Eduardo VII de Inglaterra
Este soberano inglés (1841– 1910), hijo de la Reina Victoria, subió al trono a sus 60 años de edad, en 1901, fecha en que ella murió tras 64 de su reinado tras ser coronada a sus 18. Fue un personaje muy bien parecido, sumamente popular y con buen sentido del humor.
Siendo aún príncipe hizo un viaje a los Estados Unidos de América, donde en una ocasión fue invitado a cazar en un campo cerca de Chicago. Antes de empezar le fueron presentados todos los concurrentes, con quienes estrechó la mano. Terminada la presentación el alcalde le dijo: -“Y ahora, príncipe, vamos a lavarnos las manos, ¿no?”. Y le contestó amablemente: -“En realidad sólo he usado una; todos me han estrechado la derecha”. Y el alcalde, repuso: -“Es más fácil y práctico lavarse las dos que una sola”. Respuesta que el príncipe repitió muchas veces después.
Tuvo, siendo ya rey, a un sastre con quien entabló amistad. En una ocasión lo invitó a una baile de gala al palacio real. El invitado, muy honrado y complacido, concurrió al evento donde se encontró con varios conocidos quienes charlaron con él, puesto que eran personajes a quien él también vestía por ser su taller el escogido por figuras de la flor y nata de la aristocracia inglesa.
Hubo un momento en que el rey se le acercó y la preguntó qué tal le parecía la fiesta. El hombre le respondió: -“No está mal, majestad, aunque si os he de hablar con sinceridad, hay mucha mezcla en la concurrencia”. Y Eduardo VII le contestó: -“¡Oh! Desde luego; mis invitados no pueden ser todos sastres”.