El alma nacional
Duele decirlo, pero al parecer los panameños tenemos muy pocas cosas de las cuales sentirnos orgullosos a lo largo del último siglo. Buscando refrescar el pensamiento empecé a leer, quizás por tercera o cuarta vez, El alma matinal del amauta peruano José Carlos Mariátegui. Creo que 40 años de lucha, desde los primeros escarceos en 1962 en las filas de la Unión de Estudiantes Secundarios, aunque no han minado nuestra confianza en el futuro, me han obligado a intentar comprender cómo es el carácter del panameño, cómo somos y qué nos distingue del resto de los latinoamericanos. Sé que esa fue la preocupación de esa joven generación de filósofos, entre los que se destacaron Ricaurte Soler, Isaías García y Moisés Chong Marín. Se preguntaron por lo panameño, qué nos definía, entonces y ahora, dándonos nuestro carácter humano. El tema no es de poca monta y debiera entenderse como las condiciones subjetivas de nuestra concreta democracia.
¿Cómo somos los panameños? ¿Qué nos ha hecho ser de esta manera y no de otra? Los panameños somos un pueblo de "opinadores fáciles". Sobre todos, los temas y circunstancias de lo humano y lo sagrado, por decirlo de alguna manera. Ello que podría pasar por un ejercicio democrático, no lo es tanto. Si la opinión se vertiera en pequeños círculos privados, la cosa sería menos grave. Pero cobra una dimensión extraordinaria cuando las opiniones se vierten a través de un medio de comunicación social de masas o lo realiza una personalidad pública.
Los panameños somos poco proclives a fundamentar nuestras opiniones o a utilizar, como último recurso, a Dios o a cualesquiera otra superchería. Pensamiento simple sin muchas pretensiones. Cuando mucho, lo que fundamenta son opiniones previas que se obtienen sobre la base del rumor. Son pocos los comunicadores sociales que fundamentan su opinión. Por lo demás, nunca como ahora han proliferado tantos programas religiosos, tantos rezadores de biblias sueltos por estas calles de Dios, tantos adivinadores y tantas carpas como en el Panamá de hoy. Ello, unido a la proliferación de santeros y sectas, ha atrapado a los panameños en una selva de irracionalidad, sin que el poder corra algún riesgo.
En paralelo, los panameños son proclives a la apuesta y a los juegos de azar y tanto debió serlo, que la Constitución de 1904 los sujetó a la ley y la de 1946 los constituyó monopolio del Estado. En el fondo se trata del recurso a la riqueza fácil.
Lo que llevamos dicho vale para los panameños de las ciudades de Panamá y Colón, no para los del resto del país. Entre el panameño de las ciudades abiertas terminales del canal y el resto del país existen tantas diferencias como las que relató Ortega y Gasset entre un castellano y un andaluz. Panamá la alegre frente a la Panamá laboriosa; Panamá la frívola frente a la Panamá que se respeta por sus valores más profundos.
El centenario de la República lo vamos a celebrar con un concurso de belleza mundial. A inicios del siglo XX, el país nació como colonia, con sus presidentes de operetas. A comienzos del presente se quiere imponer el idioma ingles como idioma oficial de Panamá, con el cuento de la globalización y el empleo. Sobre esto último les recomendaría la lectura de Los Trasplantados, de Alberto Blest Gana o del siempre refrescante prólogo de Jean Paul Sartre a Los Condenados de la tierra, de Franz Fanon. Algo les quedará.
(simgonp@sinfo.net)
¿Cómo somos los panameños? ¿Qué nos ha hecho ser de esta manera y no de otra? Los panameños somos un pueblo de "opinadores fáciles". Sobre todos, los temas y circunstancias de lo humano y lo sagrado, por decirlo de alguna manera. Ello que podría pasar por un ejercicio democrático, no lo es tanto. Si la opinión se vertiera en pequeños círculos privados, la cosa sería menos grave. Pero cobra una dimensión extraordinaria cuando las opiniones se vierten a través de un medio de comunicación social de masas o lo realiza una personalidad pública.
Los panameños somos poco proclives a fundamentar nuestras opiniones o a utilizar, como último recurso, a Dios o a cualesquiera otra superchería. Pensamiento simple sin muchas pretensiones. Cuando mucho, lo que fundamenta son opiniones previas que se obtienen sobre la base del rumor. Son pocos los comunicadores sociales que fundamentan su opinión. Por lo demás, nunca como ahora han proliferado tantos programas religiosos, tantos rezadores de biblias sueltos por estas calles de Dios, tantos adivinadores y tantas carpas como en el Panamá de hoy. Ello, unido a la proliferación de santeros y sectas, ha atrapado a los panameños en una selva de irracionalidad, sin que el poder corra algún riesgo.
En paralelo, los panameños son proclives a la apuesta y a los juegos de azar y tanto debió serlo, que la Constitución de 1904 los sujetó a la ley y la de 1946 los constituyó monopolio del Estado. En el fondo se trata del recurso a la riqueza fácil.
Lo que llevamos dicho vale para los panameños de las ciudades de Panamá y Colón, no para los del resto del país. Entre el panameño de las ciudades abiertas terminales del canal y el resto del país existen tantas diferencias como las que relató Ortega y Gasset entre un castellano y un andaluz. Panamá la alegre frente a la Panamá laboriosa; Panamá la frívola frente a la Panamá que se respeta por sus valores más profundos.
El centenario de la República lo vamos a celebrar con un concurso de belleza mundial. A inicios del siglo XX, el país nació como colonia, con sus presidentes de operetas. A comienzos del presente se quiere imponer el idioma ingles como idioma oficial de Panamá, con el cuento de la globalización y el empleo. Sobre esto último les recomendaría la lectura de Los Trasplantados, de Alberto Blest Gana o del siempre refrescante prólogo de Jean Paul Sartre a Los Condenados de la tierra, de Franz Fanon. Algo les quedará.
(simgonp@sinfo.net)