El caso Bernal
POCAS personas de nuestro país se percatan de la hondura incalificable que tiene la crisis total vivida hoy por la República, nunca experimentada antes en el siglo completo que ha transcurrido desde 1903. No consideramos que estamos en posesión de la verdad absoluta al proferir este juicio, pero tampoco creemos estar alejados de tan lamentable y aciaga verdad, aunque no somos pesimistas por temperamento. Nuestras opiniones tratan de fundarse en la experiencia nacional, para la que hemos tenido por luengos años ojos analíticos, pero el balance hecho es fuertemente negativo, con fundamentos que hemos extraído de la historia nacional panameña, como que hemos podido tener una presencia personal en la mayor extensión del tiempo aludido.
Una de las esferas más valiosas del periodo histórico panameño de la época señalada ha sido el de la labor educativa que se vino desarrollando hasta los años treinta y cuarenta. Tenemos defectos, pero comparados con la herencia educativa que nos legó Colombia, el avance de nuestra educación, primero con el Instituto Nacional desde 1911 y otros colegios secundarios y luego con el progreso rápido de la Universidad Nacional, a partir de 1936, podemos hablar de un timbre de orgullo por los resultados visibles de los tres niveles con que brillaba la labor educativa: primaria, secundaria y universitaria. Los rectores y directores; los profesores y maestros; los estudiantes consagrados al estudio y la calidad de la educación, ya no tienen esos orgullosos logros.
Poco a poco, en las décadas transcurridas desde mediados del siglo XX, la educación, al compás de casi todas las parcelas de la vida panameña, vino experimentando esa baja general que se incrementó hasta integrar el gravísimo problema de una educación deficiente en alto grado, porque sus factores humanos rebajaron más y más sus tareas y funcionamiento. Hace treinta años que nuestra educación ha adquirido los puntos más bajos que puede caracterizar la enseñanza, que para decirlo sinceramente es un gran fracaso colectivo, y la Universidad de Panamá no ha sido ajena a tal desastre involutivo. Muy al contrario, parece que lo cultiva con distracción y falta absoluta de conciencia.
Estas ideas nos han visitado una y otra vez, pero en esta ocasión, con motivo de esa traición a la cultura que salta a la vista con la declaración de persona non grata, que el Consejo General Universitario de nuestra Alma Mater desde 1932 hasta 1945 (como alumno del Instituto y de la Casa de Méndez Pereira, sin contar treinta años de profesorado en ella) decretó en contra del Profesor Miguel Antonio Bernal, conocido intelectual de una permanente preocupación por el triste destino de la Patria, una Patria que se ha venido convirtiendo en el reinado de la mediocridad, en alianza con la inmoralidad, en grado absoluto para ambas bajezas.
Creo que a la educación se le sirve mucho más, si las autoridades académicas y administrativas de la Universidad oficial se dedicaran a profundizar en el bajísimo nivel de la enseñanza y del aprendizaje que lamentablemente señorean la educación superior, para medir y contrarrestar las causas de tan bajo rendimiento y poner en vigencia las necesarias rectificaciones, en vez de preocuparnos por emitir sanciones dizque morales. Los diplomas falsificados, las tesis plagiadas con descaro y muchos otros males semejantes siguen impunes.
Ignoro si el Estatuto Universitario contempla sanciones morales para el personal docente, y si existieran deberían anularlas inmediatamente, porque resulta inconcebible que un Consejo General Universitario tenga que dedicarse a sancionar con penas morales, por lo difícil que es su caracterización, a más de que debe tenerse presente que quien tiene el tejado de vidrio, no lanza piedras contra sus compañeros o contra sus vecinos.
En la educación panameña de hoy menudean los fraudes que las autoridades deben investigar y sancionar. Tomemos el camino de las investigaciones plenas y no el de sancionar a una persona, si es que emplea un tono desabrido, porque pudo haber dicho una verdad más importante. El deber está en erradicar males colectivos y no en aplicar "sanciones morales", señalando con un índice acusador a los denunciantes, si se deja en paz a la mayoría indolente y culpable.
(raulleisr@hotmail.com)
Una de las esferas más valiosas del periodo histórico panameño de la época señalada ha sido el de la labor educativa que se vino desarrollando hasta los años treinta y cuarenta. Tenemos defectos, pero comparados con la herencia educativa que nos legó Colombia, el avance de nuestra educación, primero con el Instituto Nacional desde 1911 y otros colegios secundarios y luego con el progreso rápido de la Universidad Nacional, a partir de 1936, podemos hablar de un timbre de orgullo por los resultados visibles de los tres niveles con que brillaba la labor educativa: primaria, secundaria y universitaria. Los rectores y directores; los profesores y maestros; los estudiantes consagrados al estudio y la calidad de la educación, ya no tienen esos orgullosos logros.
Poco a poco, en las décadas transcurridas desde mediados del siglo XX, la educación, al compás de casi todas las parcelas de la vida panameña, vino experimentando esa baja general que se incrementó hasta integrar el gravísimo problema de una educación deficiente en alto grado, porque sus factores humanos rebajaron más y más sus tareas y funcionamiento. Hace treinta años que nuestra educación ha adquirido los puntos más bajos que puede caracterizar la enseñanza, que para decirlo sinceramente es un gran fracaso colectivo, y la Universidad de Panamá no ha sido ajena a tal desastre involutivo. Muy al contrario, parece que lo cultiva con distracción y falta absoluta de conciencia.
Estas ideas nos han visitado una y otra vez, pero en esta ocasión, con motivo de esa traición a la cultura que salta a la vista con la declaración de persona non grata, que el Consejo General Universitario de nuestra Alma Mater desde 1932 hasta 1945 (como alumno del Instituto y de la Casa de Méndez Pereira, sin contar treinta años de profesorado en ella) decretó en contra del Profesor Miguel Antonio Bernal, conocido intelectual de una permanente preocupación por el triste destino de la Patria, una Patria que se ha venido convirtiendo en el reinado de la mediocridad, en alianza con la inmoralidad, en grado absoluto para ambas bajezas.
Creo que a la educación se le sirve mucho más, si las autoridades académicas y administrativas de la Universidad oficial se dedicaran a profundizar en el bajísimo nivel de la enseñanza y del aprendizaje que lamentablemente señorean la educación superior, para medir y contrarrestar las causas de tan bajo rendimiento y poner en vigencia las necesarias rectificaciones, en vez de preocuparnos por emitir sanciones dizque morales. Los diplomas falsificados, las tesis plagiadas con descaro y muchos otros males semejantes siguen impunes.
Ignoro si el Estatuto Universitario contempla sanciones morales para el personal docente, y si existieran deberían anularlas inmediatamente, porque resulta inconcebible que un Consejo General Universitario tenga que dedicarse a sancionar con penas morales, por lo difícil que es su caracterización, a más de que debe tenerse presente que quien tiene el tejado de vidrio, no lanza piedras contra sus compañeros o contra sus vecinos.
En la educación panameña de hoy menudean los fraudes que las autoridades deben investigar y sancionar. Tomemos el camino de las investigaciones plenas y no el de sancionar a una persona, si es que emplea un tono desabrido, porque pudo haber dicho una verdad más importante. El deber está en erradicar males colectivos y no en aplicar "sanciones morales", señalando con un índice acusador a los denunciantes, si se deja en paz a la mayoría indolente y culpable.
(raulleisr@hotmail.com)