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El Centenario es de todos los panameños


Los últimos cuatro años han sido para nuestro país, un exuberante ciclo de trascendentes acontecimientos reivindicativos de naturaleza histórica. No ha transcurrido un lustro desde que el símbolo inequívoco de nuestras más fervorosas jornadas de lucha nacionalista, el Canal Interoceánico, revirtió a manos panameñas, luego de ochenta y seis años de administración estadounidense y de la inmolación de valiosos ciudadanos que hoy son objeto de honor y admiración y en este año, nos aprestamos a la celebración del centésimo aniversario de nuestra vida como estado independiente.
Cien años de historia de vida republicana, de decisiones autónomas, de luchas por el establecimiento de nuestra versión de democracia, de nuestra interpretación de libertad y la aplicación de sus derechos, son suficiente motivación para empinarse sobre los extravagantes condicionamientos de quienes pretenden ser protagonistas exclusivos de un júbilo y una conmemoración que a todos nos pertenece.
Hemos observado con minuciosa atención, lo que hace algunos meses presentaríamos y que en el momento actual se concreta: la crítica cáustica contra la organización de las actividades correspondientes a la celebración de nuestro primer centenario de vida republicana independiente.
Los gratuitos detractores del proyecto se afanan por arruinar los esfuerzos de un grupo de panameños, que han logrado afinar los elementos para dar forma coherente a este solemne aniversario sin el interés de resaltar el aporte de ningún grupo en particular y mucho menos de impedir la patriótica manifestación de todo aquel que quiera rendir su homenaje al Centenario de la República, banderías doctrinarias aparte.
Es importante destacar que esta festividad no pertenece a ningún partido, ni camarilla ni agrupación. Si por ventura un grupo político tiene la responsabilidad de administrar los proyectos nacionales en momentos como este, también tiene la obligación de ser garante de una apoteósica expresión nacionalista, ajena a las perturbaciones que las actividades proselitistas traen consigo.
No es el Partido Arnulfista el dueño de la nacionalidad, eso es cierto, pero tampoco lo son los grupos de carácter opositor, no lo es el PRD, el Partido Popular, ni el MOLIRENA ni ninguna otra unión de intereses, ni las agrupaciones cuya esencia reivindicativa es propicia para otros periodos de insolvencia e inconstancia en los acontecimientos ciudadanos y sociales. Tampoco los son los integrantes del Comité del Centenario. El titular de la panameñidad y del orgullo que esto representa es el pueblo únicamente.
La Patria la fundaron hombres y mujeres comprometidos con el futuro que hoy nos alcanza y nos convierte en depositarios de la esperanza y los sueños que hace una siglo tuvieron los gestores del movimiento separatista de saber que más allá del desvanecimiento de su existencia y de su materialidad humana, habría de perdurar un linaje de ciudadanos orgullosos de su herencia, de sus símbolos y de su identidad.
Las estrecheces y los litigios humanos deben mantenerse en un recóndita dimensión y permitir que al unísono todos cantemos las letras de nuestro himno nacional, mientras bajo el azul firmamento cruza el rauda infinito una bandada de gaviotas.
El próximo tres de noviembre no es la culminación de un periodo, no. Es el inicio de un ciclo de inéditas experiencias que nos han de proporcionar el acervo necesario para estimular nuestro desarrollo y nuestra consagración bajo los preceptos establecidos por los próceres y mártires que dieron forma a un proyecto de largas proyecciones en el tiempo.
Recordemos que a la Patria le debemos todo, que nuestro compromiso con ella es permanente u obligatorio, más allá de cualquier interés particular. Recordemos también que la victoria no se alcanza con las estériles luchas domésticas, ni con la promoción del desasosiego y la censura gratuita, sino con la consagración de nuestras mayores y mejores energías a los más amplios objetivos de prosperidad y paz permanentes.

101 años de Panamá América

 
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