Educación y calidad
Desde 1979 la educación panameña ha sido sacudida por constantes movimientos huelguísticos. En aquel momento por la justificada necesidad de fortalecer una lucha democrática que dio sus frutos. Pero casi treinta años después va siendo momento de algunas consideraciones de carácter estratégico.
Como se sabe la mundialización va exigiendo, cada vez con más fuerza, altos niveles de competitividad a los países, y la preparación del recurso humano está en primera línea. Han dejado de ser secretas las graves deficiencias que exhibe un sistema, donde el componente docente parece más preocupado por las mejoras salariales que por la calidad.
En Panamá la posibilidad de altos niveles de educación estuvo siempre a condición de migraciones extranjeras. Los jesuitas primero, durante la colonia; los educadores españoles que llegaron al país huyendo de Franco y después los intelectuales chilenos que escaparon de Pinochet, sin excluir el enorme aporte de los norteamericanos.
Lejos de seguir trillando, sin embargo, por el camino que esos extranjeros aportaron noblemente, junto a destacados educadores producidos por el país, nos encontramos sometidos a una especie de dictadura del capricho y proteccionismo de la ignorancia.
No es un secreto el triste espectáculo que ofrecen educadores que por años no han renovado su currículo, pero sí concentran sus actividades en movimientos de corte sindicalista que en nada han ayudado a la preparación de la juventud panameña, convirtiéndola en caldo de cultivo de los peores estereotipos.
No es solo un problema de las autoridades; la sociedad debe imponerse mediante la exigencia de conductas y preparaciones calificadas de aquellos que tienen la insustituible tarea de preparar a los futuros dirigentes del país. Los propios gremios magisteriales deben evaluar su papel, una conducta que tiene perpleja a la sociedad.
Como se sabe la mundialización va exigiendo, cada vez con más fuerza, altos niveles de competitividad a los países, y la preparación del recurso humano está en primera línea. Han dejado de ser secretas las graves deficiencias que exhibe un sistema, donde el componente docente parece más preocupado por las mejoras salariales que por la calidad.
En Panamá la posibilidad de altos niveles de educación estuvo siempre a condición de migraciones extranjeras. Los jesuitas primero, durante la colonia; los educadores españoles que llegaron al país huyendo de Franco y después los intelectuales chilenos que escaparon de Pinochet, sin excluir el enorme aporte de los norteamericanos.
Lejos de seguir trillando, sin embargo, por el camino que esos extranjeros aportaron noblemente, junto a destacados educadores producidos por el país, nos encontramos sometidos a una especie de dictadura del capricho y proteccionismo de la ignorancia.
No es un secreto el triste espectáculo que ofrecen educadores que por años no han renovado su currículo, pero sí concentran sus actividades en movimientos de corte sindicalista que en nada han ayudado a la preparación de la juventud panameña, convirtiéndola en caldo de cultivo de los peores estereotipos.
No es solo un problema de las autoridades; la sociedad debe imponerse mediante la exigencia de conductas y preparaciones calificadas de aquellos que tienen la insustituible tarea de preparar a los futuros dirigentes del país. Los propios gremios magisteriales deben evaluar su papel, una conducta que tiene perpleja a la sociedad.