Educación y fracasos
Conversábamos hace poco con un ingeniero amigo sobre las etapas escolares de nuestra niñez y adolescencia. Coincidíamos en que convendría que se restablecieran en la primaria las clases de cívica y urbanidad, pero estudiando bien qué materias serían reemplazadas por éstas, puesto que hoy en día hay demasiadas de ellas y el niño tiene poco tiempo para estudiarlas todas adecuadamente.
Aparte de ello, tampoco se le dedica el mismo tiempo de enseñanza que el que se nos dedicaba a nosotros. Antes atendíamos clases mañana y tarde, y ahora no. Además, la afición juvenil por la televisión y la computadora, le absorben al estudiante gran parte del tiempo a diario, lo cual contribuye al descuido en sus estudios y a la consiguiente ola de fracasos que anualmente se registran. Como consecuencia de ello, muchos estudiantes, acomplejados y acobardados abandonan la escuela para siempre.
Trágicamente, a veces esto ocurrió por haber fracasado en tan solo una materia de la que jamás habría necesitado en la profesión que intentaba escoger. Cuántos magníficos profesionales que así se perdieron, hubiera tenido nuestra sociedad.
Convendrá también que se establecieran comités de orientación que, junto con las autoridades de los planteles, entrevistaran al estudiante al llegar a la escuela secundaria. En esa forma se auscultaría qué materias podrían llevar a un estudiante al fracaso, y arruinarlo para toda la vida tras haber abandonado el colegio, acomplejado y acobardado y quedarse sin educación. Ese riesgo lo vivimos en carne viva en el liceo del Instituto Nacional.
Desde nuestra niñez sentíamos atracción por la abogacía. Cuando llegamos a la escuela secundaria tuvimos que atender inútilmente clases de álgebra y trigonometría, materias de las cuales jamás necesitaríamos, aunque reconocemos que nos servían como ejercicio mental.
Aparte de ello, tampoco se le dedica el mismo tiempo de enseñanza que el que se nos dedicaba a nosotros. Antes atendíamos clases mañana y tarde, y ahora no. Además, la afición juvenil por la televisión y la computadora, le absorben al estudiante gran parte del tiempo a diario, lo cual contribuye al descuido en sus estudios y a la consiguiente ola de fracasos que anualmente se registran. Como consecuencia de ello, muchos estudiantes, acomplejados y acobardados abandonan la escuela para siempre.
Trágicamente, a veces esto ocurrió por haber fracasado en tan solo una materia de la que jamás habría necesitado en la profesión que intentaba escoger. Cuántos magníficos profesionales que así se perdieron, hubiera tenido nuestra sociedad.
Convendrá también que se establecieran comités de orientación que, junto con las autoridades de los planteles, entrevistaran al estudiante al llegar a la escuela secundaria. En esa forma se auscultaría qué materias podrían llevar a un estudiante al fracaso, y arruinarlo para toda la vida tras haber abandonado el colegio, acomplejado y acobardado y quedarse sin educación. Ese riesgo lo vivimos en carne viva en el liceo del Instituto Nacional.
Desde nuestra niñez sentíamos atracción por la abogacía. Cuando llegamos a la escuela secundaria tuvimos que atender inútilmente clases de álgebra y trigonometría, materias de las cuales jamás necesitaríamos, aunque reconocemos que nos servían como ejercicio mental.