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"Don Pedro Vargas y la Iglesia del Carmen"


EN LA mañana del 25 de junio de 1966 me llamó mi amigo Lindy Paredes, por esa época gerente de Televisora Nacional (Canal 2) para invitarnos a almorzar en el Gran China de la Avenida Balboa a Enrique Jiménez hijo y a mí con Don Pedro Vargas. No lo había conocido antes, pero tenía la impresión de que era un hombre corto en el hablar y que sería el almuerzo un "embarque". ¡Qué equivocación la mía!
Don Pedro Vargas era un gran conversador con un fino sentido del humor. El no tenía, me di cuenta, complejos y frecuentemente se burlaba de sí mismo.
Recuerdo muy bien entre los "chistes" que nos contaba había uno que se me quedó grabado en la mente. El nos decía que en una ocasión viajando en su automóvil por la Baja California para cumplir unos compromisos profesionales, tuvo la necesidad de ponerle combustible al auto. En la gasolinera le consultó al despachador cuánto me falta para Indio (una pequeña ciudad californiana) "Sólo las plumas Señor", le contestó éste al mirarlo fijamente.
Después del almuerzo la conversación continuó y peligraba prolongarse aún más, ya que Eduardo Morgan Jr. se había unido al pequeño grupo. Enrique Jiménez hijo, se había excusado poco después del almuerzo; pero antes le había extendido una invitación a Don Pedro a la fiesta del matrimonio de su sobrino Raúl Morrice. Tuve, pues, no me quedaba otro recurso, que pararme de la mesa y al excusarme manifesté: "Tengo que irme también porque mi esposa Itza tiene que cantarle en la misa esta noche al nieto de don Enrique Jiménez, que como Ud. sabe se casa Raúl Morrice con la señorita Jeanette Boyd". Para mi sorpresa, Don Pedro Vargas me dijo: "Me gustaría mucho ir. ¿Podría Ud. pasarme a buscar? Yo soy muy buen amigo don Enrique. El me había contratado para inaugurar el Teatro Tropical, lo que no pude hacer por tener otros compromisos. Le tocó el honor a Hugo Del Carril. Yo canté en el Teatro Tropical dos semanas después."
Al dirigirnos mi esposa y yo a la Iglesia del Carmen, donde se efectuaría el matrimonio, recogimos en el Hotel El Panamá a Don Pedro Vargas y a Alvarito, su pianista de siempre y viejo amigo.
Para llegar al coro de la iglesia había que subir unas empinadas y largas escaleras. Al llegar arriba Alvarito, casi sin aliento, protestaba diciendo: "Este señor me va a matar un buen día; es increíble la energía que tiene". Cuando Itza se preparó para cantar, Don Pedro le dijo que si le permitía hacerlo a él y que después ella siguiera. Así, de forma improvisada, cantaron varias piezas usuales en estos actos religiosos. Cual no sería la sorpresa de los numerosos asistentes cuando oyeron la potente y muy conocida voz del gran tenor. Fue ese su regalo de bodas al nieto de su buen amigo D. Enrique Jiménez.
A partir de ese día de 1966 y hasta su fallecimiento, mantuvimos Itza y yo una estrecha amistad con Don Pedro y su esposa Doña Tere.
Pudimos apreciar siempre y disfrutar de su extraordinaria voz y también conocer las virtudes de un buen hombre, que tuvo una especial simpatía por nuestro país.

101 años de Panamá América

 
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