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¿A dónde va la fe que se pierde?


Es una tentación frecuente, y son pocos los que la combaten, el representar los tiempos presentes como menos religiosos que las épocas pretéritas. Es un lugar común apuntar que en la sociedad de hoy la gente ya no cree como lo hacían las generaciones anteriores, pues nuestro tiempo, se dice, está signado por el materialismo científico y el egoísmo moral. Hay quienes piensan, henchidos de lamentable soberbia, que las creencias religiosas representan una etapa superada por la evolución de la especie. También se equivocan los que construyen el presente como una historia de degradación marcada por la frivolidad que favorece la tecnología y el hedonismo vano que nace del vaciamiento de la vida comunitaria. Nada más desacertado. No debemos confundir la espiritualidad del ser humano, que es una cualidad que se enriquece al paso de la historia, con los avatares que sufren las religiones, con las historias sinuosas de grupos religiosos y sectas, con los conflictos originados en las prácticas del culto y los movimientos de reforma. No debemos culpar a la religión por las miserias de la falibilidad humana; no debemos sorprendernos tampoco porque claras expresiones de maldad adopten el lenguaje de la liturgia. Aprendamos a ver en la diversidad de las expresiones religiosas y espirituales, en la variedad de representaciones de lo supremo que exhiben pueblos y culturas, una confirmación genuina de ese plano superior de la existencia que solo se logra cuando la fe es faro de la vida, independientemente de la adscripción a una religión particular.

101 años de Panamá América

 
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