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Economía de mercado y desarrollo social


Con frecuencia vemos escritos y escuchamos opiniones que perciben situaciones excluyentes y opuestas entre tener una buena economía de mercado y un desarrollo social efectivo. Sin embargo, las economías más exitosas del mundo, los 25 países de la OECD y un grupo de "economías emergentes" combinan ambos con singular éxito. Tienen economías de libre mercado u orientadas por el mercado, gran estabilidad y altos niveles de ingreso per cápita y de desarrollo humano.
En América Latina, durante 50 años (1935 - 85) vimos crecer un mayor intervencionismo económico, estatismo, encerramiento, regulaciones, enfrentamientos entre grupos organizados (empresarios, obreros y burocracias), inestabilidad, menor atención a los pobres rurales y urbanos. Ese modelo, resultado de una combinación inconsistente entre ideologías estatistas, socialistas, paternalistas y populistas y un keynesianismo mal entendido, terminó en la crisis del endeudamiento externo de 1982. Las economías latinoamericanas perdieron capacidad de adaptación porque su modelo intervencionista a ultranza las fosilizó, con poca flexibilidad de adaptación ante un mundo en rápida transformación por las tecnologías, las comunicaciones y el transporte. Durante 1975 - 82, el endeudamiento externo disimuló las fallas ya evidentes, hasta que hizo crisis.
Hay sistemas, marcos institucionales y maneras de hacer consistentes una economía de mercado y un desarrollo social y humano sostenible. Las pruebas están en los países ricos y desarrollados. Ningún otro sistema de organización económica ha comprobado lo mismo.
La economía de mercado (libre u orientada) es participativa. La practican desde las economías rurales primitivas hasta los conglomerados urbanos sofisticados. Es evidente que la gente, actuando libremente, resuelve mejor para sí misma sus actividades económicas mediante miles de decisiones diarias que lo que podría hacer un Estado centralizado que decide por los demás. Las decisiones de comprar, vender, producir, consumir, invertir, ahorrar, tan complejas y variadas, las hace mejor cada ciudadano en un ambiente libre y flexible.
Los precios de los bienes son el mecanismo que manda las señales que conducen la actividad económica entre las gentes como agentes de producción y consumo. Como tal, deben ser flexibles para reflejar coyunturalmente la escasez y excesos, los equilibrios y desequilibrios. La clave para el buen funcionamiento social de una economía de mercado es la competencia, la libertad de entrada de empresas a cualquier actividad económica. Si esto no se logra en el mercado interno muy pequeño, se logra entonces con la competencia internacional. Su buen funcionamiento requiere ingredientes esenciales: evitar monopolios o regularlos cuando son inevitables; respeto al derecho de propiedad; información abundante y transparente; acceso a los mercados; instituciones y reglas del juego claras, eficientes y transparentes; aprovechamiento de externalidades sociales para beneficio de todos; estabilidad macro-económica, flexibilidad micro-económica y desarrollo social. La medida de su efectividad es su eficiencia en la asignación de recursos.
Lo anterior no excluye una vigorosa actividad pública y una gran dedicación al desarrollo humano. La economía de mercado por sí no es ni el principio ni el fin de la vida social, política y cultural de los pueblos. Pero sí nos orienta a no cometer errores violentando el buen funcionamiento de la economía de mercado para lograr supuestos objetivos sociales. Al coartar las reglas del mercado, no se logra el propósito social y se pierde lo bueno que aporta que es crecimiento, eficiencia y libertad. Un sólo ejemplo ilustrativo (entre miles practicados antes en América Latina): Control de precios de alimentos para subsidiar a consumidores urbanos. Resultado real: subsidio a grupos medios urbanos que no lo necesitan, castigo a agricultores pobres rurales que sí necesitan el apoyo, reducción en la producción nacional de alimentos, importación de los mismos, lo cual castiga la balanza de pagos internacionales que reduce el crecimiento y la generación de empleos.
El desarrollo social y humano requiere la participación del Estado. Se basa en transferencias de recursos de los que más tienen, obtenidos en formas neutrales al funcionamiento del mercado, para invertir en los que menos tienen a través del presupuesto nacional. Se hace para proveer salud, nutrición, educación a todos y al pobre; asistencia técnica y crediticia al pequeño productor; infraestructura física como caminos, electricidad y comunicaciones; una red de seguridad social y jubilaciones garantizadas; vivienda barata, recreación y deportes; desarrollo de la comunidad y gobiernos locales; apoyo a la familia, a la cultura y al capital social. En una economía de mercado un gasto público se justifica cuando su beneficio social (que es enteramente medible) es alto y no es captable privadamente, tales como un programa de vacunaciones infantiles, y la educación.
El crecimiento eficiente que propicia una economía de mercado con políticas públicas efectivas provee al desarrollo social empleos, recursos públicos y aumentos en los ingresos per capita. Es necesario pero no suficiente. Se necesita complementar con la inversión social descrita, la red de seguridad social y un gran apoyo político, moral y cultural para incorporar a los marginados. Este se puede hacer en formas consistentes con una economía de mercado. El común denominador de ambos aspectos es una gran participación social.

101 años de Panamá América

 
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