Educación y crisis
SEGÚN LA Enciclopedia Encarta, el concepto "educación" denota los métodos por los que una sociedad mantiene sus conocimientos, cultura y valores, y afecta a los aspectos físico, mental, emocional, moral y social de la persona. Mientras que la "instrucción" es la presentación sistemática de hechos, ideas, habilidades y técnicas a los estudiantes. La simple instrucción no puede ser el objetivo principal de la educación. Educar es enseñar a pensar, a crecer intelectual, emocional y moralmente, a vivir y convivir, en un constante esfuerzo de mejora y tolerancia; educar es contribuir a que todos los seres humanos seamos iguales en responsabilidad y dignidad. Por eso me he dedicado a educar, a sembrar los mejores valores en mis alumnos, no sólo mediante palabras sino con hechos. En síntesis, a formar mejores seres humanos, predicando con mi ejemplo personal.
La educación comienza en la cuna y termina en la tumba. En una sociedad democrática existe una interrelación entre el proceso educativo y los medios de comunicación social, ya que éstos proporcionan multitud de noticias, pero todo ese inmenso caudal de datos hay que asimilarlo, interpretarlo, relacionarlo dialécticamente y emplearlo para la perfección integral de uno mismo, y para el servicio incondicional a la sociedad. Es decir, no se trata sólo de instruir, sino sobre todo, de educar, de forjar mejores ciudadanos.
Estimo que la educación debe promover el pleno desarrollo del ser humano, enriquecer el acervo cultural de la sociedad y preservar el medio ambiente dentro de un desarrollo sostenible. Asimismo, todo sistema educativo tiene entre sus principales fines, preparar a las personas para su plena participación en la sociedad, desarrollando los valores, conductas y competencias que permitan su prosperidad y la de su comunidad. Es decir, se requiere formar ciudadanos que sean capaces de hacer cosas útiles para sí mismo y para el prójimo, y que estén en condiciones de analizar, verificar y criticar, no de aceptar todo lo que se les diga. Siempre les digo a mis alumnos que considero a la docencia como un sacerdocio (la profesora Gladys de Moreno, ex decana de la Facultad de Ciencias Administrativas de la USMA, la define como un apostolado), y les cito la frase que hace casi dos siglos pronunció el filósofo y pedagogo cubano José de la Luz y Caballero: "Enseñar puede cualquiera; educar, tan solo quien sea un evangelio vivo", para hacer hincapié en la diferencia existente entre la educación y la enseñanza o instrucción.
Aunque hace casi un siglo y medio José Martí se manifestó sobre esta diferencia, él reconoce que no hay educación sin una buena instrucción, ya que "las cualidades morales suben de precio cuando están realizadas por cualidades inteligentes".
El más insigne de los cubanos concebía la educación como un acto de amor, como puede comprobarse con su propia vida y en las ideas que manifestó sobre el tema. Para Martí, el acto pedagógico es una relación entre seres humanos alimentada por el amor, creencia que justifica que abogara por el establecimiento de un cuerpo de maestros "misioneros" capaces de "abrir una campaña de ternura y ciencia".
Una buena parte de la población que participa activamente en la vida comunal del Istmo, ha reconocido con mayor o menor grado de convicción, que la sociedad panameña está en crisis, ya que cuando se realiza una ligera presión en cualquier institución, brota el pus. La magnitud de esta crisis parece trascender la capacidad de asimilarla e interiorizarla plenamente, ya que no es sólo sanitaria, política, judicial, económica o cultural. De alguna manera es una convergencia de todas ellas, pero que en su agregación, resulta en una totalidad que es más que la suma de sus partes.
Estimo que la causa principal de esta crisis es la situación en que se encuentra la educación en el Istmo. En el artículo "Crisis del sistema educativo", escrito el 4 de septiembre de 2006, en plena huelga de los docentes, que pueden consultar en www.alternativadigital.net, expresé: "Mi corta experiencia de vida en Panamá, me permite inferir que estamos ante otro proceso de confrontación entre los docentes y el Gobierno Nacional, que dejará intacta la estructura del sistema educativo y, por consiguiente, no mejorará la calidad de la enseñanza, ya que no se irá a los problemas de fondo". Desgraciadamente, mis palabras fueron proféticas, y una vez más tuvimos mucho ruido sin una sola nuez. Durante varias semanas se puso de moda hablar de calidad de la educación, sin que se analizase lo que esta expresión significa y, mucho menos, en qué estado se encuentra la calidad de la educación panameña y lo que debe realizarse para mejorarla.
El mejoramiento de la calidad de los servicios educativos debe ser el objetivo prioritario del Estado, no sólo en virtud de su importancia para lograr el desarrollo humano en Panamá y vía fundamental para alcanzar la justicia social, sino que está en juego la nacionalidad, por lo que no cejo en mi propósito de seguir contribuyendo a garantizarle al pueblo panameño, la educación que se merece; no es una quimera, aunque muchas veces necesitamos soñar utopías que alimenten grandes transformaciones.
Soy optimista por naturaleza y me caracterizo por enfrentar los problemas con una mentalidad positiva, inspirado en la parábola del niño que devolvía al mar uno tras otro los pececitos que la marea había arrojado a la arena. Cuando alguien le dijo: "¿Qué adelantas con eso? No vas a poder salvarlos a todos"; el niño respondió: "Ya lo sé. Pero éste -y le mostró un pececito que bailaba en su mano- estará a salvo", y lo devolvió al agua.
La persona que considero más capaz entre los dirigentes de la educación en Panamá me ha expresado que una golondrina no hace verano, y debo reconocer que tiene razón, pero como nos dice la canción "el sueño de uno es sueño, el de muchos, auténtica realidad".
La educación comienza en la cuna y termina en la tumba. En una sociedad democrática existe una interrelación entre el proceso educativo y los medios de comunicación social, ya que éstos proporcionan multitud de noticias, pero todo ese inmenso caudal de datos hay que asimilarlo, interpretarlo, relacionarlo dialécticamente y emplearlo para la perfección integral de uno mismo, y para el servicio incondicional a la sociedad. Es decir, no se trata sólo de instruir, sino sobre todo, de educar, de forjar mejores ciudadanos.
Estimo que la educación debe promover el pleno desarrollo del ser humano, enriquecer el acervo cultural de la sociedad y preservar el medio ambiente dentro de un desarrollo sostenible. Asimismo, todo sistema educativo tiene entre sus principales fines, preparar a las personas para su plena participación en la sociedad, desarrollando los valores, conductas y competencias que permitan su prosperidad y la de su comunidad. Es decir, se requiere formar ciudadanos que sean capaces de hacer cosas útiles para sí mismo y para el prójimo, y que estén en condiciones de analizar, verificar y criticar, no de aceptar todo lo que se les diga. Siempre les digo a mis alumnos que considero a la docencia como un sacerdocio (la profesora Gladys de Moreno, ex decana de la Facultad de Ciencias Administrativas de la USMA, la define como un apostolado), y les cito la frase que hace casi dos siglos pronunció el filósofo y pedagogo cubano José de la Luz y Caballero: "Enseñar puede cualquiera; educar, tan solo quien sea un evangelio vivo", para hacer hincapié en la diferencia existente entre la educación y la enseñanza o instrucción.
Aunque hace casi un siglo y medio José Martí se manifestó sobre esta diferencia, él reconoce que no hay educación sin una buena instrucción, ya que "las cualidades morales suben de precio cuando están realizadas por cualidades inteligentes".
El más insigne de los cubanos concebía la educación como un acto de amor, como puede comprobarse con su propia vida y en las ideas que manifestó sobre el tema. Para Martí, el acto pedagógico es una relación entre seres humanos alimentada por el amor, creencia que justifica que abogara por el establecimiento de un cuerpo de maestros "misioneros" capaces de "abrir una campaña de ternura y ciencia".
Una buena parte de la población que participa activamente en la vida comunal del Istmo, ha reconocido con mayor o menor grado de convicción, que la sociedad panameña está en crisis, ya que cuando se realiza una ligera presión en cualquier institución, brota el pus. La magnitud de esta crisis parece trascender la capacidad de asimilarla e interiorizarla plenamente, ya que no es sólo sanitaria, política, judicial, económica o cultural. De alguna manera es una convergencia de todas ellas, pero que en su agregación, resulta en una totalidad que es más que la suma de sus partes.
Estimo que la causa principal de esta crisis es la situación en que se encuentra la educación en el Istmo. En el artículo "Crisis del sistema educativo", escrito el 4 de septiembre de 2006, en plena huelga de los docentes, que pueden consultar en www.alternativadigital.net, expresé: "Mi corta experiencia de vida en Panamá, me permite inferir que estamos ante otro proceso de confrontación entre los docentes y el Gobierno Nacional, que dejará intacta la estructura del sistema educativo y, por consiguiente, no mejorará la calidad de la enseñanza, ya que no se irá a los problemas de fondo". Desgraciadamente, mis palabras fueron proféticas, y una vez más tuvimos mucho ruido sin una sola nuez. Durante varias semanas se puso de moda hablar de calidad de la educación, sin que se analizase lo que esta expresión significa y, mucho menos, en qué estado se encuentra la calidad de la educación panameña y lo que debe realizarse para mejorarla.
El mejoramiento de la calidad de los servicios educativos debe ser el objetivo prioritario del Estado, no sólo en virtud de su importancia para lograr el desarrollo humano en Panamá y vía fundamental para alcanzar la justicia social, sino que está en juego la nacionalidad, por lo que no cejo en mi propósito de seguir contribuyendo a garantizarle al pueblo panameño, la educación que se merece; no es una quimera, aunque muchas veces necesitamos soñar utopías que alimenten grandes transformaciones.
Soy optimista por naturaleza y me caracterizo por enfrentar los problemas con una mentalidad positiva, inspirado en la parábola del niño que devolvía al mar uno tras otro los pececitos que la marea había arrojado a la arena. Cuando alguien le dijo: "¿Qué adelantas con eso? No vas a poder salvarlos a todos"; el niño respondió: "Ya lo sé. Pero éste -y le mostró un pececito que bailaba en su mano- estará a salvo", y lo devolvió al agua.
La persona que considero más capaz entre los dirigentes de la educación en Panamá me ha expresado que una golondrina no hace verano, y debo reconocer que tiene razón, pero como nos dice la canción "el sueño de uno es sueño, el de muchos, auténtica realidad".