El agua y la vida
Desde la escuela primaria nos enseñaron que las grandes civilizaciones se habían construido alrededor de los ríos. Que los ríos eran sagrados en la vida de grandes pueblos como Egipto, la India y Mesopotamia. ( “ Región entre ríos”). Se decía que Egipto era un don del Nilo, lo mismo decían del Ganges en la India y del Tigris y Éufrates en la Mesopotamia.
Al mencionar cada gran ciudad de Europa, se mencionaba el nombre del río que la bañaba. Cómo hablar de París sin mencionar al Sena ni a Londres sin el Támesis. Y así, el Rin, el Volga y el Danubio pasaban – y siguen pasando- por las grandes ciudades europeas. ¡ Y a nadie se le ocurriría destruirlos para buscar beneficios económicos!
Cuando los conquistadores europeos llegaron a América siguieron la misma tradición. Las grandes capitales americanas se desarrollaron alrededor de los ríos: El Misisipí, el Amazonas, el Río de la Plata, el Magdalena…
Nuestro país también fue bendecido con grandes ríos y dos mares.
Siempre he creído en el ritmo eterno del progreso. La Naturaleza (por más estupideces que hagamos los hombres), con su gran poder regenerador vuelve por sus fueros y salva lo que el hombre ha destruido. En l989, el petrolero Exxon Valdez derramó millones de galones de petróleo, y destruyó la fauna marina a lo largo de dos mil kilómetros de costa; pero la Naturaleza, lenta pero segura, restableció la vida en todas esas zonas muertas. Y ya eso es historia…
Ahora, Estados Unidos sufrió otro gran derrame de petróleo; y el hombre no ha podido reparar todavía ese daño enorme. Pero, pasados algunos años, también la Naturaleza restablecerá el orden perturbado; y ese derrame también pasará a la historia…
En esas reflexiones estaba esta mañana. ¿ Y qué va a pasar en Chiriquí cuando la codicia y la estupidez destruyan la mayoría de nuestros ríos? Tal vez yo no lo veré, pero algo hará la Naturaleza para restablecer lo que el hombre destruyó. Confiemos en el ritmo eterno del progreso.
El gran escritor y periodista chiricano Dimas L. Pitty nos ha enviado para su publicación la siguiente glosa: “ No hay excusa para el crimen. Decir que las hidroeléctricas y la minería a cielo abierto representan ventajas y bondades del progreso, y que el impacto negativo causado por esas actividades se puede mitigar, de modo que los daños sean menores que los beneficios, es un sofisma. En el caso de Chiriquí, nuestra provincia, dicha falacia equivale a justificar la aberración de que alguien – por codicia, estupidez y maldad- envenene a su propia madre y luego, en fingida y vana expresión de piedad y amor filiales, le administre pócimas y paliativos para que el sufrimiento disminuya y no se muera de una vez, sino dentro de un año. Los chiricanos no deben olvidar que jamás, la codicia, la estupidez y la maldad pueden ser excusa para el crimen. Mucho menos para uno semejante”.