrastrando siempre y por siempre los mil y un motivos- descubrir lo primordial en la integración del raciocinio y aceptar que son más los defectos que acosan al espíritu que las pocas virtudes que apuntalan su frágil existencia.
Quién sabe y sea buen tiempo de regresar -aunque sea en recuerdos- al viejo puerto, a su aroma y sus gentes. Flotando en sueños sobre ese cascajal donde inician todavía los marinos el largo viaje hacia el mar de caracolas y olas blancas que se dan más allá de la boca de ese río, valdría la pena repasar una y otra vez los preceptos del gran hombre. Puede ser que entonces el motivo se transforme en razón, y afinque aquello que basa su esencia en dar porque siempre es mejor que recibir.
Hoy, cuando la República de Panamá se encuentra sumida en una vorágine de malestares producto del egoísmo de unos cuantos, aparte de esa perniciosa tardanza en que hemos caído y que atrofia nuestro andar para comportarnos -de una vez por todas- como Estado maduro y soberano, se convierte en asunto obligado el análisis crítico de uno consigo mismo. Sólo así podremos aceptar nuestros yerros e impartir los correctivos para enmendar los daños.
De llegarse a efectuar esa revisión del alma con el desprendimiento y la seriedad que la situación amerita, además de emular en algo aquellas cosas buenas que dejara el varón de Nazaret en su paso por la Tierra, seguro estoy que conducirá a mejores puertos todo nuestro íntimo proceder, especialmente si lo comparamos con los provechos que pudiesen emanar de esos eventos que hasta hoy hemos estado practicando como acto obligado para conmemorar la fecha.