El calvario del Viernes Santo
Este año me he adelantado a escribir sobre la Semana Santa, porque no iremos a Las Tablas y así contarles lo que hicimos. La verdad es que el Hanta nos ha asustado un poco y... aquello de mejor prevenir que curar, es aplicable. Sin embargo, nuestra María Magdalena González Ruiz será arreglada y presentada como todos los años; estoy segura que será la andaluza más bella del poblado. Anoche se paseó por sus calles y lució su donaire. Extrañé su arreglo y las tradiciones familiares de esos días, pero ella comprende lo que sucede. Así es que la Semana Santa este año fue diferente.
Son muchos los Viernes Santos que he visto, los domingos de Ramos que hemos regado flores, caracuchas en la calle frente a la casa tableña. Pero, a pesar de que todos los años hacemos el mismo ritual, sentimos el mismo dolor por la crucifixión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, ese sufrimiento que hizo para lavar nuestros pecados ha servido de poco, porque seguimos pecando, porque nosotros mismos continuamos crucificándolo cuando nos es indiferente el dolor ajeno, sus necesidades que, muchas veces, podemos aliviar.
Nos faltas tomar conciencia de la discriminación que hay en el mundo, de la marginación de nuestros congéneres, del hambre, del abuso, de la explotación de niños, mujeres, viejos, indígenas, campesinos, por el hecho de ser pobres y no tener acceso a la vida digna. Si no luchamos para evitar la injusticia social, para repartir mejor la riqueza en el mundo, seguirá repitiéndose el Viernes Santo con todo el dolor que trae aparejado.
Si hay escenas de hambruna, enfermedades y necesidades en Etiopía y el dinero se multiplica en manos de pocos, pero estos no comparten con los que menos tienen y los necesitan, el sufrimiento de Jesús en la Cruz habrá sido inútil. Si l ve que no damos cariño a los niños, que no los besamos en señal de amor y comprensión; si l ve que echamos a un lado a los viejos por falta de atención, comprensión y sentimiento afectivo, que los padres olvidan a los hijos y no apoyan a las madres que deben crearlos solas con sacrificios, el anhelo de Jesús se esfumará ante una realidad que debiera golpearnos para que reaccionemos.
El Viernes Santo es un solo día del año; pero el recuerdo del dolor, el sentimiento que deja ese día de calvario que vivió el hijo de Dios, dura para todo el año para hacernos sentir compasión, deseos de ayudar a los necesitados, sentir que debemos dar algo de lo que Dios nos ha dado a nosotros.
De nada sirven ciertos sacrificios terrenales, no hacer o hacer ciertas cosas; de nada sirve que lloremos por lo que vemos, si no derramamos amor con esas lágrimas, si no enderezamos el camino equivocado que llevamos. La celebración de Semana Santa debe hacernos un alto en el materialismo, en lo que no sea cristiano, en lo que no pertenezca a la fe y a conocer y estar cerca de Dios.
No sirven totalmente los rezos, los mea culpa, los sacrificios, si no vivimos en comunidad, si no queremos ver las necesidades de los demás, la lucha de la Iglesia por hacernos comprender el significado del Viernes Santo.
Necesitamos vivir en paz con nuestra conciencia y para eso tenemos que vivir en paz con nosotros mismos, en paz con el prójimo y compartiendo esa paz. Vamos a desprendernos de algo de lo que tenemos para que les llegue a otros lo que antes no habían tenido.
Sólo así podremos hablar de un Viernes Santo real en que Dios y Jesús nos muestren el verdadero pensamiento para que cumplamos sus deseos.
Son muchos los Viernes Santos que he visto, los domingos de Ramos que hemos regado flores, caracuchas en la calle frente a la casa tableña. Pero, a pesar de que todos los años hacemos el mismo ritual, sentimos el mismo dolor por la crucifixión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, ese sufrimiento que hizo para lavar nuestros pecados ha servido de poco, porque seguimos pecando, porque nosotros mismos continuamos crucificándolo cuando nos es indiferente el dolor ajeno, sus necesidades que, muchas veces, podemos aliviar.
Nos faltas tomar conciencia de la discriminación que hay en el mundo, de la marginación de nuestros congéneres, del hambre, del abuso, de la explotación de niños, mujeres, viejos, indígenas, campesinos, por el hecho de ser pobres y no tener acceso a la vida digna. Si no luchamos para evitar la injusticia social, para repartir mejor la riqueza en el mundo, seguirá repitiéndose el Viernes Santo con todo el dolor que trae aparejado.
Si hay escenas de hambruna, enfermedades y necesidades en Etiopía y el dinero se multiplica en manos de pocos, pero estos no comparten con los que menos tienen y los necesitan, el sufrimiento de Jesús en la Cruz habrá sido inútil. Si l ve que no damos cariño a los niños, que no los besamos en señal de amor y comprensión; si l ve que echamos a un lado a los viejos por falta de atención, comprensión y sentimiento afectivo, que los padres olvidan a los hijos y no apoyan a las madres que deben crearlos solas con sacrificios, el anhelo de Jesús se esfumará ante una realidad que debiera golpearnos para que reaccionemos.
El Viernes Santo es un solo día del año; pero el recuerdo del dolor, el sentimiento que deja ese día de calvario que vivió el hijo de Dios, dura para todo el año para hacernos sentir compasión, deseos de ayudar a los necesitados, sentir que debemos dar algo de lo que Dios nos ha dado a nosotros.
De nada sirven ciertos sacrificios terrenales, no hacer o hacer ciertas cosas; de nada sirve que lloremos por lo que vemos, si no derramamos amor con esas lágrimas, si no enderezamos el camino equivocado que llevamos. La celebración de Semana Santa debe hacernos un alto en el materialismo, en lo que no sea cristiano, en lo que no pertenezca a la fe y a conocer y estar cerca de Dios.
No sirven totalmente los rezos, los mea culpa, los sacrificios, si no vivimos en comunidad, si no queremos ver las necesidades de los demás, la lucha de la Iglesia por hacernos comprender el significado del Viernes Santo.
Necesitamos vivir en paz con nuestra conciencia y para eso tenemos que vivir en paz con nosotros mismos, en paz con el prójimo y compartiendo esa paz. Vamos a desprendernos de algo de lo que tenemos para que les llegue a otros lo que antes no habían tenido.
Sólo así podremos hablar de un Viernes Santo real en que Dios y Jesús nos muestren el verdadero pensamiento para que cumplamos sus deseos.