El aumento del costo de la vida
No es un secreto, ni siquiera para los escépticos, incluyéndonos. El costo de la vida ha estado aumentando a un ritmo que desconocíamos en décadas de insignificante incremento anual, cercano a cero.
Es posible que estemos padeciendo las consecuencias de la bonanza económica y de la masiva inversión y afluencia de extranjeros a nuestro país. Lo vimos en Costa Rica, con el que podemos compararnos, porque allá tuvieron un fenómeno similar, guardando proporciones. A los ticos se les disparó el costo de restaurantes, cines, taxis, discotecas, ropa y comida, entre otros. Quizás eso influyó en que el sí al tratado de libre comercio con Estados Unidos ganara tan estrechamente. El ciudadano común está aterrado porque sus ingresos no suben como los precios. Y lo relacionaron con la apertura de mercados, globalización, libre comercio, etc., aunque sea lo contrario.
Algunas voces se han levantado sugiriendo controles de precios. Ello sería un craso error, a más de contrariar los compromisos del país con la Organización Mundial de Comercio, uno de cuyos efectos fue el reemplazo de la antigua Oficina de Regulación de Precios por la actual Autoridad de Protección del Consumidor y la Libre Competencia. Se supone que el mercado, "la mano invisible" de Adam Smith, es el mejor regulador. Y normalmente lo es, en condiciones de competencia perfecta y mercados realmente libres.
Por lo tanto, antes de ceder a la tentación de aplicar controles, debemos tener presente que ello siempre conduce a la escasez, a una peor calidad y, a la larga, a precios más altos. Porque por imperfecto que se le juzgue, nada es mejor que el mercado y el fin de lucro, por más que se les satanice. Ambos, lucro y mercado, tomados de la mano, son más eficaces y eficientes para la producción de bienes y servicios que cualquier gobierno.
En su lugar, sugerimos que el gobierno desempeñe mejor su papel de árbitro entre los actores económicos, en procura de una competencia perfecta y un mercado libre, que desate los privilegios y el juega vivo de unos pocos. Sólo cuando el sector privado no llene las necesidades de una demanda en un área estratégica o en condiciones de irremediable competencia imperfecta, como es el caso del suministro de energía, sería admisible su intervención y participación como actor.