El árbol más retorcido
Arrecia la campaña sucia y, con ella, salen a flote interesantes revelaciones. No porque este género de campaña informe verdades, sino porque revela la naturaleza íntima de quienes se valen de ella. Cuando ciertos individuos la adoptan, ponen a la vista qué clase de gobierno ellos harían -igualmente sucio- en el supuesto de que pudieran ganar los comicios. Porque árbol que nace torcido...
En contraste, una enorme porción del país ve con gusto la aparición de otro modo de promover simpatías políticas, el de analizar los problemas y explicar un programa orientado a cambiar la situación. En la presente campaña electoral se observan ambos extremos: de un lado una alianza basada en una concertación programática, que propone un plan de gobierno consultado con centenares de personalidades y expertos. Este es único método -el de la consulta pluralista- que puede ofrecernos a todos una oportunidad diferente, la de participar en la construcción de una patria diferente y nueva.
Del otro lado, la campaña de quienes centran todo su empeño en "derrotar al PRD", sin ofrecer una estrategia de desarrollo nacional, como ese partido lo está haciendo junto con el PP y un conglomerado de personalidades independientes. En lugar de un nuevo plan de desarrollo, sus contrincantes apenas prometen algunas medidas parciales y, sobre todo, profieren abusos contra la memoria histórica de nuestro pueblo y su capacidad de discernir las opciones y oportunidades de hoy.
Se repiten falacias y calumnias que, más allá de tergiversar episodios de nuestra historia, asemejan las revelaciones del afligido que yace en el diván del psicoanalista. Salen por su boca bárbaros demonios que, lejos de descifrar las alternativas del mundo donde todos convivimos, exhiben los horrores íntimos que el paciente elucubra y proyecta en el hervor de su enfermedad. El cuadro es típico: el desesperado se obceca en distorsionar el pasado, y enseguida recurre y apela a sus propias distorsiones, pero no para comprender lo que en el pasado ocurrió, sino para denigrar un presente sobre el cual ha perdido todo control.
En verdad, esto no es lo que hoy interesa a un país honestamente deseoso de cambiar su vida y cultivar nuevas oportunidades, en vez de seguir dándole vueltas a la misma noria. De hecho, la presente disyuntiva electoral se realiza sobre el parteaguas de dos siglos y de dos culturas políticas. Entre seguir recayendo en las prácticas electoreras que no ofrecen distintos proyectos de país, sino la disputa de viejos clanes por el botín burocrático o, en vez de eso, iniciar otra época donde lo que importe sea discernir los nuevos cursos de acción que la nación deberá elegir para darse un mejor futuro.
Esta campaña se dirime entre repetir el pasado o fundar el futuro. Sin embargo, para fundar cualquier cosa relevante se requiere sustentar un proyecto coherente e integral, y persuadir al país de que sí es factible cumplirlo con la solidaridad de sus propios talentos. En cambio, quien carece de proyecto o disimula el propósito de reciclar un pasado injusto y miserable donde sus intereses tengan mejor acomodo, prefiere colocar la discusión en otro terreno, que generalmente es el de la falacia.
Una de las modalidades más pedestres del sofisma o engaño llamado falacia es, precisamente, la de denigrar al proponente para intentar descalificarlo, en vez de rebatir su propuestas. Cuando el falaz carece de proyecto u oculta un proyecto inconfesable, su recurso es el de desacreditar a quienes proponen una nueva alternativa endilgándoles cualquier presunta culpabilidad o defecto -exageraciones o calumnias-, porque el falaz es impotente para rebatirla.
A confesión de parte, relevo de pruebas. Así es como ahora podemos ver al pasado resoplar por la herida, sacándose del cuerpo y exhibiendo los bárbaros demonios reveladores de su propia intimidad. Es la agonía de su desesperado esfuerzo por esconder con desvíos o exabruptos las propuestas que no fue capaz de rebatir, y por denigrar la realidad que ya se le fue de las manos.
En contraste, una enorme porción del país ve con gusto la aparición de otro modo de promover simpatías políticas, el de analizar los problemas y explicar un programa orientado a cambiar la situación. En la presente campaña electoral se observan ambos extremos: de un lado una alianza basada en una concertación programática, que propone un plan de gobierno consultado con centenares de personalidades y expertos. Este es único método -el de la consulta pluralista- que puede ofrecernos a todos una oportunidad diferente, la de participar en la construcción de una patria diferente y nueva.
Del otro lado, la campaña de quienes centran todo su empeño en "derrotar al PRD", sin ofrecer una estrategia de desarrollo nacional, como ese partido lo está haciendo junto con el PP y un conglomerado de personalidades independientes. En lugar de un nuevo plan de desarrollo, sus contrincantes apenas prometen algunas medidas parciales y, sobre todo, profieren abusos contra la memoria histórica de nuestro pueblo y su capacidad de discernir las opciones y oportunidades de hoy.
Se repiten falacias y calumnias que, más allá de tergiversar episodios de nuestra historia, asemejan las revelaciones del afligido que yace en el diván del psicoanalista. Salen por su boca bárbaros demonios que, lejos de descifrar las alternativas del mundo donde todos convivimos, exhiben los horrores íntimos que el paciente elucubra y proyecta en el hervor de su enfermedad. El cuadro es típico: el desesperado se obceca en distorsionar el pasado, y enseguida recurre y apela a sus propias distorsiones, pero no para comprender lo que en el pasado ocurrió, sino para denigrar un presente sobre el cual ha perdido todo control.
En verdad, esto no es lo que hoy interesa a un país honestamente deseoso de cambiar su vida y cultivar nuevas oportunidades, en vez de seguir dándole vueltas a la misma noria. De hecho, la presente disyuntiva electoral se realiza sobre el parteaguas de dos siglos y de dos culturas políticas. Entre seguir recayendo en las prácticas electoreras que no ofrecen distintos proyectos de país, sino la disputa de viejos clanes por el botín burocrático o, en vez de eso, iniciar otra época donde lo que importe sea discernir los nuevos cursos de acción que la nación deberá elegir para darse un mejor futuro.
Esta campaña se dirime entre repetir el pasado o fundar el futuro. Sin embargo, para fundar cualquier cosa relevante se requiere sustentar un proyecto coherente e integral, y persuadir al país de que sí es factible cumplirlo con la solidaridad de sus propios talentos. En cambio, quien carece de proyecto o disimula el propósito de reciclar un pasado injusto y miserable donde sus intereses tengan mejor acomodo, prefiere colocar la discusión en otro terreno, que generalmente es el de la falacia.
Una de las modalidades más pedestres del sofisma o engaño llamado falacia es, precisamente, la de denigrar al proponente para intentar descalificarlo, en vez de rebatir su propuestas. Cuando el falaz carece de proyecto u oculta un proyecto inconfesable, su recurso es el de desacreditar a quienes proponen una nueva alternativa endilgándoles cualquier presunta culpabilidad o defecto -exageraciones o calumnias-, porque el falaz es impotente para rebatirla.
A confesión de parte, relevo de pruebas. Así es como ahora podemos ver al pasado resoplar por la herida, sacándose del cuerpo y exhibiendo los bárbaros demonios reveladores de su propia intimidad. Es la agonía de su desesperado esfuerzo por esconder con desvíos o exabruptos las propuestas que no fue capaz de rebatir, y por denigrar la realidad que ya se le fue de las manos.