El "big crunch"
Hay algo que ni el político más perverso, ni el creyente más fanático, ni el economista más liberal del orbe pueden negar: el crecimiento explosivo de la pobreza en el mundo y la inutilidad de la guerra como instrumento de la democracia.
No se necesita citar una y otra vez, cansina y empecinadamente las conocidas opiniones de un premio Nobel de economía como Joseph Stiglitz -quien conoce al Leviatán, el "dragón, la bestia y al falso profeta", desde dentro- para analizar la pandemia de pobreza y desigualdad que nos carcome. Basta con leer detenidamente los reportes del PNUD o las escuetas estadísticas de Panamá en Cifras que edita la Contraloría General de la República y caminar un poco por nuestras calles y pueblos con los ojos bien abiertos y los oídos atentos. Sin olvidarnos de nuestros paisanos los indios.
El sorprendente resurgimiento del conservadurismo religioso en Estados Unidos que en la campaña republicana durante la primera presidencia de George W. Bush se mantuvo más o menos agazapado hasta el fatídico 9
11 -momento crucial en la historia contemporánea de ese país-; acicateado por la violencia fundamentalista islámica, aprovechó la oportunidad y retomó una ideología teologal que ya se creía superada ante el avance de la ciencia y de la tecnología y del normal devenir de las ideas.
De repente el mundo se despierta y oye que el diablo anda suelto. Que Dios le habla a un puñado de elegidos. Que un antiguo tirano de pacotilla - antiguo aliado de los Estados Unidos- como Sadam Hussein es la reencarnación del mal universal. Que el Congreso estadounidense discute ¡democráticamente! la conveniencia de asesinarlo. Que allí mismo se proclama la inminente utilización de armas de destrucción masiva en contra de la opinión de los expertos estadounidenses y de la ONU, quienes negaron enfática y detalladamente, una y otra vez, su existencia. Que en la ONU se realiza un "show" mediático digno de Harold Pinter -el dramaturgo inglés recientemente laureado con el Premio Nobel de literatura-. Se muestran ante los incrédulos ojos del mundo, fraudulentas fotografías de autos, bombas y misiles existentes sólo en la imaginación de los ideólogos de una guerra que ni siquiera vale el alto precio del petróleo para pagar las decenas o centenares de miles de vidas iraquíes destrozadas (jamás sabremos las cifras) y de casi dos mil soldados americanos muertos absurdamente.
Así nace una ideología perversa. Perfilada en el 68 cuando las tribus de Sartre destronaron al hombre como centro del universo y en su lugar volvieron a plantar el árbol del bien y del mal: de la pasión, el libertinaje y la anarquía de "prohibido prohibir". Aquella pacifista revolución de la disconformidad, del promiscuo colectivismo "beatnick", cantado por Ginsberg, Keruac y Cassady, nacida en contra de la guerra de Vietnam y de la modernidad, es decir del enciclopedismo, de la ilustración y de la razón. Hoy, su contracorriente bélica conservadora ha hecho surgir un nuevo modo de ser, de vivir y de repensar la existencia humana que ha costado y sigue costando muchas vidas. En ella, la razón es una razón relativa, la irracionalidad ocupa el reverso de la moneda, como en el ying y el yang, se complementan y excluyen bajo la ley de los contrarios. Así se confunde la ciencia con la fe y algunos pedagogos estadounidenses juntan a Darwin y a Dios con el desenfado típico del puritanismo reflejado por Nathaniel Hawthorne en "Las brujas de Salem" y en "La letra escarlata".
Pido disculpas por el siguiente cuodlibeto. Los hechos científicos, para los conservadores postmodernos no existen y lo explican como el resultado de la pura invención intelectual. Las leyes del universo, de la astronomía, de la física cuántica no son descubrimientos científicos, son invenciones de juegos intelectuales que ajustan la realidad observada a una serie de procedimientos, de tal forma que la hagan encuadrar en las precisas reglas establecidas por consenso, a priori o a posteriori del hecho analizado. Así, para los creacionistas, teoría e hipótesis, enunciado y ley, son casi lo mismo. Craso error.
En el pensamiento conservador postmoderno no existen, pues, los hechos tal como los percibimos, sino de la forma como se interpretan. Y ya sabemos como el hombre interpreta las cosas cuando después de filtrarla por la razón las impregna de sus creencias, de sus amores y odios.. es decir, por su hubris. Es precisamente allí, en lo irracional, donde nuestro pequeño planeta rudimentario se verá sometido irremediablemente a los destinos del universo cuando también le llegue a éste el tiempo del big crunch: la singularidad del colapso. En cuyo caso, tal singularidad posiblemente nos lleve hacia otro big bang y de allí a comenzar de nuevo.
(drjcal@psi.net.pa)
No se necesita citar una y otra vez, cansina y empecinadamente las conocidas opiniones de un premio Nobel de economía como Joseph Stiglitz -quien conoce al Leviatán, el "dragón, la bestia y al falso profeta", desde dentro- para analizar la pandemia de pobreza y desigualdad que nos carcome. Basta con leer detenidamente los reportes del PNUD o las escuetas estadísticas de Panamá en Cifras que edita la Contraloría General de la República y caminar un poco por nuestras calles y pueblos con los ojos bien abiertos y los oídos atentos. Sin olvidarnos de nuestros paisanos los indios.
El sorprendente resurgimiento del conservadurismo religioso en Estados Unidos que en la campaña republicana durante la primera presidencia de George W. Bush se mantuvo más o menos agazapado hasta el fatídico 9
11 -momento crucial en la historia contemporánea de ese país-; acicateado por la violencia fundamentalista islámica, aprovechó la oportunidad y retomó una ideología teologal que ya se creía superada ante el avance de la ciencia y de la tecnología y del normal devenir de las ideas.
De repente el mundo se despierta y oye que el diablo anda suelto. Que Dios le habla a un puñado de elegidos. Que un antiguo tirano de pacotilla - antiguo aliado de los Estados Unidos- como Sadam Hussein es la reencarnación del mal universal. Que el Congreso estadounidense discute ¡democráticamente! la conveniencia de asesinarlo. Que allí mismo se proclama la inminente utilización de armas de destrucción masiva en contra de la opinión de los expertos estadounidenses y de la ONU, quienes negaron enfática y detalladamente, una y otra vez, su existencia. Que en la ONU se realiza un "show" mediático digno de Harold Pinter -el dramaturgo inglés recientemente laureado con el Premio Nobel de literatura-. Se muestran ante los incrédulos ojos del mundo, fraudulentas fotografías de autos, bombas y misiles existentes sólo en la imaginación de los ideólogos de una guerra que ni siquiera vale el alto precio del petróleo para pagar las decenas o centenares de miles de vidas iraquíes destrozadas (jamás sabremos las cifras) y de casi dos mil soldados americanos muertos absurdamente.
Así nace una ideología perversa. Perfilada en el 68 cuando las tribus de Sartre destronaron al hombre como centro del universo y en su lugar volvieron a plantar el árbol del bien y del mal: de la pasión, el libertinaje y la anarquía de "prohibido prohibir". Aquella pacifista revolución de la disconformidad, del promiscuo colectivismo "beatnick", cantado por Ginsberg, Keruac y Cassady, nacida en contra de la guerra de Vietnam y de la modernidad, es decir del enciclopedismo, de la ilustración y de la razón. Hoy, su contracorriente bélica conservadora ha hecho surgir un nuevo modo de ser, de vivir y de repensar la existencia humana que ha costado y sigue costando muchas vidas. En ella, la razón es una razón relativa, la irracionalidad ocupa el reverso de la moneda, como en el ying y el yang, se complementan y excluyen bajo la ley de los contrarios. Así se confunde la ciencia con la fe y algunos pedagogos estadounidenses juntan a Darwin y a Dios con el desenfado típico del puritanismo reflejado por Nathaniel Hawthorne en "Las brujas de Salem" y en "La letra escarlata".
Pido disculpas por el siguiente cuodlibeto. Los hechos científicos, para los conservadores postmodernos no existen y lo explican como el resultado de la pura invención intelectual. Las leyes del universo, de la astronomía, de la física cuántica no son descubrimientos científicos, son invenciones de juegos intelectuales que ajustan la realidad observada a una serie de procedimientos, de tal forma que la hagan encuadrar en las precisas reglas establecidas por consenso, a priori o a posteriori del hecho analizado. Así, para los creacionistas, teoría e hipótesis, enunciado y ley, son casi lo mismo. Craso error.
En el pensamiento conservador postmoderno no existen, pues, los hechos tal como los percibimos, sino de la forma como se interpretan. Y ya sabemos como el hombre interpreta las cosas cuando después de filtrarla por la razón las impregna de sus creencias, de sus amores y odios.. es decir, por su hubris. Es precisamente allí, en lo irracional, donde nuestro pequeño planeta rudimentario se verá sometido irremediablemente a los destinos del universo cuando también le llegue a éste el tiempo del big crunch: la singularidad del colapso. En cuyo caso, tal singularidad posiblemente nos lleve hacia otro big bang y de allí a comenzar de nuevo.
(drjcal@psi.net.pa)