El ciclo de la felicidad
Agonizando el mes de noviembre, los panameños ingresamos al vórtice de la euforia colectiva que nos lleva a "tirar la casa por la ventana", pues el 8 de diciembre, día de la madre, se inicia el ciclo de la felicidad que nos embriaga, cual néctar de dioses, los sentidos, sobre todo, el sentido común. Ni antes, ni durante, ni después de ese ícono de la fiesta del consumismo es posible salir a la calle sin encarcelarse en tranques automovilísticos, pese al alto costo del combustible.
La Navidad, de profundo contenido espiritual, ha sido degenerada en sus fines y en esencia, por la fiebre de los comerciantes que reeditan la cruxificción de Jesucristo en aras de mezquinos intereses, convirtiéndolo en un evento puramente material y consumista. Durante esta época, los ciudadanos recibimos ahorros, bonos, decimotercer mes, viáticos, y cheques sin descuentos; el dinero corre a raudales por anchas avenidas de los estupendos centros comerciales, casinos, extraordinarias y gorditos, porque además de compradores excesivos, somos también jugadores adictivos. Existen datos que sitúan la ludopatía en unas 400,000 personas. El azar constituye la fórmula mágica de resolver nuestras carencias económicas y emocionales. ¿Cuántos jubilados empeñan sus menguados ingresos en estos atractivos centros de "diversión" y de fortuna?
En la Navidad derrochamos nuestro dinero y nuestra fantasía, y como diría una amiga: ¡somos felices; si lo que tenemos no alcanza, nos endeudamos; para eso están los bancos y en última instancia las financieras!
Lo que nos ingresa de la segunda quincena de diciembre constituye el fondo para enfrentar los gastos de Año Nuevo, como dice el dicho: Año Nuevo: vida nueva, ropa, carro, casa, etc. A divertirse se ha dicho. Nos enfrascamos en la parranda, la juerga y la francachela. ¡Lo hemos logrado!, somos felices durante diciembre.
Ingresa enero con sus metas, sueños y propósitos, pero desplatados y endeudados, arrastrando el sinsabor de la depresión económica y la aguda recesión que se presentará, a no dudarlo, visto el imparable aumento del costo de vida, combustible, energía eléctrica, transporte y todos, todos los productos de primera y segunda necesidad. ¡Ah, pero enero se convierte en un mes de catarsis, que sirve para recuperarnos, trampolín para la llegada de esa fiesta que nos inyecta endorfinas suficientes para aguantar la manipulación social, política y económica de que somos objeto: Los carnavales, que cierran de manera temporal el ciclo de nuestra felicidad, aunque para festejarlos tengamos que acudir a prestamistas y casas de empeños. "La Felicidad, ah, ah, ah...".