Dos funcionarios
En el Seguro no había la medicina que prescribió el médico, sino una substituta genérica que la paciente no toleraba, y esto también había sido anotado por el facultativo al pie de la receta.
-Vaya a la Transístmica para ver si consigue que se la obtengan, me aconsejaron en la ventanilla.
La recepcionista del sótano del nuevo edificio anexo de vía Bolívar me indicó que la encargada era la señora que charlaba con una pareja. Presenté mi petición. La señora leyó la prescripción, hizo señas a la pareja y me dijo -Venga conmigo-. Entramos a un pequeño recinto adjunto, como panales de vidrio, y me invitó a sentarme frente a su pupitre.
Con una sonrisa siempre a flor de labios, me indicó que los productos de la medicina genérica podían reemplazar al prescrito, con nombre comercial entre paréntesis, el cual pertenecía también al cuadro básico del Seguro.
No hay actualmente el que prescribió el médico, pero por haber sido atendida la paciente en su clínica privada, el Seguro no autoriza la compra en una farmacia privada. El producto que existe en el Seguro es precisamente el que no tolera la paciente. Me dio de memoria los nombres de los cuatro productos cuasi equivalentes y de las cuatro casas farmacéuticas que los fabrican. Leyó en un libro su composición química y buscó los precios de algunos que le inquirí.
Nuestra entrevista trajo respuesta negativa a lo que buscaba. Pero los doce a trece minutos que esta atenta dama dedicó a ilustrarme sobre las razones de su institutición y los medicamentos me deleitaron. - Usted debe ser farmacéutica- prorrumpí.
-Exactamente - me confirmó con una sonrisa abierta. Le expresé mis más efusivas gracias por sus atenciones. Me despedí orgulloso de esta funcionaria y reanimé mi fe en algunos servidores públicos.
Ese mismo día, la humilde empleada tuvo que acudir a la corregiduría, apartada de una hora de camino a pie de la última parada de buses. Llegó a las siete de la mañana. Un guardia le advirtió: -Abren a las ocho.
-Yo quiero ser la primera en la fila para hacer turno- contestó la empleada, y se plantó junto a la puerta.
A las ocho ingresó, la primera, en el apretado recinto sin bancas. A las nueve llegó el corregidor. Un ujier o portero llamó seguidamente a una persona de entre la fila y la hizo pasar al despacho del funcionario. Así continuó llamando por sus nombres a algunas otras personas. A las diez se marchó el corregidor.
-Va para una reunión à anunció el ujier- pero regresará pronto. Minutos antes de las doce del medio día regresó el servidor público. Se repitió el mismo llamado de ciertas personas, quienes ingresaban rápidamente al despacho y egresaban al poco rato. La fila, de a pie, se extendía fuera del caluroso recinto, sin aire acondicionado. La humilde señora, agobiada por la extenuante espera y encrespada por el abuso, se quejó en voz alta, expresando que no podía seguir tolerando que no se respetara el orden de la fila. Que llevaba más de cinco horas de burlada espera, para lo cual había madrugado y dejado de asistir a su trabajo.
El ujier penetró al despacho de ese servidor público; salió al minuto, se acercó a la agitada señora y la hizo pasar...
-Vaya a la Transístmica para ver si consigue que se la obtengan, me aconsejaron en la ventanilla.
La recepcionista del sótano del nuevo edificio anexo de vía Bolívar me indicó que la encargada era la señora que charlaba con una pareja. Presenté mi petición. La señora leyó la prescripción, hizo señas a la pareja y me dijo -Venga conmigo-. Entramos a un pequeño recinto adjunto, como panales de vidrio, y me invitó a sentarme frente a su pupitre.
Con una sonrisa siempre a flor de labios, me indicó que los productos de la medicina genérica podían reemplazar al prescrito, con nombre comercial entre paréntesis, el cual pertenecía también al cuadro básico del Seguro.
No hay actualmente el que prescribió el médico, pero por haber sido atendida la paciente en su clínica privada, el Seguro no autoriza la compra en una farmacia privada. El producto que existe en el Seguro es precisamente el que no tolera la paciente. Me dio de memoria los nombres de los cuatro productos cuasi equivalentes y de las cuatro casas farmacéuticas que los fabrican. Leyó en un libro su composición química y buscó los precios de algunos que le inquirí.
Nuestra entrevista trajo respuesta negativa a lo que buscaba. Pero los doce a trece minutos que esta atenta dama dedicó a ilustrarme sobre las razones de su institutición y los medicamentos me deleitaron. - Usted debe ser farmacéutica- prorrumpí.
-Exactamente - me confirmó con una sonrisa abierta. Le expresé mis más efusivas gracias por sus atenciones. Me despedí orgulloso de esta funcionaria y reanimé mi fe en algunos servidores públicos.
Ese mismo día, la humilde empleada tuvo que acudir a la corregiduría, apartada de una hora de camino a pie de la última parada de buses. Llegó a las siete de la mañana. Un guardia le advirtió: -Abren a las ocho.
-Yo quiero ser la primera en la fila para hacer turno- contestó la empleada, y se plantó junto a la puerta.
A las ocho ingresó, la primera, en el apretado recinto sin bancas. A las nueve llegó el corregidor. Un ujier o portero llamó seguidamente a una persona de entre la fila y la hizo pasar al despacho del funcionario. Así continuó llamando por sus nombres a algunas otras personas. A las diez se marchó el corregidor.
-Va para una reunión à anunció el ujier- pero regresará pronto. Minutos antes de las doce del medio día regresó el servidor público. Se repitió el mismo llamado de ciertas personas, quienes ingresaban rápidamente al despacho y egresaban al poco rato. La fila, de a pie, se extendía fuera del caluroso recinto, sin aire acondicionado. La humilde señora, agobiada por la extenuante espera y encrespada por el abuso, se quejó en voz alta, expresando que no podía seguir tolerando que no se respetara el orden de la fila. Que llevaba más de cinco horas de burlada espera, para lo cual había madrugado y dejado de asistir a su trabajo.
El ujier penetró al despacho de ese servidor público; salió al minuto, se acercó a la agitada señora y la hizo pasar...