El cardenal de los derechos humanos
El cardenal chileno, Raúl Silva Henríquez, fue un campeón de los derechos humanos en un país que lo conmovió hasta las lágrimas, y un protagonista de excepción en las dos últimas décadas y media, en la nación austral, las de mayor conmoción política de este siglo.
Hombre de principios y de fe, solidario con su pueblo, promotor incansable del cambio dentro de la Iglesia, el cardenal acuñó frases para la Historia, como que las Fuerzas Armadas tienen una tradición golpista en América Latina, aunque fue un hombre de hechos y su mayor obra se tradujo en la fundación de la Vicaría de la Solidaridad, donde recibieron ayuda los miles de perseguidos chilenos del régimen del General ¨ Augusto Pinochet y hoy senador vitalicio de Chile, detenido en Londres, Inglaterra, desde el pasado 16 de octubre.
Silva Henríquez, recientemente fallecido a los 91 años de edad, fue el segundo cardenal en la historia de Chile, de profesión abogado, de la orden salesiana, con estudios en filosofía y letras, será recordado por su dimensión humana, su compromiso con la gente y ese extraordinario gesto de visitar a los miles de detenidos en el Estadio Nacional, poco después del 11 de septiembre de 1973, cuando fue derrotado el presidente Salvador Allende por un cruento golpe militar.
Eran días en que el aire se cortaba con el filoso cuchillo de la violencia estatal, pero el purpurado selló con su presencia en el simbólico Estadio Nacional, sus futuras relaciones con el régimen de facto.
El estuvo en Panamá a mediados de la década de los setenta y conversamos de paso en el Colegio de La Salle, donde habló como orador principal a los jóvenes, de la vida, el futuro, la pasión de ser jóvenes y de su entrañable país.
Hay que desarmar los espíritus, advirtió proféticamente Silva Henríquez poco antes del golpe militar, que le costó al país miles de muertos, desaparecidos, torturados, un millón de exiliados y la fractura política más severa de la República de Chile en lo que va del siglo y que aún paga la actual generación de jóvenes.
Deben volver a sus cuarteles dijo en su tiempo el hombre que hoy yace en su última morada terrenal, sin más gloria que sus transparentes actos, su vida consecuente y amor al prójimo, ese que no tiene fronteras, ni recodos en la ruta humana.
Vilipendiado como pocos, a pesar de su alta investidura, acusado de cardenal rojo por sus detractores la derecha troglodita- el cardenal Raúl Silva Henríquez, sentó el precedente de la dignidad humana, del respeto al hombre por su condición de hombre, y abrió de par en par las puertas de la Vicaría de la Solidaridad al más humillado de todos: al perseguido en su propia tierra.
Sin verdad y justicia, no hay reconciliación, dijo en una oportunidad, y no se equivocaba en señalar esta ruta clara como el cántaro que va al agua sin quebrarlo, camino que seguramente emprenderá Chile, tras al fatigoso, aleccionador, imprescindible e inevitable juicio al general ¨ Augusto Pinochet Ugarte, por violación masiva de los derechos humanos.
El siglo XXI promete ser el de los Derechos Humanos. Al menos estamos ante la búsqueda de un nuevo orden legal internacional para los casos de violaciones, pero esta nueva legalidad aun es débil, discrecional, morosa y esperamos que no sea instrumento Torquemada (inquisidor) de las grandes potencias occidentales. Ni Pax Norteamericana, ni Pax Británica, sólo el Derecho Internacional de las Naciones Unidas, hoy puesto en entredicho en Kosovo.
El cardenal Silva Henríquez fue un valiente defensor en su tierra, in situ, de los Derechos Humanos, porque vivió día a día la humillación de la gente que tocaba las puertas de la iglesia, de la Vicaría de la Solidaridad en búsqueda de amparo para salvar su vida.
Eran los tiempos de la Guerra Fría, donde las grandes naciones hacían la vista gorda e ignoraban que sin bombardeos salieron al mundo, con lo que tenían puesto, un millón de chilenos.
Sin duda, que el mundo se solidarizó con el éxodo chileno, desde los países con menos recursos económicos como Cuba, Panamá, Costa Rica, Ecuador, hasta los más opulentos como Suecia, Holanda, Alemania, Canadá, Francia, Australia, Austria, Suiza, Gran Bretaña y aquellos con la tradición de asilo, como México.
Se cierra aparentemente el círculo, al final del milenio, pero se abren otros paréntesis no menos cargados de incertidumbre para el hombre del nuevo siglo, centuria que se ha caracterizado por una gran inventiva, con transformaciones y cambios verdaderamente revolucionarios y trascendentes que la imaginación de nuestros antepasados más próximos quizás sólo habría soñado, pero la mente del hombre, su conducta, sigue siendo el más grande enigma y no sabemos hacia dónde nos conducirá.
Hombre de principios y de fe, solidario con su pueblo, promotor incansable del cambio dentro de la Iglesia, el cardenal acuñó frases para la Historia, como que las Fuerzas Armadas tienen una tradición golpista en América Latina, aunque fue un hombre de hechos y su mayor obra se tradujo en la fundación de la Vicaría de la Solidaridad, donde recibieron ayuda los miles de perseguidos chilenos del régimen del General ¨ Augusto Pinochet y hoy senador vitalicio de Chile, detenido en Londres, Inglaterra, desde el pasado 16 de octubre.
Silva Henríquez, recientemente fallecido a los 91 años de edad, fue el segundo cardenal en la historia de Chile, de profesión abogado, de la orden salesiana, con estudios en filosofía y letras, será recordado por su dimensión humana, su compromiso con la gente y ese extraordinario gesto de visitar a los miles de detenidos en el Estadio Nacional, poco después del 11 de septiembre de 1973, cuando fue derrotado el presidente Salvador Allende por un cruento golpe militar.
Eran días en que el aire se cortaba con el filoso cuchillo de la violencia estatal, pero el purpurado selló con su presencia en el simbólico Estadio Nacional, sus futuras relaciones con el régimen de facto.
El estuvo en Panamá a mediados de la década de los setenta y conversamos de paso en el Colegio de La Salle, donde habló como orador principal a los jóvenes, de la vida, el futuro, la pasión de ser jóvenes y de su entrañable país.
Hay que desarmar los espíritus, advirtió proféticamente Silva Henríquez poco antes del golpe militar, que le costó al país miles de muertos, desaparecidos, torturados, un millón de exiliados y la fractura política más severa de la República de Chile en lo que va del siglo y que aún paga la actual generación de jóvenes.
Deben volver a sus cuarteles dijo en su tiempo el hombre que hoy yace en su última morada terrenal, sin más gloria que sus transparentes actos, su vida consecuente y amor al prójimo, ese que no tiene fronteras, ni recodos en la ruta humana.
Vilipendiado como pocos, a pesar de su alta investidura, acusado de cardenal rojo por sus detractores la derecha troglodita- el cardenal Raúl Silva Henríquez, sentó el precedente de la dignidad humana, del respeto al hombre por su condición de hombre, y abrió de par en par las puertas de la Vicaría de la Solidaridad al más humillado de todos: al perseguido en su propia tierra.
Sin verdad y justicia, no hay reconciliación, dijo en una oportunidad, y no se equivocaba en señalar esta ruta clara como el cántaro que va al agua sin quebrarlo, camino que seguramente emprenderá Chile, tras al fatigoso, aleccionador, imprescindible e inevitable juicio al general ¨ Augusto Pinochet Ugarte, por violación masiva de los derechos humanos.
El siglo XXI promete ser el de los Derechos Humanos. Al menos estamos ante la búsqueda de un nuevo orden legal internacional para los casos de violaciones, pero esta nueva legalidad aun es débil, discrecional, morosa y esperamos que no sea instrumento Torquemada (inquisidor) de las grandes potencias occidentales. Ni Pax Norteamericana, ni Pax Británica, sólo el Derecho Internacional de las Naciones Unidas, hoy puesto en entredicho en Kosovo.
El cardenal Silva Henríquez fue un valiente defensor en su tierra, in situ, de los Derechos Humanos, porque vivió día a día la humillación de la gente que tocaba las puertas de la iglesia, de la Vicaría de la Solidaridad en búsqueda de amparo para salvar su vida.
Eran los tiempos de la Guerra Fría, donde las grandes naciones hacían la vista gorda e ignoraban que sin bombardeos salieron al mundo, con lo que tenían puesto, un millón de chilenos.
Sin duda, que el mundo se solidarizó con el éxodo chileno, desde los países con menos recursos económicos como Cuba, Panamá, Costa Rica, Ecuador, hasta los más opulentos como Suecia, Holanda, Alemania, Canadá, Francia, Australia, Austria, Suiza, Gran Bretaña y aquellos con la tradición de asilo, como México.
Se cierra aparentemente el círculo, al final del milenio, pero se abren otros paréntesis no menos cargados de incertidumbre para el hombre del nuevo siglo, centuria que se ha caracterizado por una gran inventiva, con transformaciones y cambios verdaderamente revolucionarios y trascendentes que la imaginación de nuestros antepasados más próximos quizás sólo habría soñado, pero la mente del hombre, su conducta, sigue siendo el más grande enigma y no sabemos hacia dónde nos conducirá.