El automóvil, las ciudades y el transporte público
El automóvil, ese maravilloso invento que transformó aquel bisoño mundo de los albores del turbulento siglo 20, nos ha legado muchos beneficios que aún seguimos disfrutando. En nuestro pequeño país, el automóvil desplazó de las calles a los coches con sus caballos, estiércoles y moscas; integró nuevas áreas aledañas a la vida citadina, e impulsó la construcción de carreteras que pusieron nuestra empobrecida campiña al alcance de los centros urbanos.
Muchas naciones y en especial Estados Unidos volcaron sobre el automóvil y sus subproductos -el camión y el autobús- toda suerte de beneficios y subsidios al punto de que en poco tiempo estos medios destronaron al hasta entonces, todo poderoso ferrocarril, a pesar que las carreteras son más costosas que las vías ferroviarias. Se ha calculado que si en Estados Unidos se le cobrara al automóvil en impuesto de combustible el enorme costo de la infraestructura que lo sustenta, el costo de la gasolina sería cuatro veces mayor, precio que correspondería al costo aproximado de este producto en Europa.
Con el abaratamiento del costo de producción que hicieron posible el ingenio de Henry Ford y las nuevas tecnologías, el automóvil se ha propagado por el mundo en forma vertiginosa, lo cual a su vez ha pasado a convertirse en uno de los problemas urbanos más difíciles de solucionar. No hay ciudad moderna en el mundo que no sufra el congestionamiento vehicular y de la contaminación ambiental producida por las emisiones de los motores que impulsan el automóvil. Este último problema tendrá solución cuando dejen de usarse combustibles derivados del petróleo.
Como consecuencia de lo anterior, el automóvil ya no es bien recibido en las principales ciudades del planeta. En los grandes centros urbanos de Europa y Asia, el acceso del automóvil a dichos centros ha sido severamente restringido. Las áreas históricas y las de mayor actividad comercial se han ido convirtiendo en semipeatonales y sólo se puede circular en ellas usando sistemas de transporte público que, en muchos casos, se brindan gratuitamente.
En los Estados Unidos se ha podido constatar, sin dudas, que aumentar el número de calles y ampliar las mismas, no resuelve el problema. Esta ha sido la triste experiencia de la ciudad de Los Angeles que ha tratado en toda forma de convivir con el automóvil pero éste, cual animal insaciable, mientras más se le da, más reclama y mientras más se le complace, más aumenta la circulación; a este fenómeno los expertos le llaman "tráfico inducido". Desde hace muchos años la ciudad de Nueva York se percató de dicho fenómeno y decidió no extenderle la bienvenida al automóvil. Podemos imaginarnos lo que habría ocurrido si a los grandes rascacielos se les hubieran aplicado las tradicionales normas que relacionan el número de estacionamientos requeridos con el número de oficinas y locales comerciales. Los costos de estos magníficos edificios alcanzando niveles prohibitivos y la isla de Manhattan se habría convertido en una gigantesca playa de estacionamientos.
En el mundo se han adelantado todo género de ideas para aliviar la congestión vehicular, ideas que no podemos analizar en este breve artículo, pero que no pasan de ser simples paliativos, como por ejemplo y a nivel local, la idea de prohibir estacionar en las calles y al mismo tiempo, estimular la construcción de estacionamientos. El tren ligero que se ha mencionado recientemente, por su gran costo, deberá ser objeto de un cuidadoso estudio, pero este tren por las limitaciones que los rieles le imponen a los sistemas ferroviarios, tampoco podrá ser la solución y no será más que un complemento y una ayuda al sistema de transporte público que estamos necesitando.
La única solución al congestionamiento y no hay otra, es un sistema de transporte público eficiente y confiable. Precisamente porque carecemos de este sistema, muchas personas de ingresos muy limitados se ven en la necesidad de adquirir un automóvil aunque sea de segunda y tercera mano para poder llegar a tiempo a sus trabajos, con lo cual se agrava el congestionamiento. Desafortunadamente, en Panamá no podemos siquiera pensar en dicho sistema de transporte, mientras se siga permitiendo en el transporte público-urbano, el uso de buses escolares (diablos rojos) diseminados para transportar niños y por esta razón, provistos de una sola puerta de entrada y salida.
El bus de transporte público usado en el mundo civilizado está provisto de dos puertas: una delantera por donde se entra y se paga, y otra posterior para desembarcar expeditamente y sin demoras. Resultan imperdonables las demoras, empellones, y otros agravios a los que tienen que someterse los usuarios de estos inadecuados buses, al competir desordenadamente por la única puerta disponible para entrar y salir. Con el conflicto que ha generado el alza del pasaje, al gobierno se le ha presentado una singular oportunidad que bien aprovechada, podría darle el prestigio y la credibilidad que tanto necesita y que hasta ahora no ha podido alcanzar. Desde que los militares, reconociendo su importancia, decidieron politizarlo, el transporte público ha estado sumido en un marasmo y quien de allí logre rescatarlo, recibirá un merecido reconocimiento. Este asunto es demasiado serio para que gobierno tras gobiernos lo sigan soslayando.
Los dineros que el Banco Nacional ha destinado para resolver el conflicto del pasaje deberán usarse juiciosamente y bajo ninguna circunstancia debe permitirse que estos fondos se usen para emparchar y perpetuar la flota de los viejos buses escolares que tantos problemas nos han causado. Estos deben ser erradicados. ¿Debemos aceptar que Panamá no puede tener un sistema de transporte público adecuado cuando otros países de la región lo tienen?.
Muchas naciones y en especial Estados Unidos volcaron sobre el automóvil y sus subproductos -el camión y el autobús- toda suerte de beneficios y subsidios al punto de que en poco tiempo estos medios destronaron al hasta entonces, todo poderoso ferrocarril, a pesar que las carreteras son más costosas que las vías ferroviarias. Se ha calculado que si en Estados Unidos se le cobrara al automóvil en impuesto de combustible el enorme costo de la infraestructura que lo sustenta, el costo de la gasolina sería cuatro veces mayor, precio que correspondería al costo aproximado de este producto en Europa.
Con el abaratamiento del costo de producción que hicieron posible el ingenio de Henry Ford y las nuevas tecnologías, el automóvil se ha propagado por el mundo en forma vertiginosa, lo cual a su vez ha pasado a convertirse en uno de los problemas urbanos más difíciles de solucionar. No hay ciudad moderna en el mundo que no sufra el congestionamiento vehicular y de la contaminación ambiental producida por las emisiones de los motores que impulsan el automóvil. Este último problema tendrá solución cuando dejen de usarse combustibles derivados del petróleo.
Como consecuencia de lo anterior, el automóvil ya no es bien recibido en las principales ciudades del planeta. En los grandes centros urbanos de Europa y Asia, el acceso del automóvil a dichos centros ha sido severamente restringido. Las áreas históricas y las de mayor actividad comercial se han ido convirtiendo en semipeatonales y sólo se puede circular en ellas usando sistemas de transporte público que, en muchos casos, se brindan gratuitamente.
En los Estados Unidos se ha podido constatar, sin dudas, que aumentar el número de calles y ampliar las mismas, no resuelve el problema. Esta ha sido la triste experiencia de la ciudad de Los Angeles que ha tratado en toda forma de convivir con el automóvil pero éste, cual animal insaciable, mientras más se le da, más reclama y mientras más se le complace, más aumenta la circulación; a este fenómeno los expertos le llaman "tráfico inducido". Desde hace muchos años la ciudad de Nueva York se percató de dicho fenómeno y decidió no extenderle la bienvenida al automóvil. Podemos imaginarnos lo que habría ocurrido si a los grandes rascacielos se les hubieran aplicado las tradicionales normas que relacionan el número de estacionamientos requeridos con el número de oficinas y locales comerciales. Los costos de estos magníficos edificios alcanzando niveles prohibitivos y la isla de Manhattan se habría convertido en una gigantesca playa de estacionamientos.
En el mundo se han adelantado todo género de ideas para aliviar la congestión vehicular, ideas que no podemos analizar en este breve artículo, pero que no pasan de ser simples paliativos, como por ejemplo y a nivel local, la idea de prohibir estacionar en las calles y al mismo tiempo, estimular la construcción de estacionamientos. El tren ligero que se ha mencionado recientemente, por su gran costo, deberá ser objeto de un cuidadoso estudio, pero este tren por las limitaciones que los rieles le imponen a los sistemas ferroviarios, tampoco podrá ser la solución y no será más que un complemento y una ayuda al sistema de transporte público que estamos necesitando.
La única solución al congestionamiento y no hay otra, es un sistema de transporte público eficiente y confiable. Precisamente porque carecemos de este sistema, muchas personas de ingresos muy limitados se ven en la necesidad de adquirir un automóvil aunque sea de segunda y tercera mano para poder llegar a tiempo a sus trabajos, con lo cual se agrava el congestionamiento. Desafortunadamente, en Panamá no podemos siquiera pensar en dicho sistema de transporte, mientras se siga permitiendo en el transporte público-urbano, el uso de buses escolares (diablos rojos) diseminados para transportar niños y por esta razón, provistos de una sola puerta de entrada y salida.
El bus de transporte público usado en el mundo civilizado está provisto de dos puertas: una delantera por donde se entra y se paga, y otra posterior para desembarcar expeditamente y sin demoras. Resultan imperdonables las demoras, empellones, y otros agravios a los que tienen que someterse los usuarios de estos inadecuados buses, al competir desordenadamente por la única puerta disponible para entrar y salir. Con el conflicto que ha generado el alza del pasaje, al gobierno se le ha presentado una singular oportunidad que bien aprovechada, podría darle el prestigio y la credibilidad que tanto necesita y que hasta ahora no ha podido alcanzar. Desde que los militares, reconociendo su importancia, decidieron politizarlo, el transporte público ha estado sumido en un marasmo y quien de allí logre rescatarlo, recibirá un merecido reconocimiento. Este asunto es demasiado serio para que gobierno tras gobiernos lo sigan soslayando.
Los dineros que el Banco Nacional ha destinado para resolver el conflicto del pasaje deberán usarse juiciosamente y bajo ninguna circunstancia debe permitirse que estos fondos se usen para emparchar y perpetuar la flota de los viejos buses escolares que tantos problemas nos han causado. Estos deben ser erradicados. ¿Debemos aceptar que Panamá no puede tener un sistema de transporte público adecuado cuando otros países de la región lo tienen?.