El cambio ministerial posible
La última encuesta de opinión no reveló nada que no se supiera a nivel nacional. Personajes influyentes de adentro y fuera del Gobierno, le han dado peso y dimensiones a la idea de que la Presidenta debe reajustar su equipo de trabajo, porque no es conveniente que ella siga manejando y empujando la carreta, ambas cosas al mismo tiempo.
El hecho innegable de que haya quienes promueven el cambio porque quieren "sacarse algunas espinas" o disponer de círculos de poder, no le resta actualidad a la sugerencia del reacomodo en el Organo Ejecutivo.
También es saludable apuntar que el cambio de personas no es causal directa que reactiva de un solo golpe todo cuanto estaba estancado, con anuncio de un futuro soñado y seguro. No pocas veces ocurre precisamente lo contrario: la medicina resulta peor que la enfermedad.
Acostumbrados a creer más en las personas que en los proyectos y matriculados, como estamos, en una inconsistencia increíble, la renovación que se sugiere, por muy objetiva y necesaria que resulte, obliga a repensarla y muy bien.
La toma de una decisión al respecto pasa por tres (3) escenarios. No tomar ninguna decisión (que es una decisión en sí), es uno de ellos. Cuándo hacerlo, es el otro, y a quién reemplazar cierra estos escenarios.
En el caso personal de la Sra. Moscoso, la situación es particularmente vital porque ella sigue encarnando una esperanza popular, según lo indica la misma encuesta, y defraudar a tanta gente (que es el sector que la sigue apoyando pese a su equipo de trabajo), cometiendo un error en cualquiera de los tres (3) escenarios, sería tanto como "matar" al conductor corriendo el vehículo a velocidad y en descenso.
Desoír la opinión pública, hacerse el avestruz o peor aún: insultar al público diciendo que todo marcha bien, equivale, hoy y mañana, tanto como a un autogolpe o dar las condiciones para que éste se produzca en cualesquiera de sus variantes y formas muy panameñísimas como nos lo enseña la historia.
Decidirse por el reajuste plantea resolver lo primero: ¿cuándo hacerlo? La Presidenta, que aún no ha dado señales idóneas de mando y carácter, no puede darse el lujo de provocar el cambio de su personal ejecutivo sólo porque unas gráficas a colores le dibujan lo que evidentemente ya conoce de palabras. Aquí los extremos se dan la mano: no hacer nada del todo es lo mismo que hacer todo a la corredera. El desastre sería igual.
Encontrar el momento para ejecutar una decisión puede parecer subjetivo; pero a juzgar por el énfasis que la Sra. Moscoso ha puesto en el uso del Fondo Fiduciario, nos permite concluir en que ese momento debiera ser a partir de la decisión que al respecto adopte la Asamblea Legislativa, y cualquiera sea el contenido de su resolución.
Si la Ley que sale no compagina con las proyecciones del Ejecutivo, el cambio ministerial sería cajonero, porque resultaría impolítico, para decir lo menos, continuar una gestión con un equipo que, renunciando a la creatividad, sólo habría tenido lucidez para vociferar que carecen de recursos para financiar su labor.
Y si el uso que se autoriza del Fondo responde al consenso de la alianza oficialista en el Legislativo, el cambio sería más que necesario porque la magnitud de los recursos a disposición y la importancia de las obras que se quieren (y se deben) ejecutar demandará de Ministros creativos, políticos centrados, capaces, ambos, de generar opinión pública y sumar gente para (y en) en el desempeño de sus despachos.
Adoptada la decisión y el momento para decirla, se impone la tarea de concretar en qué áreas debe producirse el cambio y cuál debe ser la persona posible (no el personaje ideal) para liderizar el cambio.
Como sólo puedo (y debo) referirme al primer aspecto, diré que las áreas de trabajo en las que deben producirse cambios urgentes son como siguen y agrupados por afinidad. En la del Trabajo y Comercio, porque son caras de la misma moneda. Mientras el de Trabajo se esmera por desestabilizar el poco empleo que nos resta, peleándose con los Sindicatos más representativos del país, el de Comercio no provoca las olas necesarias para crear condiciones en función de los nuevos empleos que se reclaman.
En Obras Públicas y Relaciones Exteriores. El primero, que es la cara del gobierno a lo interno, debe traducir soluciones inmediatas y permanentes que eliminen, en un caso, incomodidades para ciudadanos que deben, además, coexistir con problemas más graves, y, en otro caso, porque sus ejecutorias son medios para la reactivación de importantes sectores económicos tradicionalmente relegados. En Relaciones Exteriores, que es el rostro de Panamá en el extranjero, debemos reflejar una personalidad propia, sin improvisaciones ni vacilaciones. Su accionar debe estar acorde con un país que dejó atrás la servidumbre colonial que mediatizó nuestra condición de pueblo soberano durante todo el siglo anterior. Y, por último, en el MIVI así como en el de Familia. Ambos reflejan una carencia, casi absoluta, de liderazgo en los temas que tienen que lidiar. Lucen tan descoloridos como impalpables. El primero, por ejemplo, parece no saber o decidir por dónde empezar a trabajar, y la segunda quiere abarcar tanto que termina apretando poco, tal y como sugiere la grandilocuencia del título que algún burócrata del gobierno anterior, con exceso de memoria ripiosa, dio por etiquetar a ese despacho ministerial.
Los despachos no mencionados implica que sus registros son digeribles y que sus reemplazos, en cualquier caso, al no ser posibles, por ahora, se ubican en el plano ideal. Sea lo que suceda, próximamente o muy tarde, la Presidenta tiene (y tendrá) un nudo por desenredar: hacer el cambio para el cambio o tragarse en público el lema que la llevó al poder político.
El hecho innegable de que haya quienes promueven el cambio porque quieren "sacarse algunas espinas" o disponer de círculos de poder, no le resta actualidad a la sugerencia del reacomodo en el Organo Ejecutivo.
También es saludable apuntar que el cambio de personas no es causal directa que reactiva de un solo golpe todo cuanto estaba estancado, con anuncio de un futuro soñado y seguro. No pocas veces ocurre precisamente lo contrario: la medicina resulta peor que la enfermedad.
Acostumbrados a creer más en las personas que en los proyectos y matriculados, como estamos, en una inconsistencia increíble, la renovación que se sugiere, por muy objetiva y necesaria que resulte, obliga a repensarla y muy bien.
La toma de una decisión al respecto pasa por tres (3) escenarios. No tomar ninguna decisión (que es una decisión en sí), es uno de ellos. Cuándo hacerlo, es el otro, y a quién reemplazar cierra estos escenarios.
En el caso personal de la Sra. Moscoso, la situación es particularmente vital porque ella sigue encarnando una esperanza popular, según lo indica la misma encuesta, y defraudar a tanta gente (que es el sector que la sigue apoyando pese a su equipo de trabajo), cometiendo un error en cualquiera de los tres (3) escenarios, sería tanto como "matar" al conductor corriendo el vehículo a velocidad y en descenso.
Desoír la opinión pública, hacerse el avestruz o peor aún: insultar al público diciendo que todo marcha bien, equivale, hoy y mañana, tanto como a un autogolpe o dar las condiciones para que éste se produzca en cualesquiera de sus variantes y formas muy panameñísimas como nos lo enseña la historia.
Decidirse por el reajuste plantea resolver lo primero: ¿cuándo hacerlo? La Presidenta, que aún no ha dado señales idóneas de mando y carácter, no puede darse el lujo de provocar el cambio de su personal ejecutivo sólo porque unas gráficas a colores le dibujan lo que evidentemente ya conoce de palabras. Aquí los extremos se dan la mano: no hacer nada del todo es lo mismo que hacer todo a la corredera. El desastre sería igual.
Encontrar el momento para ejecutar una decisión puede parecer subjetivo; pero a juzgar por el énfasis que la Sra. Moscoso ha puesto en el uso del Fondo Fiduciario, nos permite concluir en que ese momento debiera ser a partir de la decisión que al respecto adopte la Asamblea Legislativa, y cualquiera sea el contenido de su resolución.
Si la Ley que sale no compagina con las proyecciones del Ejecutivo, el cambio ministerial sería cajonero, porque resultaría impolítico, para decir lo menos, continuar una gestión con un equipo que, renunciando a la creatividad, sólo habría tenido lucidez para vociferar que carecen de recursos para financiar su labor.
Y si el uso que se autoriza del Fondo responde al consenso de la alianza oficialista en el Legislativo, el cambio sería más que necesario porque la magnitud de los recursos a disposición y la importancia de las obras que se quieren (y se deben) ejecutar demandará de Ministros creativos, políticos centrados, capaces, ambos, de generar opinión pública y sumar gente para (y en) en el desempeño de sus despachos.
Adoptada la decisión y el momento para decirla, se impone la tarea de concretar en qué áreas debe producirse el cambio y cuál debe ser la persona posible (no el personaje ideal) para liderizar el cambio.
Como sólo puedo (y debo) referirme al primer aspecto, diré que las áreas de trabajo en las que deben producirse cambios urgentes son como siguen y agrupados por afinidad. En la del Trabajo y Comercio, porque son caras de la misma moneda. Mientras el de Trabajo se esmera por desestabilizar el poco empleo que nos resta, peleándose con los Sindicatos más representativos del país, el de Comercio no provoca las olas necesarias para crear condiciones en función de los nuevos empleos que se reclaman.
En Obras Públicas y Relaciones Exteriores. El primero, que es la cara del gobierno a lo interno, debe traducir soluciones inmediatas y permanentes que eliminen, en un caso, incomodidades para ciudadanos que deben, además, coexistir con problemas más graves, y, en otro caso, porque sus ejecutorias son medios para la reactivación de importantes sectores económicos tradicionalmente relegados. En Relaciones Exteriores, que es el rostro de Panamá en el extranjero, debemos reflejar una personalidad propia, sin improvisaciones ni vacilaciones. Su accionar debe estar acorde con un país que dejó atrás la servidumbre colonial que mediatizó nuestra condición de pueblo soberano durante todo el siglo anterior. Y, por último, en el MIVI así como en el de Familia. Ambos reflejan una carencia, casi absoluta, de liderazgo en los temas que tienen que lidiar. Lucen tan descoloridos como impalpables. El primero, por ejemplo, parece no saber o decidir por dónde empezar a trabajar, y la segunda quiere abarcar tanto que termina apretando poco, tal y como sugiere la grandilocuencia del título que algún burócrata del gobierno anterior, con exceso de memoria ripiosa, dio por etiquetar a ese despacho ministerial.
Los despachos no mencionados implica que sus registros son digeribles y que sus reemplazos, en cualquier caso, al no ser posibles, por ahora, se ubican en el plano ideal. Sea lo que suceda, próximamente o muy tarde, la Presidenta tiene (y tendrá) un nudo por desenredar: hacer el cambio para el cambio o tragarse en público el lema que la llevó al poder político.