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Domingo de Resurrección


Toda Semana Santa llega a su vértice con la consideración del gran misterio de la resurrección. Se trata de que Aquel que murió totalmente destrozado en la cruz y de cuyo costado salió sangre y agua, y que fue descendido por sus allegados del madero de la cruz con el cuidado que sólo el aprecio y el amor pueden inspirar, fue puesto en una tumba, junto a ésta se colocó una gran piedra y se apostaron unos soldados para evitar que el muerto resucitara. Pareciera que los amigos no esperaban la resurrección y los enemigos sí. Ridículo, podría decir alguien, que unos soldados se quedaran por fuerza velando un cadáver. Pero, fueron puestos para que el muerto no echara a andar, el silencioso no hablara y el corazón traspasado no volviera a palpitar con nueva vida. Decían que estaba muerto, sabían que estaba muerto, decían que no resucitaría y no obstante, vigilaban.
Pero, ¿seguiría engañando? Ya les había, según ellos, engañado dejándoles que creyeran que había ganado la batalla, ¿ganaría la guerra de la verdad y del amor? Recordaban que Jesús había dicho que su cuerpo era el Templo y que, después de tres días de que ellos lo hubieran destruido, Él volvería a edificarlo. Recordaban también que se había comparado con Jonás y había dicho, casi como Jonás, que Él había estado en el vientre de la ballena por tres días, así Él estaría en el seno de la tierra por tres días y luego resucitaría. Al cabo de tres días recibió Abraham a su hijo Isaac, ofrecido antes en sacrificio, tres días estuvo Egipto sumido en tinieblas que no eran naturales, al tercer se apareció Dios en el Sinaí. Ahora existía cierta preocupación por lo que ocurriría al tercer día. En Mateo 27 leemos: "Señor, recordamos que aquel impostor dijo mientras vivía aún: después de tres días resucitaré. Manda pues, asegura el sepulcro hasta el día tercero, no sea que vengan sus discípulos de noche, y le hurten y digan al pueblo: Ha resucitado de entre los muertos y el postrer error será peor que el primero".
Lo más asombroso de la vigilancia en torno a un cadáver, era que los enemigos de Cristo esperaban la resurrección, mas no así sus amigos. En este caso los fieles eran los escépticos, los infieles eran los que creían. La resurrección era algo que nunca esperaron. Sus ideas estaban alimentadas por ninguna clase de sustancia de la cual pudiera desarrollarse tal esperanza. Pero al aproximarse vieron que la piedra había sido retirada. Antes se había producido un gran terremoto y un Ángel del Señor descendió del cielo, apartó la piedra y se sentó sobre ella: su aspecto era como un relámpago (Mt. 28) y su vestido blanco como la nieve, y por miedo de los guardas temblaron y quedaron como muertos.
Al acercarse las mujeres vieron que aquella piedra había sido retirada de su sitio. Pero no llegaron a la conclusión de que su cuerpo había resucitado, sino que alguien había retirado el cadáver. En vez del cuerpo de su Maestro, vieron a un Ángel cuyo aspecto era como el de un deslumbrador relámpago y su vestido de nívea blancura, el cual les dijo: "No os asustéis, buscáis a Jesús Nazareno, que fue crucificado, ha resucitado, no está aquí, mirad el lugar donde lo pusieron. Mas partid y decid a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea, allí le veréis, así como os dijo".
Las palabras del Ángel fueron el primer evangelio predicado después de la resurrección, encerraban el nombre de la naturaleza humana, la humildad del lugar de residencia y la ignominia de su muerte, estas tres cosas: humildad, ignominia y oprobio son puestas en contraste con la gloria de su resurrección de entre los muertos. Belén, Nazaret y Jesuralén se convierten en las señales de la resurrección. Mirad el lugar donde le pusieron, dijo el Ángel. Confirmando la realidad de su muerte y el cumplimiento de las antiguas profecías. Contrario a lo que suelen decir las lápidas "Hic iacet" (Aquí yace), el Ángel afirma: "El no esta aquí". Podría haber dicho "Hic non iacet". (Aquí no yace). Las mujeres vieron y contemplaron el lugar en que el cuerpo del Señor había sido colocado como si la tumba vacía fuera prueba suficiente del hecho de la resurrección. Concluyeron: si debiera estar aquí y no está, luego resucitó y salieron a anunciar la resurrección. En esa mujer se nos vuelve a anunciar en estos días el fundamento de nuestra fe que Jesús ha resucitado y así como Él nosotros debemos resucitar de nuestro fatal modo de proceder y crear los fundamentos de una creíble esperanza para esta patria.
Zúñiga no explica por qué después de trece años de práctica constante de la democracia por todas las fuerzas políticas y sociales, con dos experiencias de alternancia pacífica en el poder y con los partidos de la actual oposición siendo más democráticos internamente que los oficialistas, se insista en continuar dividiendo estas fuerzas como se hacía en tiempos de la dictadura. Ese inmovilismo del pensamiento no responde a la dinámica democrática que es un fenómeno de flexibilidad y cambio, sino más bien la intransigencia intolerante del autoritarismo, que es un fenómeno de parálisis y rigidez.
Tampoco toma en cuenta la frustración que dejó el gobierno de Endara y el desastre que ha constituido el gobierno de la Sra. Moscoso. En ese último caso es paradigmático el hecho que la presidenta nombró una comisión presidida por el Dr. Carlos Iván Zúñiga para que le recomendara medidas contra la corrupción y después de recibir un documento con 50 recomendaciones, no haya adoptado una sola y se haya concentrado en defender el nepotismo que la comisión recomendaba eliminar por ley.
El Dr. Zúñiga ha ido adoptando progresivamente y de hecho, desde que defendió los nombramientos de la Presidenta a la Corte Suprema de Justicia, el papel de ideólogo del arnulfismo o más bien del mireyismo. Así, discutiendo con el intelectual, discuto a la vez con quien mejor defiende la gestión de la presidenta.
(ariyan@sinfo.net)

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