El buen gobierno
En un ensayo escrito en 1827, Charles Dupin expone que las dos terceras partes de la población que habían nacido después de la Revolución Francesa resumían sus expectativas de esta manera: querían un país distinto, una sociedad amable y un buen gobierno. Los manifiestos surrealistas lo dijeron de otra manera a mediados del siglo veinte: cambiar la vida y transformar el mundo.
Dos temas fundamentales atraviesan la relación entre sociedad y democracia, uno es la transición que expresan las manifestaciones de degradación y derrumbe de los regímenes autoritarios y tutelares, y otro es el tema de la consolidación que expresa la estrategia de las fuerzas democráticas por fortalecer espacios públicos de participación, tanto como las instituciones políticas en el marco de una nueva cultura política.
La constante es la aparición de gobiernos democráticos que son ubicados como sinónimos de la democracia, cuando muchas veces sólo proyectan la instrumentalidad de los procesos electorales. En cambio es mucho más difícil accesar a la formación de regímenes democráticos con una institucionalidad definida, apuntando hacia la meta de lograr sociedades democráticas que liguen la equidad con el desarrollo y con la democracia.
Como lo expresa Edelberto Torres Rivas, el buen gobierno sólo tiene sentido en el seno de una democracia política, es decir un gobierno legalmente electo, pero que debe vincular permanentemente las libertades políticas con las políticas de equidad social, pues sin esfuerzos por la justicia social no hay buen gobierno. Este debe preocuparse notablemente de cómo se ejecutan las decisiones y sobre todo, en provecho de quiénes. Sus prácticas pueden y deben enriquecer la democracia política con democracia social y económica.
En la actualidad, el problema es cómo obtener la lealtad de los vastos sectores pobres y excluidos, en una situación en que coinciden simultánea y contradictoriamente la profundización de la exclusión y la pobreza, y mejores oportunidades de participación democrática. Las elecciones vuelven legales a los gobiernos civiles, pero un gran desafío es cómo un buen gobierno los puede volver legítimos, a través de escuchar, responder a las demandas de la población de una vida mejor. Es más gobernable una sociedad que se construye sobre la participación ciudadana y el consenso social, donde el gobierno legítimo es un gobierno solidario con la gente.
Es necesario un nuevo principio de legitimidad que supere el de las mayorías electorales surgidas al calor del momento electoral, por una participación estable de la ciudadanía y de una dirección gubernamental que se preocupe por enfrentar los déficit sociales, con el mismo cuidado con que impulsa el crecimiento económico.
Pero el buen gobierno debe ser eficaz, a través de aspectos formales y básicos como velar por el cumplimiento de la ley sin arbitrariedades, levantado el principio del control ciudadano democrático que ubica la transparencia y honradez de la gestión pública. Esta eficacia debe de estar acompañada de la capacidad y voluntad de enfrentar y tratar de resolver las necesidades más apremiantes de la población.
Esto no puede separarse de la responsabilidad ética, entendida como un deber público de moralizar la república y la política, recobrando "la noción de que el trabajo exitoso es el que se realiza en provecho de las mayorías. Sus cualidades son la solidaridad, la responsabilidad y la tolerancia."(Torres Rivas)
Un buen gobierno requiere de una clara gestión en pro de los derechos humanos, contra la corrupción pública, y la capacidad para revertir la tendencia de la moral del mercado a impregnar los intereses públicos, pues lo que se requiere es una moral pública intacta.
Un buen gobierno debe propugnar por fortalecer la sociedad civil, no como un ente separado sino, a su vez, fortaleciendo desde el mundo de lo privado, la esfera de lo público, al mismo tiempo velar por los intereses nacionales evitando ser juguete de intereses que no corresponden al logro de la felicidad y la justicia para los habitantes del territorio donde se desenvuelven.
Dos temas fundamentales atraviesan la relación entre sociedad y democracia, uno es la transición que expresan las manifestaciones de degradación y derrumbe de los regímenes autoritarios y tutelares, y otro es el tema de la consolidación que expresa la estrategia de las fuerzas democráticas por fortalecer espacios públicos de participación, tanto como las instituciones políticas en el marco de una nueva cultura política.
La constante es la aparición de gobiernos democráticos que son ubicados como sinónimos de la democracia, cuando muchas veces sólo proyectan la instrumentalidad de los procesos electorales. En cambio es mucho más difícil accesar a la formación de regímenes democráticos con una institucionalidad definida, apuntando hacia la meta de lograr sociedades democráticas que liguen la equidad con el desarrollo y con la democracia.
Como lo expresa Edelberto Torres Rivas, el buen gobierno sólo tiene sentido en el seno de una democracia política, es decir un gobierno legalmente electo, pero que debe vincular permanentemente las libertades políticas con las políticas de equidad social, pues sin esfuerzos por la justicia social no hay buen gobierno. Este debe preocuparse notablemente de cómo se ejecutan las decisiones y sobre todo, en provecho de quiénes. Sus prácticas pueden y deben enriquecer la democracia política con democracia social y económica.
En la actualidad, el problema es cómo obtener la lealtad de los vastos sectores pobres y excluidos, en una situación en que coinciden simultánea y contradictoriamente la profundización de la exclusión y la pobreza, y mejores oportunidades de participación democrática. Las elecciones vuelven legales a los gobiernos civiles, pero un gran desafío es cómo un buen gobierno los puede volver legítimos, a través de escuchar, responder a las demandas de la población de una vida mejor. Es más gobernable una sociedad que se construye sobre la participación ciudadana y el consenso social, donde el gobierno legítimo es un gobierno solidario con la gente.
Es necesario un nuevo principio de legitimidad que supere el de las mayorías electorales surgidas al calor del momento electoral, por una participación estable de la ciudadanía y de una dirección gubernamental que se preocupe por enfrentar los déficit sociales, con el mismo cuidado con que impulsa el crecimiento económico.
Pero el buen gobierno debe ser eficaz, a través de aspectos formales y básicos como velar por el cumplimiento de la ley sin arbitrariedades, levantado el principio del control ciudadano democrático que ubica la transparencia y honradez de la gestión pública. Esta eficacia debe de estar acompañada de la capacidad y voluntad de enfrentar y tratar de resolver las necesidades más apremiantes de la población.
Esto no puede separarse de la responsabilidad ética, entendida como un deber público de moralizar la república y la política, recobrando "la noción de que el trabajo exitoso es el que se realiza en provecho de las mayorías. Sus cualidades son la solidaridad, la responsabilidad y la tolerancia."(Torres Rivas)
Un buen gobierno requiere de una clara gestión en pro de los derechos humanos, contra la corrupción pública, y la capacidad para revertir la tendencia de la moral del mercado a impregnar los intereses públicos, pues lo que se requiere es una moral pública intacta.
Un buen gobierno debe propugnar por fortalecer la sociedad civil, no como un ente separado sino, a su vez, fortaleciendo desde el mundo de lo privado, la esfera de lo público, al mismo tiempo velar por los intereses nacionales evitando ser juguete de intereses que no corresponden al logro de la felicidad y la justicia para los habitantes del territorio donde se desenvuelven.