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Durán: la leyenda sigue haciendo historia


Hay momentos en que las campanas suenan para todos. Nadie escapa a esa llamada, al eco silencioso y definitivo. Emperadores, reyes, institutrices, no hay excepción a la regla. Siempre hay una hora, un final. Hay un tiempo para el hasta luego o el adiós. Es la ley de la vida, del hombre y sólo la naturaleza permanece en un ciclo que pareciera una marcha sin fin, pero ni siquiera eso. La renovación es una constante de la vida. El hombre, el primero. La vida 80, 100, 120 años, a lo sumo, retorna a su origen. Polvo al polvo, dicen las escrituras.
En el boxeo, como en la vida, hay un tiempo para ganar y otro para retirarse. Ley inexcusable del tiempo. Inclusive, hay un tiempo generoso para saber perder. El fiero deporte del boxeo fija el tiempo de manera inexorable. Pocos, contados con los dedos de la mano, escogidos por los dioses, rompen la barrera del tiempo. Se alzan con la corona y prolongan la fama en vida activa. Sólo unos pocos. Nombres que la historia y los pueblos registran con la devoción de una memoria generosa. De generación en generación se transmiten las hazañas.
El prestigio del atleta y del país sube como la espuma, y se instala en el podium de la fama. Registra el hombre o una mujer un momentum en la historia junto a la Nación que representa.
Pero cuando los triunfos se repiten por años, los títulos caen en la mano fiera lanzada sobre el oponente en un cuadrilátero, y cuando la excelencia se prolonga por décadas, nace la leyenda.
Las leyendas suelen ser historias no siempre verídicas, ni apegadas a los hechos. Encierran historia, tradición, mito, epopeya, fábula. Surge de la suma de triunfos y hazañas. Crecen en el tiempo como la llama que prende el trigal. Se esparce de boca en boca, oído en oído, y permanece en el tiempo, y como una antorcha nos guía hacia nuevos triunfos. No se apaga ni con el rumor de las olas.
La leyenda nace y se construye joven. Puede ser a los 21 años de manera excepcional en el demoledor deporte del boxeo. Un día en Nueva York, puede llegar a la fama, como una gran manzana. Abarca continentes, suma espacios, geografías y razas. Devora con sus puños la eternidad. Consume la tinta de los titulares. No es pasajera, sino auténticamente raizal, nacida para perdurar. Si es verdadera, brilla con luz propia, la que nunca se apaga, ni siquiera con la derrota o el retiro. Su fuerza radica en la excepción. Su fortaleza son sus cimientos.
Para la leyenda no hay final, ella permanece inmutable, porque no es efímera. Su condición es para siempre. Nace para la memoria. Para ser voceada por los tiempos.
La leyenda viviente en el boxeo mundial se llama Roberto Mano de Piedra Durán, panameño, 49 años cumplidos en el ring, en el ex gimnasio Nuevo Panamá, (hoy Roberto Durán), y obtuvo su quinto título, el viernes 16, en esta capital ístmica, donde cierra su carrera de cinco décadas, sin haber perdido jamás una pelea en ese cuadrilátero.
El pueblo no dejó un espacio libre, hizo sentir su presencia, la atmósfera cálida de su sangre del trópico, y como siempre, aclamó con devoción y respeto, a un ídolo con puños de hierro, que entró con coraje y pasta de gladiador a la historia de los super campeones.

101 años de Panamá América

 
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