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Dos deseos


Hemos visto desde lo alto cómo va el avance de la cinta costera. El espectáculo, ya de por sí, es impresionante.

Hemos advertido que en la franja verde junto al mar hay sembradas palmas. La otra franja junto al Boulevard Balboa está aún sin sembrar. Desearíamos que se considerara la posibilidad de cubrirla a todo lo largo con guayacanes y que haya ciudadanos que apadrinen la idea.

El espectáculo sería maravilloso. Si resulta subyugante ver en nuestra ciudad algunos de ellos en distintos lugares, imaginemos qué esplendor ofrecería nuestra cinta costera floreciendo en oro año tras años. Dificultamos que  haya árbol alguno que igualara en belleza el espectáculo que ofrecería allí una cinta de nuestros guayacanes. Ello constituiría un deleite para cualquier turista.

El otro deseo es que se establezca para nuestra ciudad capital como transporte, el monorriel. Lo hemos dicho antes e insistimos en ello. No causa estorbo ni es estorbado. Es cómodo, rápido, silencioso; no está jamás expuesto a tranques. No lleva conductores en regata con otros, ni mata a inocentes peatones, ni ensordece al pasajero con música estridente.

En nuestro concepto y a la luz de la inmensa superioridad que ofrece el monorriel comparado con cualquier otro tipo de transporte, no adoptarlo en preferencia, no sólo constituye una falta de estética, sino también de ética.

101 años de Panamá América

 
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