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¡Educar, educar, siempre educar!


Hemos dedicado buen tiempo de nuestra existencia a cumplir un compromiso como pedagogo profesional en la práctica de la educación. Así, en más de 50 años, no hemos cesado en aprovechar los medios de comunicación para escribir destinado a padres, estudiantes, docentes y directivos escolares, así como a los especialistas que puedan hallarlo de interés. Asimismo, nuestro esfuerzo en el ejercicio del periodismo docente ha sido dirigido a los hombres de negocios, los integrantes de la esfera laboral y el Gobierno en todos sus niveles.

En el cumplimiento de ese compromiso docente hemos tratado de hablar de aquellas personas que se han ocupado y ocupan por el problema de la educación en Panamá. Hemos procurado esclarecer un concepto que actualmente está cobrando forma en escuelas y universidades: el de la denominada educación permanente. Creemos sinceramente que dicho concepto, correctamente entendido y apoyado, puede cambiar en forma beneficiosa todo el espectro de la educación del individuo, desde la escuela elemental a la universidad y la educación de adultos.

Las ideas desarrolladas por nosotros no son nuevas, sino que se remontan, por lo menos, a épocas antiguas, y han sido reiteradas por pensadores como Rousseau, Kilpatrick, John Dewey (en Panamá, educadores como Octavio Méndez Pereira, José Daniel Crespo, Federico A. Velásquez, Francisco Céspedes, Miguel Mejía Dutari, Vicente Bayard P., Otilia Arosemena de Tejeira, Berta Arango, Zoraida Brandao, Sara Sotillo), y muchos especialistas y profesionales más recientes dedicados a la práctica de la educación.

Se habla de educación en no pocas ocasiones sin entender el grave compromiso que ella entraña y olvidamos con frecuencia que caen bajo su alero aspectos fundamentales del niño, del adolescente y del joven que se descuidan completamente a favor de tendencias menos constructivas. Seduce a veces la parte manual, las artes industriales, el practicismo, como es costumbre decir, y se condena con resolución lo que suele calificarse de libresco y académico, por su ninguna importancia para la vida; y casi nunca se habla de urbanidad, de las buenas maneras, de la conveniencia de cultivar el buen gusto por la música escogida, la pintura, el dibujo, la literatura, cosas todas, al parecer, inútiles e intrascendentes.

El hombre ha de aprender a ganarse la vida y la escuela, a fin de cuentas, en cualquiera de sus ramas (elemental, media, técnica, universitaria) no debe aspirar sino a proporcionarle una profesión lucrativa. Creemos fundamentalmente que con tal espejismo está montada la escuela panameña, y que la Universidad, como remate del proceso, tampoco va más allá, no encuentra justificación que la invite a cruzar esa frontera. Cargado el ambiente de intereses de orden económico y comercial, pareciera que las actividades que más preocupan a nuestra gente están confinadas en el ámbito del provecho material inmediato, que se traduce en operaciones lucrativas, empresas comerciales e industriales, agricultura, ganadería, y ganancias consiguientes.

En nuestro quehacer hemos analizado algunas fuerzas que han hecho posible que la educación merezca, cada vez más, el interés público y de la aceptación general. Entre ellas se incluye la necesidad ampliamente reconocida de que escuelas y universidades vuelvan a merecer el alto grado de respeto y confianza pública de que históricamente gozaran, y que ha disminuido en años recientes, de brindar una educación más llena de sentido a niños, jóvenes y adultos, en respuesta a sus necesidades y aspiraciones individuales.

Por contraposición con las expectativas meramente institucionales, de extirpar los efectos destructivos del aislamiento producido entre el aprendizaje de tipo académico y el desarrollo ocupacional y las experiencias del mundo real, una brecha que la educación en general ha dejado sin cerrar durante tanto tiempo; de que todos nosotros, como elementos de la sociedad, nos preocupemos por el desarrollo de los seres humanos en todas sus facetas, tanto prácticas como intelectuales y morales, y acordemos el respeto debido a cualquier trabajo satisfactorio, sea cual fuere su índole; de poner fin a la desorientación de mucha gente joven que asiste a la universidad y, de modo concomitante, a la enorme pérdida de energías humanas reflejadas en los altos índices de deserción y desempleo entre la juventud de nuestros días.

101 años de Panamá América

 
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