El Artes y las reyertas estudiantiles
Nadie parece haberles explicado que salvo el uniforme negro luto de unos o de distinto color de otros, no hay ninguna diferencia entre ellos y, en cambio, sus padres, acudientes y ellos mismos comparten las mismas privaciones, pobreza, incertidumbre y desesperanza.
El Artes y Oficios es el peor de todos. Lleva a rastras una larga y vergonzosa foja de antecedentes. Desde tiempos inmemoriales, algunos de sus pandilleros se las arreglaban para desplazarse a pie hasta el otro extremo de la ciudad, para agredir a sus colegas del Richard Newman y la Profesional.
Cuando las autoridades intervienen para acabar con las agresiones o prevenirlas, los artesanos se las arreglan para aguardar pacientemente en las paradas de buses a que estudiantes de otros centros salgan, para agredirlos en grupo. En otras ocasiones, atacan a sus víctimas dentro de los buses; y cuando no, emboscan y atacan a pedradas a vehículos colegiales de quienes consideran sus enemigos.
Desde inicios de año, se las han arreglado para agredir a los estudiantes del Fe y Alegría. La situación llegó a tal extremo que, en la última ocasión, vecinos de la última escuela, se sumaron a la defensa de los suyos, expulsaron a los artesanos a pedradas, en lo que constituyó una escalada de violencia sin precedentes. Afortunadamente, las autoridades lograron controlar la situación y así lo han continuado haciendo hasta ahora.
No obstante, nada impidió que participaran en cuanto tranques de calle y subsecuentes enfrentamientos con la policía que promueven los grupejos universitarios vecinos, aunque ni unos ni otros tengan idea de las causas que defienden o por las que protestan. Los automovilistas particulares suelen siempre pagar los platos rotos, con su persona y vehículos lesionados o destrozados a palos y pedradas.
El viernes pasado, volvieron a sus andadas, agrediendo a los estudiantes del colegio Tomás Gabriel Duque. Ante la imposibilidad de salirse totalmente con la suya ante sus circunstanciales adversarios, decidieron otra vez trancar la Vía Bolívar, con la consiguiente secuela de 22 detenidos y dos policías heridos.
La ciudadanía está harta de esta situación que exige medidas extremas. Si es preciso, hay que expulsar a los responsables y enviarlos a centros de educación nocturnos, previa reparación de los daños a terceros. Y en el mejor de los casos, hay que clausurar el centro y trasladarlo a las afueras, lejos del centro de la ciudad, donde no moleste a nadie. Mucho más se pierde manteniéndolo en su actual ubicación que mudándolo. Además, el área que ocupa está subutilizada, considerando su valor comercial, debiendo imponerse la misma fórmula lógica del San Agustín, Las Esclavas y la Profesional, de trasladarlo a otro sitio.
Seguramente, si mudaran el Artes y Oficios, vendiendo el terreno que ocupa a su valor comercial, sobraría dinero suficiente para construir tres o cuatro escuelas nuevas, más modernas y mejores.
El Artes y Oficios es el peor de todos. Lleva a rastras una larga y vergonzosa foja de antecedentes. Desde tiempos inmemoriales, algunos de sus pandilleros se las arreglaban para desplazarse a pie hasta el otro extremo de la ciudad, para agredir a sus colegas del Richard Newman y la Profesional.
Cuando las autoridades intervienen para acabar con las agresiones o prevenirlas, los artesanos se las arreglan para aguardar pacientemente en las paradas de buses a que estudiantes de otros centros salgan, para agredirlos en grupo. En otras ocasiones, atacan a sus víctimas dentro de los buses; y cuando no, emboscan y atacan a pedradas a vehículos colegiales de quienes consideran sus enemigos.
Desde inicios de año, se las han arreglado para agredir a los estudiantes del Fe y Alegría. La situación llegó a tal extremo que, en la última ocasión, vecinos de la última escuela, se sumaron a la defensa de los suyos, expulsaron a los artesanos a pedradas, en lo que constituyó una escalada de violencia sin precedentes. Afortunadamente, las autoridades lograron controlar la situación y así lo han continuado haciendo hasta ahora.
No obstante, nada impidió que participaran en cuanto tranques de calle y subsecuentes enfrentamientos con la policía que promueven los grupejos universitarios vecinos, aunque ni unos ni otros tengan idea de las causas que defienden o por las que protestan. Los automovilistas particulares suelen siempre pagar los platos rotos, con su persona y vehículos lesionados o destrozados a palos y pedradas.
El viernes pasado, volvieron a sus andadas, agrediendo a los estudiantes del colegio Tomás Gabriel Duque. Ante la imposibilidad de salirse totalmente con la suya ante sus circunstanciales adversarios, decidieron otra vez trancar la Vía Bolívar, con la consiguiente secuela de 22 detenidos y dos policías heridos.
La ciudadanía está harta de esta situación que exige medidas extremas. Si es preciso, hay que expulsar a los responsables y enviarlos a centros de educación nocturnos, previa reparación de los daños a terceros. Y en el mejor de los casos, hay que clausurar el centro y trasladarlo a las afueras, lejos del centro de la ciudad, donde no moleste a nadie. Mucho más se pierde manteniéndolo en su actual ubicación que mudándolo. Además, el área que ocupa está subutilizada, considerando su valor comercial, debiendo imponerse la misma fórmula lógica del San Agustín, Las Esclavas y la Profesional, de trasladarlo a otro sitio.
Seguramente, si mudaran el Artes y Oficios, vendiendo el terreno que ocupa a su valor comercial, sobraría dinero suficiente para construir tres o cuatro escuelas nuevas, más modernas y mejores.