El amor desordenado a los bienes materiales (II)
“Tus riquezas tendrás que dejarlas aquí, lo quieras o no; por el contrario, la gloria que habrás adquirido con tus buenas obras la llevarás hasta el Señor, cuando, rodeado de los elegidos, ante el juez universal, todos proclamarán tu generosidad […] Recibirás la aprobación del mismo Dios, los ángeles te alabarán, todos los hombres que existen desde el origen del mundo te proclamarán bienaventurado; en recompensa por haber administrado rectamente unos bienes corruptibles, recibirás la gloria eterna, la corona de justicia, el reino de los Cielos. […] Vamos, pues, reparte tus riquezas según convenga, sé liberal y espléndido en dar a los pobres”.
“Los desvelos del rico acaban con su salud, la preocupación por las riquezas aleja el sueño… lo perturban más que grave enfermedad. El que codicia el oro no quedará sin castigo, el que ama el dinero se extraviará por él… dichoso el hombre que se conserva íntegro y no se pervierte por la riqueza”. Eclo 31, 1ss. Desde la perspectiva del Nuevo Testamento: “Es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de los Cielos”, Mt 10,25, el rico es la persona que se apega a sus posesiones, sean de millones o de un simple pedazo de tierra, poniéndolas en el lugar de Dios y no compartiendo con nadie. En la parábola del rico Epulón se condenó para siempre en los infiernos, no tanto por poseer, sino por no compartir con los lázaros del mundo. “Aprendan (de Zaqueo) los ricos que no consiste el mal en tener posesiones, sino en no saber usar de ellas; porque así como las riquezas son un impedimento para los malos, son también ocasión de virtud para los buenos”, dijo San Ambrosio.
En el Mensaje de Jesús el verbo “acumular” debe cambiarse por el de “compartir”. En 1 Cor 6,10 dice la Palabra: “ni los ladrones ni avaros ni borrachos ni calumniadores ni los explotadores del prójimo heredarán el Reino de Dios”. El pecado de la avaricia nos convierte en esclavos de eso que ha sido creado para servirnos. Qué triste ver personas arrodilladas y rindiendo culto al dinero. Qué ese no sea el caso nuestro y recuerde que con Dios podemos vencer cualquier idolatría, porque con Él somos invencibles.