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Dos partidos diferentes y un proyecto en común


No fue un acuerdo difícil. Luego de tantos años de confrontaciones, la concertación del acuerdo programático entre el Partido Revolucionario Democrático (PRD) y el Partido Popular (PP) resultó un proceso cordial y fluido. Si no se firmó en menor tiempo, fue por un solo motivo: el diálogo favoreció a una amplia generación de nuevas propuestas para enderezar al país e impulsar el desarrollo nacional. A eso contribuyó que, en ambos partidos, la consulta abarcara a numerosos expertos en los distintos temas involucrados; luego fue preciso sistematizar sus aportaciones.
Únicamente algunos ingenuos, o quienes insisten en hacerse pasar por ingenuos, pueden declararse sorprendidos. En realidad, los grandes motivos de conflicto que antes enfrentaron a ambos partidos tuvieron lugar durante una época que hace más de 10 años quedó atrás. De hecho, cuando la democracia cristiana rompió con el gobierno de Guillermo Endara, ambas organizaciones políticas quedaron del mismo lado en la liza, igualmente enfrentadas contra el relajo moral, administrativo y político que entonces imperaba. A su vez, la reconstrucción democrática del PRD y -más tarde- el surgimiento de un nuevo liderazgo y estilo político, así como de un nuevo programa perredista para el siglo XXI, siguieron allanando las diferencias.
De hecho, el reciente acuerdo se suscribió entre los dos únicos partidos panameños que hoy por hoy mantienen y desarrollan posiciones ideológicas y programáticas. Si bien ambos lo hacen con base en distintas corrientes filosóficas -socialdemócrata uno, socialcristiana el otro-, los dos mostraron coincidir en un nutrido conjunto de propuestas concretas sobre cómo actuar frente a las nuevas circunstancias de nuestro país y región, para superar la crisis social, económica y moral que Panamá viene padeciendo.
No es la primera vez que tales cosas suceden. En los años 70, el torrijismo llevó a cabo varias de las propuestas del programa democristiano, por ejemplo, en materia de organización comunitaria y solidaridad con la población rural. Sus discrepancias de entonces tenían otros motivos -tanto locales como internacionales-, que en los años 90 perdieron vigencia. Los viejos resquemores y desconfianzas seguían latentes, pero sus causas originarias habían desaparecido. ¿A quién beneficiaba seguir reciclando antiguos litigios?
Por otra parte, en Sudamérica, en los años 90 se demostraron las ventajas de la concertación programática entre antiguos adversarios, como ha sido el caso de la Concertación chilena, así como el de las alianzas electorales de socialdemócratas y socialcristianos en Uruguay y Argentina. El hecho de que en el norte de Europa esas dos fuerzas se enfrentan como contrincantes políticos no nos obliga a regirnos por ese mismo patrón. Desde luego, somos diferentes -no hay para qué negarlo-, pero en las actuales disyuntivas panameñas y latinoamericanas es mucho más lo que hoy podemos hacer en común.
La piedra de toque de este acuerdo programático fue la prioridad de garantizar el desarrollo humano sostenible. Desde el primer día, perredistas y populares concidimos en que nuestros principales objetivos comunes son el combate eficaz a la pobreza, la exclusión, el desempleo y la marginalidad, impulsando políticas de solidaridad social, desarrollo integral, mejor distribución social y territorial de la renta, así como el combate ejemplar contra la corrupción, el nepotismo, la irresponsabilidad administrativa y la improvisación. Además, coincidimos en que ambas cosas deben lograrse a través de una amplia participación de la sociedad organizada, sin limitaciones políticas.
Al coincidir en estos propósitos básicos, lo demás fue idear, consultar y discutir estrategias e iniciativas concretas para garantizar su realización. Por eso, enseguida de acordar una alianza basada en esos principios y objetivos -lo que era la finalidad inicial de nuestras conversaciones-, decidimos avanzar más allá, y elaborar juntos una propuesta de plan o plataforma para el próximo gobierno. Se mantuvo el impulso, aprovechando el caudal de conocimientos profesionales que los cuadros de ambos partidos han acumulado durante su larga experiencia.
Esto da comienzo a una página nueva tanto en la historia como en la cultura política nacionales, donde ahora antiguos contrincantes suman y renuevan fuerzas para construir una patria mejor para todos. ¿A qué nos enfrentamos? A la vieja política, al pasado con su calvario y su cruz de atrasos, desaciertos y corruptelas. ¿Qué avizoramos adelante? Una patria diferente, que los panameños deberemos edificar en un mundo que ya no es el de antes. Así, pues, acordado el plan, toca poner manos a la obra.

101 años de Panamá América

 
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