El caso de Daniel
Daniel es un adolescente indígena procedente de las montañas de Bocas del Toro. Tiene 16 años y padece de una enfermedad renal crónica que lo ha mantenido recluido durante más de un año en el Hospital del Niño, donde recibe tratamiento de diálisis peritoneal. Los médicos que lo atienden ya no pueden hacer más nada por Daniel, pues la única posibilidad que le queda es un transplante de riñón; oportunidad que se presenta muy remota para él, por las siguientes razones: 1. La escasez de este tipo de órganos en Panamá y en cualquier parte del mundo;
2. Este tipo de transplantes se realiza, por lo general, en pacientes que tengan mejores condiciones fisiológicas para ser sometidos a una operación de esta naturaleza tan delicada, sin que el organismo rechace el órgano;
3. Las personas aseguradas y las que tienen recursos económicos tienen mayores oportunidades para acceder a un transplante.
La familia de Daniel, es decir, su padre y su madre no cuentan con recursos económicos, ni tienen trabajo siquiera para trasladarse a Panamá a visitar a su hijo enfermo. Su padre es quien ha tenido mayor oportunidad de visitarlo, cuando ha venido a Panamá y ha logrado conseguir algún trabajito temporal; no obstante, la madre sólo ha podido visitarlo una vez, gracias a que la Fundación Pide un Deseo le cubrió todos los gastos para que pudiera viajar a Panamá desde las montañas de Bocas del Toro.
Por otra parte, los médicos de Daniel se enfrentan al hecho de que el Hospital del Niño sólo mantiene pacientes hasta los 15 años, aunque en la práctica se da cierta flexibilidad y los pacientes que pasan esa edad, permanecen en la institución si no hay otra alternativa posible. Pero en última instancia este aspecto sería la parte menos complicada de resolver. El dilema está en: ¿Es justo mantener a un paciente hospitalizado, brindándole un tratamiento paliativo indefinidamente que no cura su enfermedad, sino que más bien contribuye a un mayor desgaste fisiológico y emocional porque no tiene seguro, ni recursos económicos para siquiera ser considerado para un transplante?
Si por su edad se traslada al paciente al Hospital Santo Tomás, allí lo mandarán para su casa porque en dicho centro hospitalario no se aplica la diálisis peritoneal, sólo la hemodiálisis. Respecto al Seguro Social ni hablar porque como no es asegurado no tiene derecho a ser atendido, ni a tener una opción para transplante. Si los médicos lo envían a un hospital más cercano a su hogar, como sería en David o en el mismo Bocas del Toro, allí tampoco se cuenta con los equipos para brindarle la hemodiálisis peritoneal. En el evento de que lo enviasen a su casa, con toda seguridad Daniel moriría en menos de un mes, pues su familia no tiene posibilidad para comprarle los medicamentos y todo lo que requeriría para que pudiera aplicarse directamente la hemodiálisis.
El caso de Daniel no es el único en el Hospital del Niño, hay cuatro casos más, aunque no tan graves. La interrogante que surge es: ¿Hasta cuándo vamos a permitir que nuestros niños y niñas mueran por ser pobres? Sí, están condenados a morir por el único pecado de haber nacido en la pobreza, porque no tienen un seguro social, que aunque malo, les permita acceder a una mínima atención o a la posibilidad remota de un transplante. Esto no es humano, ni justo, ni digno. Ningún Daniel de Panamá o de cualquier país debe morir por ser pobre o simplemente porque no tiene un carnet que diga que es asegurado.
Ciertamente, la sociedad en su conjunto tiene una responsabilidad moral y social con la niñez panameña; no basta con celebrar un día de la niñez o con regarles juguetes en Navidad. El verdadero compromiso reside en erradicar la pobreza, el hambre y la desnutrición y en que los niños y las niñas de cualquier rincón de nuestra patria tenga derecho a la salud integral y en que no se lo pongan obstáculos para ser atendidos eficaz, oportuna y efectivamente cuando están enfermos, sólo porque no tienen recursos para adquirir medicamentos o porque no están asegurados.
El Estado, por su parte, debe asumir con seria voluntad política, la obligación de desarrollar programas efectivos para combatir el flagelo de la pobreza, incluyendo políticas de salud integrales que lleguen a todos los puntos más lejanos de la geografía nacional y que tanto el Ministerio de Salud, como la Caja de Seguro Social celebren convenios con los centros hospitalarios, para permitir que casos como el de Daniel, tengan derecho a recibir tratamiento o la oportunidad de ser considerados en las listas de espera para transplante, independientemente de si son asegurados o no.
Hay que reconocer que los médicos tratantes de Daniel en el Hospital del Niño, le han brindado las mejores atenciones de salud, sin olvidar el aspecto humano e inclusive han hecho gestiones para buscar alternativas de transplante en Colombia, pero los costos económicos que ello conllevaría antes, durante y posteriormente, hacen casi imposible esa posibilidad. Según los médicos es poco o casi nada lo que pueden hacer ya por Daniel, quien presenta un cuadro de depresión y desgaste físico y emocional, postrado en la cama, pues ya ni siquiera tiene ánimo para levantarse y caminar, como si presintiera que ya su final está cerca. En el año que lleva hospitalizado ha pasado por la dura experiencia de ver morir a varios compañeros con el mismo diagnóstico, sencillamente porque por ser pobres no tienen otras opciones de vida.
Elevo una plegaria al Señor por todos los Danieles del mundo, apelando al corazón de quienes tienen poder económico de hacer algo por estos niños y niñas recluidos en el Hospital del Niño con enfermedades crónicas y brindarles así la oportunidad de que puedan recuperarse, disfrutar de su niñez, de su adolescencia y por qué no, que puedan llegar a la vejez. Para los que tienen mucho, dar una esperanza de vida a seres inocentes, es el mejor regalo que pueden obsequiar este día mundial de la niñez, porque no tengan duda que ello les será recompensado con creces.
2. Este tipo de transplantes se realiza, por lo general, en pacientes que tengan mejores condiciones fisiológicas para ser sometidos a una operación de esta naturaleza tan delicada, sin que el organismo rechace el órgano;
3. Las personas aseguradas y las que tienen recursos económicos tienen mayores oportunidades para acceder a un transplante.
La familia de Daniel, es decir, su padre y su madre no cuentan con recursos económicos, ni tienen trabajo siquiera para trasladarse a Panamá a visitar a su hijo enfermo. Su padre es quien ha tenido mayor oportunidad de visitarlo, cuando ha venido a Panamá y ha logrado conseguir algún trabajito temporal; no obstante, la madre sólo ha podido visitarlo una vez, gracias a que la Fundación Pide un Deseo le cubrió todos los gastos para que pudiera viajar a Panamá desde las montañas de Bocas del Toro.
Por otra parte, los médicos de Daniel se enfrentan al hecho de que el Hospital del Niño sólo mantiene pacientes hasta los 15 años, aunque en la práctica se da cierta flexibilidad y los pacientes que pasan esa edad, permanecen en la institución si no hay otra alternativa posible. Pero en última instancia este aspecto sería la parte menos complicada de resolver. El dilema está en: ¿Es justo mantener a un paciente hospitalizado, brindándole un tratamiento paliativo indefinidamente que no cura su enfermedad, sino que más bien contribuye a un mayor desgaste fisiológico y emocional porque no tiene seguro, ni recursos económicos para siquiera ser considerado para un transplante?
Si por su edad se traslada al paciente al Hospital Santo Tomás, allí lo mandarán para su casa porque en dicho centro hospitalario no se aplica la diálisis peritoneal, sólo la hemodiálisis. Respecto al Seguro Social ni hablar porque como no es asegurado no tiene derecho a ser atendido, ni a tener una opción para transplante. Si los médicos lo envían a un hospital más cercano a su hogar, como sería en David o en el mismo Bocas del Toro, allí tampoco se cuenta con los equipos para brindarle la hemodiálisis peritoneal. En el evento de que lo enviasen a su casa, con toda seguridad Daniel moriría en menos de un mes, pues su familia no tiene posibilidad para comprarle los medicamentos y todo lo que requeriría para que pudiera aplicarse directamente la hemodiálisis.
El caso de Daniel no es el único en el Hospital del Niño, hay cuatro casos más, aunque no tan graves. La interrogante que surge es: ¿Hasta cuándo vamos a permitir que nuestros niños y niñas mueran por ser pobres? Sí, están condenados a morir por el único pecado de haber nacido en la pobreza, porque no tienen un seguro social, que aunque malo, les permita acceder a una mínima atención o a la posibilidad remota de un transplante. Esto no es humano, ni justo, ni digno. Ningún Daniel de Panamá o de cualquier país debe morir por ser pobre o simplemente porque no tiene un carnet que diga que es asegurado.
Ciertamente, la sociedad en su conjunto tiene una responsabilidad moral y social con la niñez panameña; no basta con celebrar un día de la niñez o con regarles juguetes en Navidad. El verdadero compromiso reside en erradicar la pobreza, el hambre y la desnutrición y en que los niños y las niñas de cualquier rincón de nuestra patria tenga derecho a la salud integral y en que no se lo pongan obstáculos para ser atendidos eficaz, oportuna y efectivamente cuando están enfermos, sólo porque no tienen recursos para adquirir medicamentos o porque no están asegurados.
El Estado, por su parte, debe asumir con seria voluntad política, la obligación de desarrollar programas efectivos para combatir el flagelo de la pobreza, incluyendo políticas de salud integrales que lleguen a todos los puntos más lejanos de la geografía nacional y que tanto el Ministerio de Salud, como la Caja de Seguro Social celebren convenios con los centros hospitalarios, para permitir que casos como el de Daniel, tengan derecho a recibir tratamiento o la oportunidad de ser considerados en las listas de espera para transplante, independientemente de si son asegurados o no.
Hay que reconocer que los médicos tratantes de Daniel en el Hospital del Niño, le han brindado las mejores atenciones de salud, sin olvidar el aspecto humano e inclusive han hecho gestiones para buscar alternativas de transplante en Colombia, pero los costos económicos que ello conllevaría antes, durante y posteriormente, hacen casi imposible esa posibilidad. Según los médicos es poco o casi nada lo que pueden hacer ya por Daniel, quien presenta un cuadro de depresión y desgaste físico y emocional, postrado en la cama, pues ya ni siquiera tiene ánimo para levantarse y caminar, como si presintiera que ya su final está cerca. En el año que lleva hospitalizado ha pasado por la dura experiencia de ver morir a varios compañeros con el mismo diagnóstico, sencillamente porque por ser pobres no tienen otras opciones de vida.
Elevo una plegaria al Señor por todos los Danieles del mundo, apelando al corazón de quienes tienen poder económico de hacer algo por estos niños y niñas recluidos en el Hospital del Niño con enfermedades crónicas y brindarles así la oportunidad de que puedan recuperarse, disfrutar de su niñez, de su adolescencia y por qué no, que puedan llegar a la vejez. Para los que tienen mucho, dar una esperanza de vida a seres inocentes, es el mejor regalo que pueden obsequiar este día mundial de la niñez, porque no tengan duda que ello les será recompensado con creces.