Educación y democracia
El nuevo año escolar ha comenzado, pero sin cambio. La oferta educativa que nos ofrece la institución rectora, Ministerio de Educación, es lo mismo que cada año fracasa estrepitosamente en Panamá: una educación pública atada a fallidos programas curriculares sin contenidos de calidad y, lo más difícil del problema -aunque se trate de un factor imprescindible para el cambio-, se tendrá que lidiar nuevamente con el mismo cuerpo docente, renovado sólo en sus intereses gremiales.
El desaliento reina entre la ciudadanía, pues teme que una vez que transcurra la fecha de las elecciones, el tema de la calidad educativa que los candidatos prometen resolver, volverá a empantanarse en la desidia burocrática y, a pesar de las promesas políticas, nada cambiará. Además, ¿podrían cambiar lo que incluso no les ha sido importante en lo personal? De alguna manera la respuesta nos las ofrece la “hoja académica” de la mayoría de los candidatos panameños en estas elecciones. No pocos analistas han destacado que los candidatos, a casi todos los cargos públicos, en su gran mayoría, manifiestan un perfil académico mediocre y un bajo nivel cultural, además de mostrar obvias dificultades en su expresión verbal, escaso desarrollo de pensamiento lógico y un casi nulo conocimiento de temas internacionales.
Estamos viviendo no sólo una crisis de la educación entre el estudiantado y los docentes panameños, sino que es una crisis que se ha generalizado y ha penetrado a la clase política. Estamos en un círculo vicioso difícil de resolver, pues los dirigentes, los que van y vienen, tienen también una crisis educativa en su formación ética y moral.