El Cardenal Rodríguez nos invita a pensar
El 23 de julio de año pasado, estuvo de visita en Panamá el Cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, Arzobispo de Honduras, quien dictó una conferencia sobre la Ética y la Política, a la que fue invitada y asistió buena parte de la más alta dirigencia política de nuestro país. El conferenciante llamó la atención porque su elevación al cardenalato fue evidentemente en razón de su valor personal y de su realización reciente como Presidente de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM), y no porque la sede episcopal de Tegucigalpa amerite regularmente tal dignatario. Además, como habla con fuerza de convicción y visión de profeta, ha tenido repercusión en su patria y hay quienes lo han mencionado como papabile, aunque personalmente esto me parece una especulación periodística exagerada. No hay duda, sin embargo, que la suya es la voz católica y religiosa más eminente en el Istmo centroamericano y una de las de mayor prestigio en América Latina. Personalmente ya había tenido la oportunidad de participar con él en dos encuentros previos, uno en Santo Domingo, donde tuve una larga conversación con él antes de que fuera nombrado Cardenal, y otra más recientemente en México, donde el Cardenal de ese país y él compartieron la presidencia del evento.
Su conferencia fue muy elogiada entre quienes la escuchamos. Pero no hubo posteriormente, que yo sepa, ninguna discusión por periódico, radio o televisión. Se prestó atención a la persona, no tanto a su pensamiento.
Desgraciadamente no se ha suscitado ningún debate público sobre el mismo y los temas que consideró no se han mantenido tan vigentes como lo ameritarían, a pesar de que concentró en dos temas que son de primordial importancia en la política de hoy en día: el efecto de la globalización en la política y la relación de la ética a la política.
El primero de los temas ha estado ausente de la discusión electoral, pero ha estado presente bajo la forma de algunas consecuencias políticas de la globalización, mas no de un juicio directamente sobre la relación entre ambas, y además, el segundo tema ha sido abordado en función de numerosas denuncias de corrupción y de la lucha contra la corrupción y los señalamientos sobre cómo prevenir y sancionar el delito, en vez de enfatizar la promoción y enseñanza de la ética y de las virtudes necesarias para la política.
Al considerar los efectos de la globalización en la política, el Cardenal comienza con un reconocimiento de efectos positivos. “Vivimos, dice, una situación excepcional, privilegiada. Nunca como en nuestros días hemos podido ser tan conscientes de la interrelación de los pueblos, de las culturas diferentes, gracias a las tecnologías como el Internet...” Pero aparte este reconocimiento, todo su análisis de la globalización, y enumera una larga listaga lista de efectos nocivos: “desigualdades flagrantes”, concentración de riqueza, codicia que genera exclusión, mundo dividido, trabas al movimiento libre de personas, globalización financiera se impone con carácter absoluto, los ricos favorecidos mientras que los pobres expuestos; “las ventajas de la globalización no hacen otra cosa que beneficar a los de sie ore y el reparto de la riqueza también; el ritmo y el modo querido por los grandes poderes económicos”, retorno a un capitalismo salvaje.”
De allí que el Cardenal plantee que para resolver estos “problemas estructurales” se necesitan “soluciones estructurales”. Estas no pueden ser proporcionadas por la misma economía, sino por la política. “Se impone, afirma, un control del proceso de globalización por medios democráticos para evitar el riesgo de fracturas sociales nefastas para la libertad de todos”. Hay por ello que revitalizar la política, pues así como decisiones políticas fundamentaron la globalización, decisiones políticas han roporcionado el control.
Un nuevo orden político está emergiendo en el mundo. También debemos asegurarnos que sea más universalista, sobre la base de valores democráticos. El individualismo y la violencia deben ser compensados por el diálogo y el respeto, recuperando el concepto de la persona humana.
La democracia representativa se está quedando pequeña frente los poderes económicos y mediáticos que tienen una realidad transnacional. Por ello no podemos quedarnos con una democracia de puertas adentro, sino que tenemos que lograr, además, una democracia de puertas afuera. Pero lo que está desde el 11 de septiembre “es un desplazamiento autoritario a lo largo y ancho del mundo.”
Esta reivindicación de la política democrática de cara al predominio autoritario de la economía supone “una estructura moral” que contrarreste la mercantilización de la vida política que ha ido suplantando el estatuto del ciudadano por el estatuto del consumidor, cuando debemos superar el estatuto de una ciudadanía pasiva, consumidora gracias a “una ciudadanía constructora de democracia participativa”. “Una democracia no sólo depende de la actividad de los gobiernos y de los partidos políticos. Es capacidad de un actor nuevo que empieza a surgir: la Sociedad Civil”.
El planteamiento del Cardenal Rodríguez Maradiaga tiene fortalezas y debilidades.
Su visión de la globalización se anuncia como ambivalente, que es como debe ser, tal que lo revelan las encuestas. Pero en su análisis específico, la presentación que hace es tan preponderantemente negativa que uno llega a preguntarse si la necesidad que tenemos de acoplarnos a la globalización no es una necesidad impuesta por los poderosos a los vulnerables y, por lo tanto, si no sería preferible, por lo menos desde el punto de vista moral, resistir pura y simplemente.
Hace falta en el planteamiento del Cardenal destacar más las ventajas positivas de la globalización desde el punto de vista tanto material como espiritual, para poder motivar a la gente común y corriente de nuestras sociedades a aceptar los cambios que implica la globalización, así como el esfuerzo por humanizarla.
La percepción que tiene el Cardenal de la política está a la base de la globalización, y la política que debe estar a la base del esfuerzo por ejercer algún grado de control sobre la misma es correcta. Pero ha de ser una política muy ilustrada por la economía, porque no cualquier tipo de control es compatible con la dinámica económica de la globalización. En un régimen democrático una política semejante requiere la comprensión y directa o indirectamente el voto de los ciudadanos.
De allí la importancia de que nuestras sociedades se doten de centros de educación política, que puedan cumplir con las funciones más básicas de dicha educación.
En su conferencia, el Cardenal hizo un comentario que puede ayudarnos con respecto a un tema que se ha tornado en objeto de controversia, a saber el PARLACEN. Algunos dirigentes políticos y comunicadores sociales han abogado por que se elimine. Argumentan que representa gastar dinero que podría usarse más provechosamente, puesto que el PARLACEN “no hace nada”. En sentido contrario, el Cardenal opina lo siguiente: “El reto que se nos presenta es cómo vivir la democracia dentro de nuestras fronteras. Y cómo vivirla en integración. Aquí encuentro muy queridos amigos que han estado en el Parlamento Centroamericano, tan desacreditado muchas veces, pero tan importante. El hecho de que haya defectos no quiere decir que no exista un valor máximo. Y nosotros tenemos un futuro como continente, y tenemos un futuro como Centroamérica integrados. De lo contrario seguiremos siendo sometidos como pequeños enanitos en el contexto de la globalización.”
La advertencia del Cardenal debe ser tomada en cuenta. En la globalización tenemos un interés vital en no quedarnos, cada país centroamericano, en nuestra propia pequeñez y vulnerabilidad, sino en integrarnos para que los acuerdos de libre comercio con naciones mucho más grandes y poderosas no terminen por absorbernos, incluso culturalmente, y terminemos por perder nuestra identidad. Antes que eliminar el PARLACEN, debemos intentar convertirlo en el motor de nuestra integración.
Gracias a su Eminencia el Cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga por hacernos pensar en temas fundamentales de nuestra realidad política que desgraciadamente rara vez discutimos en nuestros procesos electorales.
Aunque el resultado no se pudo concretar, demostró que el estar expuesto a este instrumento por más de media hora, causa nerviosismo. Al final, si es verdad o mentira...el instrumento y el examinador tienen la última palabra.
Su conferencia fue muy elogiada entre quienes la escuchamos. Pero no hubo posteriormente, que yo sepa, ninguna discusión por periódico, radio o televisión. Se prestó atención a la persona, no tanto a su pensamiento.
Desgraciadamente no se ha suscitado ningún debate público sobre el mismo y los temas que consideró no se han mantenido tan vigentes como lo ameritarían, a pesar de que concentró en dos temas que son de primordial importancia en la política de hoy en día: el efecto de la globalización en la política y la relación de la ética a la política.
El primero de los temas ha estado ausente de la discusión electoral, pero ha estado presente bajo la forma de algunas consecuencias políticas de la globalización, mas no de un juicio directamente sobre la relación entre ambas, y además, el segundo tema ha sido abordado en función de numerosas denuncias de corrupción y de la lucha contra la corrupción y los señalamientos sobre cómo prevenir y sancionar el delito, en vez de enfatizar la promoción y enseñanza de la ética y de las virtudes necesarias para la política.
Al considerar los efectos de la globalización en la política, el Cardenal comienza con un reconocimiento de efectos positivos. “Vivimos, dice, una situación excepcional, privilegiada. Nunca como en nuestros días hemos podido ser tan conscientes de la interrelación de los pueblos, de las culturas diferentes, gracias a las tecnologías como el Internet...” Pero aparte este reconocimiento, todo su análisis de la globalización, y enumera una larga listaga lista de efectos nocivos: “desigualdades flagrantes”, concentración de riqueza, codicia que genera exclusión, mundo dividido, trabas al movimiento libre de personas, globalización financiera se impone con carácter absoluto, los ricos favorecidos mientras que los pobres expuestos; “las ventajas de la globalización no hacen otra cosa que beneficar a los de sie ore y el reparto de la riqueza también; el ritmo y el modo querido por los grandes poderes económicos”, retorno a un capitalismo salvaje.”
De allí que el Cardenal plantee que para resolver estos “problemas estructurales” se necesitan “soluciones estructurales”. Estas no pueden ser proporcionadas por la misma economía, sino por la política. “Se impone, afirma, un control del proceso de globalización por medios democráticos para evitar el riesgo de fracturas sociales nefastas para la libertad de todos”. Hay por ello que revitalizar la política, pues así como decisiones políticas fundamentaron la globalización, decisiones políticas han roporcionado el control.
Un nuevo orden político está emergiendo en el mundo. También debemos asegurarnos que sea más universalista, sobre la base de valores democráticos. El individualismo y la violencia deben ser compensados por el diálogo y el respeto, recuperando el concepto de la persona humana.
La democracia representativa se está quedando pequeña frente los poderes económicos y mediáticos que tienen una realidad transnacional. Por ello no podemos quedarnos con una democracia de puertas adentro, sino que tenemos que lograr, además, una democracia de puertas afuera. Pero lo que está desde el 11 de septiembre “es un desplazamiento autoritario a lo largo y ancho del mundo.”
Esta reivindicación de la política democrática de cara al predominio autoritario de la economía supone “una estructura moral” que contrarreste la mercantilización de la vida política que ha ido suplantando el estatuto del ciudadano por el estatuto del consumidor, cuando debemos superar el estatuto de una ciudadanía pasiva, consumidora gracias a “una ciudadanía constructora de democracia participativa”. “Una democracia no sólo depende de la actividad de los gobiernos y de los partidos políticos. Es capacidad de un actor nuevo que empieza a surgir: la Sociedad Civil”.
El planteamiento del Cardenal Rodríguez Maradiaga tiene fortalezas y debilidades.
Su visión de la globalización se anuncia como ambivalente, que es como debe ser, tal que lo revelan las encuestas. Pero en su análisis específico, la presentación que hace es tan preponderantemente negativa que uno llega a preguntarse si la necesidad que tenemos de acoplarnos a la globalización no es una necesidad impuesta por los poderosos a los vulnerables y, por lo tanto, si no sería preferible, por lo menos desde el punto de vista moral, resistir pura y simplemente.
Hace falta en el planteamiento del Cardenal destacar más las ventajas positivas de la globalización desde el punto de vista tanto material como espiritual, para poder motivar a la gente común y corriente de nuestras sociedades a aceptar los cambios que implica la globalización, así como el esfuerzo por humanizarla.
La percepción que tiene el Cardenal de la política está a la base de la globalización, y la política que debe estar a la base del esfuerzo por ejercer algún grado de control sobre la misma es correcta. Pero ha de ser una política muy ilustrada por la economía, porque no cualquier tipo de control es compatible con la dinámica económica de la globalización. En un régimen democrático una política semejante requiere la comprensión y directa o indirectamente el voto de los ciudadanos.
De allí la importancia de que nuestras sociedades se doten de centros de educación política, que puedan cumplir con las funciones más básicas de dicha educación.
En su conferencia, el Cardenal hizo un comentario que puede ayudarnos con respecto a un tema que se ha tornado en objeto de controversia, a saber el PARLACEN. Algunos dirigentes políticos y comunicadores sociales han abogado por que se elimine. Argumentan que representa gastar dinero que podría usarse más provechosamente, puesto que el PARLACEN “no hace nada”. En sentido contrario, el Cardenal opina lo siguiente: “El reto que se nos presenta es cómo vivir la democracia dentro de nuestras fronteras. Y cómo vivirla en integración. Aquí encuentro muy queridos amigos que han estado en el Parlamento Centroamericano, tan desacreditado muchas veces, pero tan importante. El hecho de que haya defectos no quiere decir que no exista un valor máximo. Y nosotros tenemos un futuro como continente, y tenemos un futuro como Centroamérica integrados. De lo contrario seguiremos siendo sometidos como pequeños enanitos en el contexto de la globalización.”
La advertencia del Cardenal debe ser tomada en cuenta. En la globalización tenemos un interés vital en no quedarnos, cada país centroamericano, en nuestra propia pequeñez y vulnerabilidad, sino en integrarnos para que los acuerdos de libre comercio con naciones mucho más grandes y poderosas no terminen por absorbernos, incluso culturalmente, y terminemos por perder nuestra identidad. Antes que eliminar el PARLACEN, debemos intentar convertirlo en el motor de nuestra integración.
Gracias a su Eminencia el Cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga por hacernos pensar en temas fundamentales de nuestra realidad política que desgraciadamente rara vez discutimos en nuestros procesos electorales.
Aunque el resultado no se pudo concretar, demostró que el estar expuesto a este instrumento por más de media hora, causa nerviosismo. Al final, si es verdad o mentira...el instrumento y el examinador tienen la última palabra.