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Dos caras de la nueva economía


Durante los últimos años, la globalización se ha paseado por el mundo derribando fronteras en materia económica, ecológica, informativa, política y cultural. Hasta se ha dado el lujo de no invitar al continente africano a gozar de sus beneficios, a pesar de que el mismo cuenta con incalculables recursos naturales y una población joven muy numerosa. Lo peor del caso es que aún no ha podido cumplir con todas sus promesas, porque en vez de "globalizar" la riqueza, la ha "localizado" en menos de veinte estados.
No se puede negar que la globalización ha aumentado las desigualdades, la mala distribución de la riqueza y la contaminación ambiental en los países emergentes. También ha facilitado el fortalecimiento de varias corporaciones transnacionales (Nestlé, Monsanto, AT y T, etc.) que mantienen una enorme influencia en la toma de decisiones a lo interno de la Organización Mundial del Comercio. Ante estos hechos y aunque el debate sobre los efectos adversos de la globalización no debe orientarse solamente hacia el libre comercio, no me sorprende que la "Ronda del Milenio" de la OMC -muy mal llamada por cierto- se haya convertido en un rotundo fracaso gracias al descontento popular, las protestas de las distintas Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) en las calles de Seattle y la presión política de varios países durante las reuniones.
Sin embargo, hay que reconocer que la globalización también tiene aspectos positivos. Moisés Naím, editor de la revista Foreign Policy, señala que las crisis económicas de los años ochenta llevaron inflación, proteccionismo, estancamiento y regímenes autoritarios hacia algunas naciones. Naím afirma que gracias a las reformas de los mercados y a economías más abiertas y fiscalmente robustas, las crisis económicas de los años noventa pudieran sobreponerse rápidamente.
El proceso de globalización arrastró consigo una oleada de ONGs que surgieron para contrarrestar los grandes intereses de las corporaciones transnacionales y los mercados financieros. Estos grupos utilizan la rápida difusión de la información a través de Internet para organizar y agilizar sus actividades; criticar las políticas de la OMC, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional; deplorar la fabricación de alimentos transgénicos (genéticamente modificados) o exigir la elaboración de un Protocolo de Bioseguridad que proteja la salud humana y el medio ambiente. Es por eso que en este mundo globalizado, no resulta extraño que Greenpeace consiguiera que la multinacional petrolera Shell evacuara a tierra firme una plataforma desguazada, en vez de hundirla en el Mar Atlántico o que recientemente jueces italianos condenaran a militares argentinos por haber secuestrado y asesinado a ocho ciudadanos italianos durante la dictadura militar en Argentina. Estos casos no tienen nada que ver con el libre comercio, más bien guardan relación con la protección del medioambiente y los derechos humanos.
La globalización ha demostrado ser un proceso irreversible y en vista de que los problemas del mundo no se acabarán restringiendo el libre comercio, desmantelando la OMC o escenificando protestas callejeras por cualquier foro económico o comercial que se realice, competen a los gobiernos, empresas privadas y a la sociedad civil utilizar los aspectos positivos de la globalización para minimizar los prejuicios que la misma ha ocasionado sobre los seres humanos y el medio ambiente.

101 años de Panamá América

 
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