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El arte de vivir de la República


La ciencia política actual debe mucho a las mentalidades italianas pasadas y presentes. Este es el caso de Maquiavelo, teórico del Poder y el Estado, altamente calumniado pero, generalmente, bien usado para desembarazarse de responsabilidades morales en los actos y acciones políticas.
De igual forma Paretto, con su concepto élite, sabiamente trabajado, y en las pasadas décadas usado por Wright Mills con el fin de destacar las distintas instancias del poder en los Estados Unidos, resulta hoy vulgarizado, extendiéndose a otras áreas no políticas.
Tenemos también el caso de Gramsci, representante en Occidente del marxismo no ortodoxo, quien fomenta el uso del concepto intelectuales orgánicos, para nominar a los dirigentes de partidos o de cualquier otra instancia política.
En la actualidad, la vulgarización del concepto clase política, lo hace de uso común y en algunas ocasiones sin sentido y con poses snobistas; sin embargo, dudo que sepan cómo se originó y, menos aún, sepan quién fue su propulsor en el siglo XX.
Nos referimos a Gaetano Mosca, para quien la ciencia política debiera ser tan precisa como las ciencias naturales, rasgo propio de la romantización del positivismo, metodología científica del siglo XIX que señalaba que la aplicación del método científico garantizaba tal actividad como ciencia. Así, pues, con el positivismo como método y con una proyección cientificista, Gaetano Mosca asume que la clase política es el grupo dirigente, influyente y científicamente preparado que ha propiciado la civilización y progreso de los pueblos. Es decir, son los más capaces a nivel político en las pasadas épocas y, por supuesto, lo debieran ser en el presente. Hoy no es extraño oír a nuestros políticos denominarse clase política y del orgullo que sienten de pertenecer a ella, aún cuando no cumplan las expectativas del teórico que la creó: se olvidan, si es que han leído lo dicho por Max Weber en el Político y el científico: el político no solamente debe vivir de la política, sino por la política, exigiéndose responsabilidad moral por su actuación.
El actual practicante político es un profesional que regatea sus beneficios económicos y estatus como en cualquier otra profesión liberal. Su papel en esta sociedad parece ser, no la del soporte político y social que practica y vive la política para servir, sino la del espantapájaro, cuya finalidad es fomentar una polémica a nunca acabar, como una forma de asustar en algunos casos o engañar y persuadir en otras situaciones, con el fin de hacer ver a la sociedad civil que existe la tolerancia y libertad. Esto lo hace acompañado de los medios de comunicación, para quienes las tragedias deben ser espectáculos y los políticos sus maestros de ceremonia; por ejemplo, observemos el caso de los medicamentos y la forma como un problema de esta naturaleza, así como en otras situaciones sociales, lo que menos interesa son los débiles de nuestro espectro social.
Es así como en algunos casos, llamar sofistas a muchos de nuestros políticos es ofender a los ilustres griegos; no obstante son seudosofistas, traficantes de la miseria humana, la cual salvo honrosas excepciones de políticos comprometidos, la mayoría negocia con la miseria, y se alimenta de ella; el sistema los conoce, los ceba, ya que en aras de la llamada democracia formalista actual, éstos son males necesarios, lo que hace, pues, del sistema político actual poco creíble y la democracia paradigma de la acción de gobernar por excelencia percibida de distinta forma por lo que a la larga se dan cuenta, que una cosa es el discurso de la llamada clase política y otras son sus acciones.
La llamada clase política, debe entender que aún en las democracias formales como las nuestras, hay formas de pedirles cuentas, y aunque ellos mismos crean las leyes para tal acción, los pueblos algunas veces se cansan y actúan sumariamente, esto no debe olvidarlo la llamada clase política de Panamá, llámese Arnulfista, PRD, u otros colectivos.

101 años de Panamá América

 
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