El camino de la conciencia
El pueblo italiano de Ceriana, origen de una rama de mi familia, tiene una alcalde ("sindaco") que es el orgullo de la población. Conocí a Bruna Rebaudo desde el año pasado. En una fiesta, la vi bailar una polka alegremente y también la vi vestir elegantemente en el desempeño de sus funciones oficiales. Luego, ocurrió un desastre. Abundantes e incesantes lluvias produjeron aluviones de lodo que aislaron al pueblo, derrumbaron varias casas y dejaron sin vida a dos residentes muy queridos. "La Bruna", como le dicen, con botas de agua, capote y un teléfono celular en la mano, dirigió las operaciones de rescate por muchas noches y días, inclusive alojando a algunos damnificados en su casa y dándoles su propia ropa. Cuando al fin la prensa italiana y varios ministros pudieron llegar a inspeccionar la magnitud del desastre, quedaron prendados con la alcalde a quien bautizaron "la sindaco coraggio". En el pueblo de Ceriana, la alcalde valiente podrá cometer errores, pero siempre tendrá el apoyo decidido de los residentes porque creen en ella. Saben que los quiere, se sacrifica por ellos, y está dispuesta a hacer lo que sea necesario para que Ceriana salga adelante.
En Panamá, hay una presidenta, también originaria de un pueblo pequeño, a la cual hay felicitar por haber tomado un paso importante para fortalecer los valores morales y éticos en los cuales se fundamenta la justicia humana. La decidida actuación de la presidenta Mireya Moscoso, en referencia a las excavaciones en el cementerio oculto del antiguo cuartel de Los Pumas, ha demostrado que es una mujer que tiene conciencia y valor.
En el pasado, yo no estaba segura de ello. He objetado a muchas actuaciones de la Presidenta. Hizo nombramientos escandalosos en función de pagar deudas políticas adquiridas en la campaña electoral, olvidando el hecho de que, desde el momento en que se le puso la banda presidencial, se debía a Panamá y al pueblo panameño. Todo gobernante debe recordar, con respecto a la gratitud que supuestamente debe a quienes lo ayudaron a llegar al poder, las palabras del conde Camilo Cavour. Después de haber establecido la República de Italia con la ayuda de numerosos aliados extranjeros, le preguntaron a Cavour cómo pagaría esa deuda. Este respondió: "Mi ingratitud los dejará atónitos".
A mi manera de ver, el ostentoso obsequio de relojes Cartier y joyas que hizo la Presidenta a los legisladores en su primer año de gobierno significaba que ni ella, ni las personas que la asesoraban, tenían idea de los principios que deben imperar en un sistema verdaderamente democrático. No comprendía por qué aceptaba la corrupción demostrada por sus allegados en puestos de gobierno. Me preocupaban también sus viajes al exterior con lujosas comitivas, porque con éstos repetía el comportamiento de Pérez Balladares tan acremente criticado por la ciudadanía. Me parecía que Mireya Moscoso había llegado a la presidencia, no para gobernar con abnegación, justicia y sabiduría, sino en plan de reina del carnaval, como querían los enemigos que dicen ser sus amigos.
Sin embargo, aunque la presidenta pudo lavarse las manos ante el pedido formulado por los familiares del padre Héctor Gallego y otros desaparecidos durante la dictadura de los militares y sus socios civiles, alegando que el asunto incumbía al procurador Sossa y el ministro de gobierno Spadafora, no lo hizo. Según he podido determinar, ningún respaldo tuvo en los partidos que componen su gobierno para dar el permiso de que se continuaran las excavaciones. La presidenta Mireya Moscoso no solo dio el permiso sino que, para rasgar la cortina de silencio corrida por Sossa y Spadafora, fue personalmente al sitio. Allí aseguró al pueblo panameño que no se detendría el trabajo hasta descubrir todos los cuerpos sepultados, autorizó a los periodistas para que ingresaran al lugar y pudieran tomar fotos de los trabajos sin restricción alguna, anunció que nombraría una Comisión de la Verdad para esclarecer los crímenes de la dictadura militar y que aportaría los recursos necesarios para ejecutar las pruebas de ADN para verificar la identidad de los cuerpos encontrados.
Así la Presidenta dio el primer paso por el camino que dicta su conciencia. Los perros ladran, rabiosos e incoherentes, pero a Mireya Moscoso no deben preocupar. Si sigue por el camino recto que dicta su conciencia, percibirá que nunca antes en su vida había pisado tan en firme. Si aparta de su lado a las personas que la aconsejan mal para lucrar del poder que ha adquirido como presidenta, se sentirá aliviada del peso de la indebida gratitud y respirará el aire puro de la integridad personal. Si sigue por el camino que dicta su conciencia, humildemente y en constante comunicación con Dios, la Presidenta se agigantará cuando más el atribulado pueblo panameño necesita creer en ella.
En Panamá, hay una presidenta, también originaria de un pueblo pequeño, a la cual hay felicitar por haber tomado un paso importante para fortalecer los valores morales y éticos en los cuales se fundamenta la justicia humana. La decidida actuación de la presidenta Mireya Moscoso, en referencia a las excavaciones en el cementerio oculto del antiguo cuartel de Los Pumas, ha demostrado que es una mujer que tiene conciencia y valor.
En el pasado, yo no estaba segura de ello. He objetado a muchas actuaciones de la Presidenta. Hizo nombramientos escandalosos en función de pagar deudas políticas adquiridas en la campaña electoral, olvidando el hecho de que, desde el momento en que se le puso la banda presidencial, se debía a Panamá y al pueblo panameño. Todo gobernante debe recordar, con respecto a la gratitud que supuestamente debe a quienes lo ayudaron a llegar al poder, las palabras del conde Camilo Cavour. Después de haber establecido la República de Italia con la ayuda de numerosos aliados extranjeros, le preguntaron a Cavour cómo pagaría esa deuda. Este respondió: "Mi ingratitud los dejará atónitos".
A mi manera de ver, el ostentoso obsequio de relojes Cartier y joyas que hizo la Presidenta a los legisladores en su primer año de gobierno significaba que ni ella, ni las personas que la asesoraban, tenían idea de los principios que deben imperar en un sistema verdaderamente democrático. No comprendía por qué aceptaba la corrupción demostrada por sus allegados en puestos de gobierno. Me preocupaban también sus viajes al exterior con lujosas comitivas, porque con éstos repetía el comportamiento de Pérez Balladares tan acremente criticado por la ciudadanía. Me parecía que Mireya Moscoso había llegado a la presidencia, no para gobernar con abnegación, justicia y sabiduría, sino en plan de reina del carnaval, como querían los enemigos que dicen ser sus amigos.
Sin embargo, aunque la presidenta pudo lavarse las manos ante el pedido formulado por los familiares del padre Héctor Gallego y otros desaparecidos durante la dictadura de los militares y sus socios civiles, alegando que el asunto incumbía al procurador Sossa y el ministro de gobierno Spadafora, no lo hizo. Según he podido determinar, ningún respaldo tuvo en los partidos que componen su gobierno para dar el permiso de que se continuaran las excavaciones. La presidenta Mireya Moscoso no solo dio el permiso sino que, para rasgar la cortina de silencio corrida por Sossa y Spadafora, fue personalmente al sitio. Allí aseguró al pueblo panameño que no se detendría el trabajo hasta descubrir todos los cuerpos sepultados, autorizó a los periodistas para que ingresaran al lugar y pudieran tomar fotos de los trabajos sin restricción alguna, anunció que nombraría una Comisión de la Verdad para esclarecer los crímenes de la dictadura militar y que aportaría los recursos necesarios para ejecutar las pruebas de ADN para verificar la identidad de los cuerpos encontrados.
Así la Presidenta dio el primer paso por el camino que dicta su conciencia. Los perros ladran, rabiosos e incoherentes, pero a Mireya Moscoso no deben preocupar. Si sigue por el camino recto que dicta su conciencia, percibirá que nunca antes en su vida había pisado tan en firme. Si aparta de su lado a las personas que la aconsejan mal para lucrar del poder que ha adquirido como presidenta, se sentirá aliviada del peso de la indebida gratitud y respirará el aire puro de la integridad personal. Si sigue por el camino que dicta su conciencia, humildemente y en constante comunicación con Dios, la Presidenta se agigantará cuando más el atribulado pueblo panameño necesita creer en ella.