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Economía, corrupción y otros demonios


La economía como quehacer cotidiano de los asociados arrojará resultados sólo bajo la acción concomitante de toda una serie interminable de factores que a su vez están vinculados, no necesariamente, ni de forma directa, a los procesos de producción, distribución, etc., sino a otros como políticos, culturales, ético-religiosos, morales y muchos más.
Es dable comprender que nuestra actividad económica actual, por demás calificada de preocupante dado que el crecimiento del PIB ha sido casi de cero, de cada 100 ciudadanos 16-18 están desocupados, casi 4 panameños de cada 10 se encuentran bajo la curva de la pobreza, y buena parte de ellos vive con menos de un dólar diario, caída de inversión directa extranjera en los últimos 2 años en cerca de un 80%, -nos asemeja a un paciente en estado de urgencia, víctima, entre otros, no precisamente de una mala acción suya o mía, sino de la obra de ciertos círculos acostumbrados al disfrute de las mieles del poder público, para lo cual se valen de un refinado oportunismo, de demagogia política, de tecnicismos perversos, de la avaricia, del embuste, en una palabra, de la inmoralidad por la pecunia y la vida parasitaria, hecho que está conduciendo a una especie de "franquicia panameña" con la que ya nos distinguen: la corrupción. Esta incluye el soborno, la extorsión, el fraude, la malversación de fondos, el tráfico de influencias, el nepotismo, coima, el "bien cuidao", el juega vivo y otros "demonios" más. Según Transparencia Internacional (TI) el índice de percepción de la corrupción en Panamá (IPC) es de 3.7 al año pasado, considerado como grave en el "ranking mundial", toda vez que está debajo de la puntuación 5.
Nuestro país no es el único que padece de semejante "virtud", sin pretender ignorar aquel adagio popular que reza: "mal de muchos, consuelo de tontos", pero sirva para advertir que contamos con un escenario interno excelente para su motivación: el creciente deterioro socioeconómico en virtud de la condición económica arriba descrita, reducidos sueldos de funcionarios, altas rentas de las empresas, algunos monopolios, actividades con reglamentaciones mal definidas, que implican limitaciones comerciales (aranceles, cuotas de importación, controles de precios); políticas de favoritismo económico (subsidios, deducciones de impuestos), el poder discrecional de muchos funcionarios incluyendo uso de partidas secretas millonarias, la debilidad de los entes de investigación y poderes de gobierno (se sostiene la inmunidad de la Asamblea a través de llamados a sesiones extraordinarias, a sabiendas que tiene casos pendientes de supuestos sobornos que ameritan ser aclarados) con lo que se coadyuva al carácter sistémico de la corrupción. En el plano externo, se cuenta con un escenario, en el que según TI, no exime para nada a los países más ricos como corruptores. Empresas multinacionales de Rusia, China, Taiwan, Corea del Sur, España, Alemania, Italia y Estados Unidos representan las manos principales que dan el soborno y que transfieren a sus costos de operación y del producto que nosotros mismos consumimos. Somos testigos de la globalización de la corrupción, lo que en una economía emergente como la nuestra socava con mayor facilidad las reglas del juego lo que termina por devastar el desarrollo y el crecimiento económico.
Dicho costo económico se cristaliza en el mayor pago que se hacen por las transacciones, reduciendo la inversión; en la distorsión de las prioridades sectoriales y las elecciones tecnológicas (construir carreteras, puentes y otros en áreas que no se justifican); en la poca capacidad del Estado para prestar los servicios indispensables (quizás el del agua es el más evidente); en la formación del círculo vicioso corrupción y actividad económica informal; en prácticas crediticias dudosas que aumentan el costo mismo del capital para las empresas; en el menoscabo de la legitimidad del Estado. Lo que condiciona una baja en la calidad de infraestructura y servicios públicos agravada por la disminución de los ingresos tributarios y con ello, el desajuste de la composición del gasto público. Estudios indican que los gobiernos corruptos gastan menos en educación y salud que en proyectos de inversión pública con alto riesgo de soborno. Al mejorar en dos puntos el IPC dichos gastos crecen en 0.5% del PIB.
Una simple ecuación indica que la corrupción (C) crece con la monopolización de las actividades (M) y la discrecionalidad de los funcionarios para decidir quien recibirá y cuánto (D), será mayor entre menor es la rendición de cuentas (R), o sea C=M+D-R. Así tenemos, una guía para lo que toca hacer, a saber, promover la competencia que socave el monopolio, fomentar la transparencia, nuevos incentivos y la rendición de cuentas, en pocas palabras, reparar el sistema generador de la corrupción, aunado decididamente a acciones que prometan la existencia de una prensa libre, una justicia sin influencia de politiquerías y lo más importante, la participación organizada de la comunidad civil en estos asuntos de interés común. Recordemos que entre nosotros hay pícaros y bribones a los hay que cortarles las uñas y limarles los colmillos para que no nos hagan daño.

101 años de Panamá América

 
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