El camino equivocado del poder
Ganar las elecciones no significa que se encienda una luz verde para acumular poder. Es evidente que existe demasiado poder económico y político juntos y concentrados en el gobierno, y que esto no es bueno para la democracia. En apenas medio año se ha producido el control del Ejecutivo sobre la Asamblea Legislativa, el Órgano Judicial, la Contraloría, y ahora parece que le toca la misma suerte a la Procuraduría de la Nación. Es evidente que las acusaciones contra Ana Matilde Gómez son infundadas, y que se busca removerla injustificadamente de su cargo.
Parte del cambio esperado que le dio el voto al Presidente Martinelli, fue producto de la insatisfacción de cómo funcionaba la institucionalidad política del Estado, por lo que la población no desea más acumulación de poder, sino por el contrario la democratización del poder.
El riesgo para todos es inclinarnos hacia el autoritarismo civil, hijo del presidencialismo centralista. Por ello, estamos en un momento histórico importante, generar los cambios necesarios y reales para pasar de la amenaza autoritaria a una mayor densidad democrática.
El manejo del poder es delicado, bien lo afirma Frei Betto: “Dé a la persona una tajada de poder y sabrá quién de hecho ella es. El poder, al contrario de lo que se dice, no cambia a las personas. Hace que se revelen. Es como el artista a quien faltaban pincel, tintas y tela, o el asesino que, finalmente, dispone de arma”. En este marco la población muchas veces es mirada sólo como un trampolín para acceder al poder o para beneficiarse individualmente. Entonces se pierde la razón de ser y la esencia misma de lo que el político prometió o predicó como mensaje de esperanza.
La gente percibe que en los gobernantes existe una distancia entre lo que se promete y lo que se hace. El discurso es muy grandilocuente cuando se está abajo, pero cuando se llega arriba se acomodan, porque en realidad no existió la coherencia necesaria y suficiente entre los actos y las palabras.
Cuanto más coherencia haya entre lo que se dice y lo que se piensa, entre el liderazgo y la base, y mientras más se establezcan mecanismos de control, de rendición de cuentas y de contraloría de la gente sobre los dirigentes -no en el sentido de disciplinamiento férreo, sino como forma de influir, de consulta-, habrá menos peligro de que la elite que sube, pierda los hilos que la atan a su base y con su compromiso con la gente.
¿Cómo mantener control democrático sobre los líderes? Ninguna fórmula es infalible, pues siempre estamos tratando con seres humanos, y cuando se cae en el ámbito de la ambición desmedida pueden ocurrir muchas cosas.
Pero ayuda, una permanente introspección y discernimiento de parte de los gobernantes para que comprendan el principio de “mandar obedeciendo”, ligado al desarrollo de la capacidad democrática de la población de envolver y orientar a sus líderes; una profunda reforma política democrática; la vigilancia ciudadana y mediática para la reafirmación del Estado de Derecho, y la vigencia plena de los derechos humanos. El autoritarismo es el camino equivocado; la construcción democrática y participativa del poder es la ruta correcta.
(raulleisr@hotmail.com)