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Drogas: copiando equivocaciones


DE JOVEN pasé notables veranos en San Esteban, entre plantaciones de cáñamo. Nunca supe entonces de drogadictos, ni pitos de marihuana. Pero, de repente, nuestros gobernantes democráticos prohibieron ese cultivo.
Nuestros inteligentes políticos copian todas las tonterías represivas de los países imperiales y así imitaron el prohibicionismo de la droga. Antes la droga no representaba un problema y si usted revisa la prensa o la historia lo comprobará. La droga convivió con las personas por siglos, pero los dramas son recientes, magnificados porque la guerra contra el narcotráfico lleva a la formación de mafias, que perciben suculentas utilidades del mercado negro, lo cual permite regalar drogas a los estudiantes y -según muestra la experiencia internacional- sobornar o comprar a políticos, jueces, policías, empresarios y a quien sea necesario.
La corrupción se generaliza, aumenta tanto el crimen como los muertos por la mala calidad de las drogas y también los encarcelados. Hay que malgastar nuestros recursos en nuevas prisiones y tener más policías, los que deben abandonar la lucha contra el crimen tradicional para perseguir estos delitos artificiales, que no existirían si, como ocurrió por miles de años, esa actividad fuera legal, como el alcohol, el café y los cigarrillos.
Hay personas que pueden consumir drogas sin problemas. En Chile, casi tuvimos un presidente que convivió con la morfina. Hay otras que se enferman y se vuelven adictas; es una cuestión orgánica. La política correcta no es la prohibición y la cárcel sino la información, la educación, la prevención y la rehabilitación. Es un tema de salud pública, no de tribunales, policías y cárcel. El prohibicionismo fracasó con el licor y ahora con las otras drogas. Muchas de éstas son para algunos como medicinas -la marihuana-, y su prohibición para los adultos es una violación de la libertad personal, impropia de gente que se gana la vida hablando de la democracia.
Los economistas saben que el Estado en los mercados produce desabastecimiento, clandestinidad, mafias y crimen. Los políticos también lo saben, pero se hacen los tontos, por demagogia o para vivir con la conciencia tranquila: cobran su sueldo, prohíben por ley y listo. Se parecen a ciertos moralistas que, en vez de hacer su trabajo, prefieren endosárselo al Estado. Éste nos quita dinero para más represión, la que alcanza a francas violaciones del derecho de propiedad, del secreto bancario y del libre comercio, clave para el crecimiento y el empleo. Con sigilo, ya se observan en Chile francas prácticas de dictadura, que el gobierno de la Concertación copia del prohibicionismo estadounidense, una verdadera traición a sus principios fundacionales.
La lucha antinarcos chilena es un fracaso, lo que, lejos de reconocerse, se refuerza con nuevas leyes, que sólo aumentarán el crimen artificial, junto al clásico de verdad, dejado de lado porque se distraen recursos y policías. Piensan que con la nueva ley antilavado de dinero, nosotros vamos a terminar con esta industria, una de las mayores del mundo. La inseguridad, los robos, el crimen y la drogadicción -problema de salud- podrían combatirse con eficacia si se "despenalizaran" las drogas (no hablemos de "legalizar", para que no nos metan presos). El gobierno de la Concertación en Chile es, en esta materia clave para los pobres, un fracaso. Como ocurre también con las normas represivas laborales, educacionales, sexuales y de emprendimiento popular. El neosocialismo no funciona porque no confía en el chileno libre. Igual que el socialismo de antaño.
* Prof. de economía, fue presidente del Banco Central de Chile.
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