El buen profesor y el proceso de aprendizaje
En los últimos días se ha estado hablando acerca de implementar los trimestres en el sistema de enseñanza panameño. Sin embargo, analizando el punto, no estaría mal ejecutarlo siempre y cuando se haga con un proyecto a seguir en el que se destaque cuáles serían las ventajas y desventajas de su proceso, cómo se realizaría y cuáles serían los métodos de aplicación? Hay que destacar que al principio sería algo traumático porque estamos acostumbrados a una línea de trabajo de muchos años tradicionalistas y monótonos.
Hay que realizar cambios en la educación panameña, pero hay que iniciar de una vez por todas. El éxito o fracaso de todo proyecto radica en la creencia absoluta de que beneficiará a corto, mediano y largo plazo, y que será el trampolín que nos abrirá nuevas puertas; pero, sobre todo, la fe positiva que se le tenga. No es cantidad, sino calidad.
¿Cómo venderle el producto a los consumidores? He ahí el dilema. El "buen profesor" se preocupa enfáticamente en cómo mejorar sus formas de enseñanza, pule sus habilidades de orador, sus medios de enseñanzas, mide el monto de información que va a transmitir, en el mejor de los casos busca y perfecciona sus ejercicios prácticos. Pero el punto débil es que deja fuera de su análisis los procesos de aprendizaje que se dan en el estudiante.
Es por eso que se dice que la enseñanza formal en la educación no ha superado el modelo bancario, el estudiante es un recipiente "cuasi pasivo" de información, mientras mejor exponemos más información creemos que depositamos en el estudiante, y en la medida que es expuesto a nuevas informaciones, más informaciones depositamos en ellos. En esta enseñanza se plantea un intercambio mercantil: el profesor da un saber informativo al estudiante, él decide que da y qué no da; el estudiante paga con la demostración en su examen de que sabe lo que el profesor le da; luego el profesor le paga con una nota según el estudiante sepa lo que el docente sabe, o lo que él quiere que el estudiante sepa. De ahí que, para acabar cada ciclo de enseñanza, es tan importante la nota, es vital, es primordial, el centro de la vida del estudiante gira en torno a ésta. La nota es un fetiche, de la cual vive apasionadamente enamorado.
No obstante, esa enseñanza está plagada de problemas que todos conocemos y nos quejamos: muchos estudiantes desmotivados en las clases, no asimilan bien, no cumplen con ciertas exigencias y reglas que se le imponen, no asisten, no hacen bien los trabajos, no rinden en los tradicionales exámenes. A pesar de que estamos centrados en cómo enseñar y mucho menos en cómo ellos aprenden, rápidamente buscamos al chivo expiatorio, y de nuevo nos aparece el eslabón más débil: el culpable es el estudiante porque no estudia, no toma en serio lo que el profesor le brinda en clases; es entonces un irresponsable; nos quejamos de los estudiantes, a veces suavizamos la atribución de su responsabilidad y se desplaza ésta a la escuela primaria y secundaria, ¡claro, decimo, no lo formaron bien!
El problema se vuelve un círculo vicioso porque repetimos nuestra forma de enseñar y de nuevo encontramos los casos de desastre, aquellos que no entendieron los conceptos dados en clases, que no lo pueden ilustrar bien, que no se salen del ejemplo típico dado en clases, que abusan de la memoria, que son finalistas, que no estudian sistemáticamente. Se vuelve a la andanada de acusaciones, luego se afloja y se ayuda a que algunos salgan a "flote"; siempre suspendemos a los peores, que no tienen remedio, pero ellos no comprenden muchas veces qué pasa y el profesor tampoco.
El "buen profesor", innovador en la enseñanza, debe ir más allá, adentrándose en un proceso que ocurre casi fuera de su control: el proceso de aprendizaje.