El Canal y el Fondo Educacional
El ministro del Canal, Jorge Ritter, acaba de reiterar la intención del gobierno nacional de destinar ahorros de la administración canalera, obtenidos una vez que la vía revierta a sus manos al final del año próximo, para constituir un fondo de mejoramiento de la educación, sobre todo de avanzada tecnología.
La idea es preparar a más panameños para los compromisos y necesidades del próximo milenio, de lo cual el Canal es apenas el menor de los problemas, dado que el 95% de su personal es panameño. Se trata de la industria y los servicios del futuro, que requerirán mayor capacitación.
Panamá tiene un desempleo que ronda el 13%, uno de los más altos del continente; superior por ejemplo al que registra Costa Rica, con menos del 5% en ese rubro, a pesar de que cuenta con un entorno geográfico y poblacional similar al nuestro.
Pero la realidad es que desde hace tiempo se viene notando una preocupante escasez de mano de obra especializada. Hay demasiados desempleados buscando trabajar "en cualquier cosa" y pretendiendo "aprender sobre la marcha", y muy pocos preparados de antemano para desempeñarse en un puesto concreto.
Comprobarlo es fácil. Basta revisar los avisos clasificados que se repiten continuamente, prácticamente implorando por trabajadores especializados, sin encontrarlos. El resultado es que, frente a la escasez, se recurre a la práctica de "quitarle" empleados a otros.
La iniciativa es pues positiva; pero tiene en el propio Canal su principal tropiezo. Se trata de una vieja obra, dolorosamente al borde de la obsolescencia, que requiere de tres cuartos de sus ingresos para mantenimiento y que ni siquiera es capaz de producir lo necesario para cubrir los gastos de su total modernización, cuya urgencia toca presurosa a la puerta del próximo siglo.
El ahorrar B/.36 millones en concepto de sobresueldos canaleros absurdos es positivo y deseable. Pero el destinarlos a fines distintos a la operación de la vía y su modernización, podría incomodar a la comunidad marítima internacional, a la que nos veremos precisados a acudir en busca de fondos para el tercer juego de esclusas, el canal a nivel o cuanta otra magna obra se requiera en el futuro.
Sería ilusorio esperar que la comunidad internacional comprenda que nuestras particulares necesidades educativas prevalezcan y sean atendidas con fondos canaleros. Y en su momento nos recordarán el compromiso que adquirimos con la reversión de la vía, de administrarla eficientemente y en forma continua.
La idea es preparar a más panameños para los compromisos y necesidades del próximo milenio, de lo cual el Canal es apenas el menor de los problemas, dado que el 95% de su personal es panameño. Se trata de la industria y los servicios del futuro, que requerirán mayor capacitación.
Panamá tiene un desempleo que ronda el 13%, uno de los más altos del continente; superior por ejemplo al que registra Costa Rica, con menos del 5% en ese rubro, a pesar de que cuenta con un entorno geográfico y poblacional similar al nuestro.
Pero la realidad es que desde hace tiempo se viene notando una preocupante escasez de mano de obra especializada. Hay demasiados desempleados buscando trabajar "en cualquier cosa" y pretendiendo "aprender sobre la marcha", y muy pocos preparados de antemano para desempeñarse en un puesto concreto.
Comprobarlo es fácil. Basta revisar los avisos clasificados que se repiten continuamente, prácticamente implorando por trabajadores especializados, sin encontrarlos. El resultado es que, frente a la escasez, se recurre a la práctica de "quitarle" empleados a otros.
La iniciativa es pues positiva; pero tiene en el propio Canal su principal tropiezo. Se trata de una vieja obra, dolorosamente al borde de la obsolescencia, que requiere de tres cuartos de sus ingresos para mantenimiento y que ni siquiera es capaz de producir lo necesario para cubrir los gastos de su total modernización, cuya urgencia toca presurosa a la puerta del próximo siglo.
El ahorrar B/.36 millones en concepto de sobresueldos canaleros absurdos es positivo y deseable. Pero el destinarlos a fines distintos a la operación de la vía y su modernización, podría incomodar a la comunidad marítima internacional, a la que nos veremos precisados a acudir en busca de fondos para el tercer juego de esclusas, el canal a nivel o cuanta otra magna obra se requiera en el futuro.
Sería ilusorio esperar que la comunidad internacional comprenda que nuestras particulares necesidades educativas prevalezcan y sean atendidas con fondos canaleros. Y en su momento nos recordarán el compromiso que adquirimos con la reversión de la vía, de administrarla eficientemente y en forma continua.