El 11 de septiembre
El estupor en los rostros, las lágrimas en los ojos, la indignación ante la alevosía, el civismo colectivo, la fortaleza moral y las palabras oídas desde el 11 de septiembre, reflejan todas las reacciones humanas provocadas por la magnitud de los increíbles ataques terroristas acaecidos ese día en Nueva York y en Washington. Es difícil representar la extensión e intensidad de la condolencia mundial por la muerte de miles de personas inocentes y por la destrucción de bienes que representaban el pan, el trabajo y las ilusiones de cientos de miles de familias de los Estados Unidos.
Quienes tenemos seres queridos y amigos entrañables en Nueva York abrigamos motivos sobrados para sentirnos solidarios con el dolor, la congoja, y la preocupación de la nación norteamericana, de los cuales nos hacemos partícipes. He podido comprobar, por lo inhumano de lo sucedido, que la capacidad de pensar, de reflexionar, se ve afectada por el impacto emocional, por la fuerza de los sentimientos. Pero es ejercitando esa capacidad que decidí escribir estas líneas para dejar registrados algunos comentarios.
El terrorismo internacional es uno de los desafíos que tiene que encarar el mundo en este siglo XXI que recién ha empezado. Los otros desafíos importantes son la pandemias como el SIDA y la proliferación de armamentos. Hay otros, insidiosos, como el tráfico de drogas y los cambios climáticos. Todos estos desafíos son mundiales porque no tienen fronteras, porque ningún país puede afrontarlos aisladamente. Tienen entre sí otro común denominador; no son inevitables y por tanto no es razonable adoptar frente a ellos una actitud fatalista. Por el contrario obligan a buscar remedios, soluciones y son concientes de que está abierta la posibilidad de realizar acciones preventivas contra ellos. Lo mismo es válido para la miseria, la pobreza, y el hambre, que aunque afectan a una cuarta parte de la población de la humanidad y no pueden considerarse "problemas mundiales", exigen urgentes y eficaces medidas para mitigarlos y remediarlos.
Los pueblos demuestran su vigor, su fortaleza, cuando saben dar y cuando dan respuestas a sus problemas esenciales. Hay muchos errores que se pueden cometer en la concepción en la formulación y en la ejecución de las posibles respuestas al terrorismo internacional. Uno de ellos y no el menor, se refiere a la interpretación del carácter amenazante del terrorismo.
Si se considera que la presencia amenazante del terrorismo en el mundo es solamente bélica, entonces se deduce que la única respuesta debida es la respuesta de las armas. Si por el contrario se considera que se trata de una amenaza que tiene una fuerza irracional, o un sustrato religioso, o un fundamento ideológico, entonces se abre un abanico de respuestas posibles y debidas.
Por mi parte, creo que las posibles respuestas al terrorismo internacional no deben pasar por alto la necesidad de una adecuada meditación antropológica y por consecuencia, de una visión equilibrada y reflexiva sobre la realidad del mundo en que vivimos.
Si nos remontamos al mundo antiguo, podemos ver que muchos pueblos, incluso imperios, tuvieron que volverse sobre sí mismos, hacer introspecciones sobre sus modos de vida, sobre el sentido mismo de la vida, cuando fueron obligados a ello por los sufrimientos, por las desgracias, por las amenazas, por los desastres y por la adversidad. Hay bases sólidas para creer que el pueblo griego no se habría dedicado a la filosofía, por lo menos en la forma en que lo hicieron a partir de cierto momento de su historia, si la vida hubiera seguido siendo próspera, despreocupada, como lo señalaba Pericles en su célebre Oración Fúnebre que según relata Tucídides, pronunció el dirigente ateniense para rendir honores a los soldados caídos en el primer año de la Guerra del Peloponeso.
En la ética de los filósofos griegos, especialmente en Platón, está la convicción de que la naturaleza humana está en guerra consigo misma, de que hay en el ser humano un ser inferior del cual debe salvarse el ser superior.
La alianza que a veces parece evidente entre terrorismo y algunas causas o reivindicaciones étnicas, políticas, religiosas, ideológicas, no deja de proyectar una luz indirecta sobre la naturaleza bárbara del terrorismo, en el cual hay casi siempre una voluntad de hacer justicia vengativa por cuenta propia y una aterradora confianza en el poder creador de la muerte.
El terrorismo internacional es desde hace algunos años materia de examen periódico por parte de los organismos nacionales y regionales y por parte de la Organización de las Naciones Unidas. Esta última ha reafirmado, a través de múltiples resoluciones, que los Estados deben tomar medidas contra el terrorismo internacional de acuerdo con las disposiciones pertinentes de sus respectivas legislaciones y del derecho internacional incluyendo las normas internacionales relativas a los derechos humanos.
Tiene sus implicaciones en este problema la forma gráfica como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en su Resolución 1333 de 19 de diciembre de 2000, condenó enérgicamente el persistente uso de las zonas de Afganistán dominadas por la facción afgana conocida como los Talibanes, que se denomina a sí misma Emirato Islámico de Afganistán (en lo sucesivo "los Talibanes"), para dar refugio y entrenar a terroristas y planificar actos de terrorismo y reafirmó su convencimiento de que la supresión del terrorismo internacional es imprescindible para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacional.
En la misma resolución el Consejo de Seguridad señaló que los Talibanes promueven el cultivo ilícito del opio, imponen un gravamen sobre su producción y obtienen recursos sustanciales de estas actividades ilícitas que aumentan la capacidad de los Talibanes de dar acogida a los terroristas.
El Consejo en su Resolución 1333 adoptada en virtud del Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas que contempla el uso de la acción armada en caso de amenazas a la paz, quebrantamientos de la paz o actos de agresión, exigió que los Talibanes dejen de dar refugio y de entrenar a terroristas internacionales y a sus organizaciones. Le exigió también a Afganistán la entrega sin demora a Estados Unidos de Osama bin Laden y sus asociados enjuiciados, entre otras cosas, por la colocación de bombas en las embajadas de ese país en Nairobi y Dar es Salam el 7 de agosto de 1998 y por conspirar contra la vida de ciudadanos norteamericanos fuera de los Estados Unidos.
Como lo señalan los comentaristas norteamericanos el problema es complejo porque las acciones que necesariamente habrá de tomar los Estados Unidos respecto a la organización de bin Laden tendrá que ver con los intereses de las naciones fronterizas que incluyen a Pakistán, India, Rusia, China, Irán y Arabia Saudita. Hay que recordar que el Talibán siendo como es un movimiento fundamentalista ha sido consistentemente apoyado por Pakistán y Arabia Saudita, dos cercanos aliados de los Estados Unidos.
En nuestros análisis y preocupaciones acerca de la tragedia ocurrida el 11 de septiembre de 2001, los panameños(as) no debemos pasar por alto la necesidad de reflexionar acerca de los factores involucrados en la amenaza del terrorismo. Es preciso estar vigilantes porque el mal parece estar en el corazón de nuestra época en la que se dan dos elementos que forman la mecha detonadora de explosiones devastadoras: la desorientación o el nihilismo espiritual y el poder tecnológico.
Todos estamos preocupados y esperamos las iniciativas y acciones concertadas de los estadistas de América Latina y el Caribe, para que nuestra región contribuya positivamente a la solución de los problemas planteados por los ataques terroristas del 11 de septiembre, y que pudieran agravarse si un vacío espiritual fuera en aumento de tal forma que sólo pudiera ser llenado por el efecto arrasante de las armas.
Quienes tenemos seres queridos y amigos entrañables en Nueva York abrigamos motivos sobrados para sentirnos solidarios con el dolor, la congoja, y la preocupación de la nación norteamericana, de los cuales nos hacemos partícipes. He podido comprobar, por lo inhumano de lo sucedido, que la capacidad de pensar, de reflexionar, se ve afectada por el impacto emocional, por la fuerza de los sentimientos. Pero es ejercitando esa capacidad que decidí escribir estas líneas para dejar registrados algunos comentarios.
El terrorismo internacional es uno de los desafíos que tiene que encarar el mundo en este siglo XXI que recién ha empezado. Los otros desafíos importantes son la pandemias como el SIDA y la proliferación de armamentos. Hay otros, insidiosos, como el tráfico de drogas y los cambios climáticos. Todos estos desafíos son mundiales porque no tienen fronteras, porque ningún país puede afrontarlos aisladamente. Tienen entre sí otro común denominador; no son inevitables y por tanto no es razonable adoptar frente a ellos una actitud fatalista. Por el contrario obligan a buscar remedios, soluciones y son concientes de que está abierta la posibilidad de realizar acciones preventivas contra ellos. Lo mismo es válido para la miseria, la pobreza, y el hambre, que aunque afectan a una cuarta parte de la población de la humanidad y no pueden considerarse "problemas mundiales", exigen urgentes y eficaces medidas para mitigarlos y remediarlos.
Los pueblos demuestran su vigor, su fortaleza, cuando saben dar y cuando dan respuestas a sus problemas esenciales. Hay muchos errores que se pueden cometer en la concepción en la formulación y en la ejecución de las posibles respuestas al terrorismo internacional. Uno de ellos y no el menor, se refiere a la interpretación del carácter amenazante del terrorismo.
Si se considera que la presencia amenazante del terrorismo en el mundo es solamente bélica, entonces se deduce que la única respuesta debida es la respuesta de las armas. Si por el contrario se considera que se trata de una amenaza que tiene una fuerza irracional, o un sustrato religioso, o un fundamento ideológico, entonces se abre un abanico de respuestas posibles y debidas.
Por mi parte, creo que las posibles respuestas al terrorismo internacional no deben pasar por alto la necesidad de una adecuada meditación antropológica y por consecuencia, de una visión equilibrada y reflexiva sobre la realidad del mundo en que vivimos.
Si nos remontamos al mundo antiguo, podemos ver que muchos pueblos, incluso imperios, tuvieron que volverse sobre sí mismos, hacer introspecciones sobre sus modos de vida, sobre el sentido mismo de la vida, cuando fueron obligados a ello por los sufrimientos, por las desgracias, por las amenazas, por los desastres y por la adversidad. Hay bases sólidas para creer que el pueblo griego no se habría dedicado a la filosofía, por lo menos en la forma en que lo hicieron a partir de cierto momento de su historia, si la vida hubiera seguido siendo próspera, despreocupada, como lo señalaba Pericles en su célebre Oración Fúnebre que según relata Tucídides, pronunció el dirigente ateniense para rendir honores a los soldados caídos en el primer año de la Guerra del Peloponeso.
En la ética de los filósofos griegos, especialmente en Platón, está la convicción de que la naturaleza humana está en guerra consigo misma, de que hay en el ser humano un ser inferior del cual debe salvarse el ser superior.
La alianza que a veces parece evidente entre terrorismo y algunas causas o reivindicaciones étnicas, políticas, religiosas, ideológicas, no deja de proyectar una luz indirecta sobre la naturaleza bárbara del terrorismo, en el cual hay casi siempre una voluntad de hacer justicia vengativa por cuenta propia y una aterradora confianza en el poder creador de la muerte.
El terrorismo internacional es desde hace algunos años materia de examen periódico por parte de los organismos nacionales y regionales y por parte de la Organización de las Naciones Unidas. Esta última ha reafirmado, a través de múltiples resoluciones, que los Estados deben tomar medidas contra el terrorismo internacional de acuerdo con las disposiciones pertinentes de sus respectivas legislaciones y del derecho internacional incluyendo las normas internacionales relativas a los derechos humanos.
Tiene sus implicaciones en este problema la forma gráfica como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en su Resolución 1333 de 19 de diciembre de 2000, condenó enérgicamente el persistente uso de las zonas de Afganistán dominadas por la facción afgana conocida como los Talibanes, que se denomina a sí misma Emirato Islámico de Afganistán (en lo sucesivo "los Talibanes"), para dar refugio y entrenar a terroristas y planificar actos de terrorismo y reafirmó su convencimiento de que la supresión del terrorismo internacional es imprescindible para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacional.
En la misma resolución el Consejo de Seguridad señaló que los Talibanes promueven el cultivo ilícito del opio, imponen un gravamen sobre su producción y obtienen recursos sustanciales de estas actividades ilícitas que aumentan la capacidad de los Talibanes de dar acogida a los terroristas.
El Consejo en su Resolución 1333 adoptada en virtud del Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas que contempla el uso de la acción armada en caso de amenazas a la paz, quebrantamientos de la paz o actos de agresión, exigió que los Talibanes dejen de dar refugio y de entrenar a terroristas internacionales y a sus organizaciones. Le exigió también a Afganistán la entrega sin demora a Estados Unidos de Osama bin Laden y sus asociados enjuiciados, entre otras cosas, por la colocación de bombas en las embajadas de ese país en Nairobi y Dar es Salam el 7 de agosto de 1998 y por conspirar contra la vida de ciudadanos norteamericanos fuera de los Estados Unidos.
Como lo señalan los comentaristas norteamericanos el problema es complejo porque las acciones que necesariamente habrá de tomar los Estados Unidos respecto a la organización de bin Laden tendrá que ver con los intereses de las naciones fronterizas que incluyen a Pakistán, India, Rusia, China, Irán y Arabia Saudita. Hay que recordar que el Talibán siendo como es un movimiento fundamentalista ha sido consistentemente apoyado por Pakistán y Arabia Saudita, dos cercanos aliados de los Estados Unidos.
En nuestros análisis y preocupaciones acerca de la tragedia ocurrida el 11 de septiembre de 2001, los panameños(as) no debemos pasar por alto la necesidad de reflexionar acerca de los factores involucrados en la amenaza del terrorismo. Es preciso estar vigilantes porque el mal parece estar en el corazón de nuestra época en la que se dan dos elementos que forman la mecha detonadora de explosiones devastadoras: la desorientación o el nihilismo espiritual y el poder tecnológico.
Todos estamos preocupados y esperamos las iniciativas y acciones concertadas de los estadistas de América Latina y el Caribe, para que nuestra región contribuya positivamente a la solución de los problemas planteados por los ataques terroristas del 11 de septiembre, y que pudieran agravarse si un vacío espiritual fuera en aumento de tal forma que sólo pudiera ser llenado por el efecto arrasante de las armas.