El "carcelero de Austria"
Al momento de elaborar este editorial, Elizabeth Fritzl pasaba su cuarto día en libertad, 24 años después que su padre la encerrara en un sótano, abusara de ella y la hiciera parir siete hijos, uno de los cuales, tras nacer muerto, fue incinerado en el horno de la casa. La noticia produce preguntas por millares, no sólo sobre las causas normales o psiquiátricas que pudo haber tenido Joseph Fritzl para cometer semejante atrocidad contra una de sus hijas, sino sobre el transcurrir de hechos como estos ante las narices de la sociedad y el Estado.
Un investigador del caso da por descontado la complicidad de alguien de la familia, porque nadie se explica cómo después de más de dos décadas y siete hijos nadie supiera lo que acontecía. Pasan ahora a segundo plano las razones del padre para cometer el ilícito, de hecho hay, además del asombro, la condena moral del mundo, y seguramente la judicial de los hombres. Pero, ¿y Elizabeth? ¿Y la responsabilidad social? No son nuevos estos casos. Dos días después del hallazgo, Lydia Gouardo, una francesa con situación similar por 28 años, también habló sobre su tragedia, aunque dijo que Elizabeth sufrió más que ella.
Lo que el crimen permite preguntar es ¿en cuántos lugares está sucediendo lo mismo en este instante? ¿En Panamá ocurre? ¿Qué hay que hacer para impedirlo o seguiremos con voces de asombro cada vez que se descubra uno nuevo? Situaciones como éstas reclaman sistemas judiciales más efectivos, descentralizados; pero, ante todo, una educación que transforme la conciencia humana.