Educando a los buseros
Alguien ha dicho que todos los choferes de buses y taxis deben regresar a la escuela para que les enseñen las nociones elementales de la educación que no les enseñaron o que han olvidado. Su comportamiento cotidiano al pie del volante es la de matones, sin ley y sin Dios. Violan las reglas del tránsito porque se sienten por encima de la ley como consecuencia de un mal entendido proteccionismo estatal que engendró la dictadura militar a partir del 68.
Deben transitar por el lado derecho de la pista, pero giran abruptamente a la izquierda en competencia encarnizada con los buses de otras cooperativas, sin importarles si colisionan con otros vehículos. Recogen pasajeros en el centro de la pista o donde se les ocurre. Taponan las esquinas, bloqueando premeditamente la circulación, un bus tras otro, como acontece en la 12 de octubre y la Transístmica. Arrollan niños, ancianos, y a menudo se dan a la fuga, irresponsablemente. En fin, es inacabable el catálogo de las violentas infracciones que perpetran impunemente, día a día, ante la vista y paciencia de policías que parecen tener un pacto de tácita complicidad con los choferes.
El problema no sólo es de orden ético personal. Se diría que la aberración está en las reglas del juego que han engendrado la mentalidad del busero de impunidad e irresponsabilidad ante la ley. Se les entregó el monopolio del transporte público, con fines de proselitismo político, y las normas de Tránsito han consolidado hasta la deformación esa actitud de desprecio a los usuarios y a la Autoridad. El transporte público es un coto cerrado construido por los seudodirigentes para controlarlo como negocio privado. Ellos, sólo ellos, entregan los cupos, controlan estaciones de gasolina, pactan los financiamientos con distribuidores de vehículos, rigen, en suma, como amos y señores de un servicio público. Las cooperativas originales son hoy empresas privadas, pero cierran la puerta a quien no tiene su visto bueno.
Los regaños por mal comportamiento de los choferes deben ser, por ello, el primer paso para modificar las premisas legales del transporte público, deshacer el monopolio que tan deplorables resultados da a lo largo de más de tres décadas y abrirlo a la libre competencia.
Deben transitar por el lado derecho de la pista, pero giran abruptamente a la izquierda en competencia encarnizada con los buses de otras cooperativas, sin importarles si colisionan con otros vehículos. Recogen pasajeros en el centro de la pista o donde se les ocurre. Taponan las esquinas, bloqueando premeditamente la circulación, un bus tras otro, como acontece en la 12 de octubre y la Transístmica. Arrollan niños, ancianos, y a menudo se dan a la fuga, irresponsablemente. En fin, es inacabable el catálogo de las violentas infracciones que perpetran impunemente, día a día, ante la vista y paciencia de policías que parecen tener un pacto de tácita complicidad con los choferes.
El problema no sólo es de orden ético personal. Se diría que la aberración está en las reglas del juego que han engendrado la mentalidad del busero de impunidad e irresponsabilidad ante la ley. Se les entregó el monopolio del transporte público, con fines de proselitismo político, y las normas de Tránsito han consolidado hasta la deformación esa actitud de desprecio a los usuarios y a la Autoridad. El transporte público es un coto cerrado construido por los seudodirigentes para controlarlo como negocio privado. Ellos, sólo ellos, entregan los cupos, controlan estaciones de gasolina, pactan los financiamientos con distribuidores de vehículos, rigen, en suma, como amos y señores de un servicio público. Las cooperativas originales son hoy empresas privadas, pero cierran la puerta a quien no tiene su visto bueno.
Los regaños por mal comportamiento de los choferes deben ser, por ello, el primer paso para modificar las premisas legales del transporte público, deshacer el monopolio que tan deplorables resultados da a lo largo de más de tres décadas y abrirlo a la libre competencia.