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El 1 de Mayo


De la misma manera como el neoliberalismo -ideología hegemónica del proceso de globalización de la Segunda Modernidad- ha vaciado de contenido otros aspectos de la vida nacional, también lo ha hecho con el significado del 1 de Mayo. Hoy, en nuestro país, como en gran parte del mundo, esta fecha es tan sólo un día feriado, festivo y, en la mayoría de los casos, huérfano de toda meditación profunda. Tanto es así que luego de haber transcurrido 118 años desde las jornadas en 1886 en Estados Unidos, poco o nada se conoce, se recuerda o se reivindica sobre aquella epopeya de resistencia y lucha de la clase obrera estadounidense. Por ello, y sin mayores pretensiones, deseo rescatar en este artículo dos hechos históricos y una reflexión.
En primer lugar, debo decir que concuerdo con quienes afirman que la historia del 1 de Mayo, es la historia de los "Mártires de Chicago". Aunque paradójicamente, Estados Unidos es quizás el único país de la tierra donde no se celebra esta fecha. Efectivamente, en 1880 se funda la "Federation of Organized Trade and Labour Union" y en 1886, el Presidente Andrew Johnson promulgó la Ley Ingerso, mediante la cual se establecía la jornada de ocho horas de trabajo y, por supuesto, no entró en vigor.
Entonces, la Federación de Organizaciones de Sindicatos de Trabajo y Comercio resolvió hacer valer la ley mediante una huelga general en todos los Estados de la Unión, a partir del primero de mayo de 1886.
Los sucesos posteriores culminaron con el injusto e ilegal juicio de ocho líderes obreros, cuatro de los cuales fueron llevados a la horca al mediodía del viernes 11 de noviembre de 1887. A su sepelio asistieron más de medio millón de obreros y en su memoria los proletarios del globo terráqueo conmemoran el 1 de mayo como el Día Mundial de los Trabajadores.
El otro hecho cierto es que la lucha por la jornada de ocho horas y la unidad de los trabajadores, al menos, en la mayoría de los países europeos, se inició con la constitución de la Asociación Internacional de Trabajadores, el 28 de septiembre de 1864.
En 1866, el Congreso Internacional celebrado en Ginebra, "en un solo ejército, bajo la misma bandera" establece como objetivo inmediato la fijación de la jornada normal de ocho horas, reafirmada por el Congreso Obrero de París de 1889, cónclave donde se decidió llevar acabo dichas jornadas en todos los países del orbe a partir del primero de mayo de 1890.
Desde sus inicios, el bregar de las organizaciones obreras estuvo signado por dos líneas indisolubles de acción: La lucha económica y política, y la aspiración de unificar orgánicamente a todo el movimiento. Porque siendo la relación obrero-patronal un vínculo desigual donde el mayor poder está del lado del capital, a los trabajadores individualmente sólo les queda como recurso para defender sus legítimos intereses, la organización y la unidad. La organización como mecanismo de cohesión y la unidad como manifestación de fuerza y, ambas, en última instancia, como expresión del poder político de los asalariados.
En Panamá, aunque las luchas históricas de los trabajadores han estado jalonadas por el heroísmo, el desprendimiento y la abnegación; vistas desde la perspectiva histórica republicana se pueden caracterizar por la unidad de acción coyuntural y por la atomización en términos generales, especialmente en el último tercio del siglo pasado.
Por ejemplo, en nuestro país al momento del golpe militar del 11 de octubre de 1968 existían tres centrales obreras nacionales: La Central Istmeña de Trabajadores (CIT), la Federación Sindical de Trabajadores de la República de Panamá (FSTRP) y la Confederación de Trabajadores de la República de Panamá (CTRP). Mientras que en la actualidad hay nueve organizaciones sindicales nacionales, las cuales, lamentablemente, no son el resultado del crecimiento de la actividad del capital, sino producto de desprendimientos o fraccionamientos de los grupos sindicales preexistentes.
A todas luces una verdadera atomización del movimiento sindical panameño.
¿Qué hacer? En este momento los líderes sindicales tienen tres tareas fundamentales que acometer. Una es estructural, es decir, empinarse sobre las pequeñeces que los separan y hacer realidad el sueño de los jefes históricos del sindicalismo panameño Julio César Pinzón, Domingo Barría, Ángel Gómez, Antonio Yépez De León y Luis Anderson: Construir la unidad, crear la CUTP. La otra iniciativa es de índole económica y consiste en la movilización general de los trabajadores para reivindicar un mejoramiento integral de la calidad de vida de las familias obreras. Y la última es esencialmente política. En este terreno se destaca el papel de los jornaleros en la coyuntura electoral y el combate final contra el neoliberalismo, ideología del "capitalismo salvaje" en retirada en otros países del cosmos, pero que en el Istmo no hemos hecho ni siquiera la síntesis del fenómeno.

101 años de Panamá América

 
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