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El cierre de la Embajada de Israel


Exagerada preocupación tiene para algunos sectores el cierre de la representación diplomática de Israel en nuestro país, como si se tratara de una señal de descontento, o peor, de una suerte de ruptura de relaciones, lo que es absurdo. Panamá conserva añejos y estrechos vínculos comerciales, culturales, diplomáticos y de otra naturaleza con esa nación. En nuestro país reside una apreciada e importante colonia israelí, muchos de los cuales son también panameños. Quizás la mayor inversión de capitales radicada en nuestro suelo sea de ese origen. Hasta ahora, la única explicación oficial que se ha brindado, es de tipo económica. Israel atraviesa una aguda recesión económica, agravada por la costosa e interminable guerra de desgaste que sostiene contra los palestinos. Algunas opiniones disparatadas hablan de razones de seguridad.
Argumentan que la creciente presencia árabe en nuestro suelo representa un peligro; y citan como ejemplo, la primera manifestación palestina en apoyo a su causa ocurrida en nuestro suelo hace unos meses.
Pero si así fuera, en peor situación estarían en Estados Unidos, donde son abrumadamente más numerosos los residentes árabes que los israelíes o judíos. La situación es igual en todo el mundo, sin que Israel por ese solo motivo esté cerrando embajadas. Si ese fuera el criterio, se quedaría sin ninguna. Panamá no es Argentina y, aquí, ambas colonias respetan rigurosamente un acuerdo tácito de convivencia pacífica, que nos convierte - si se quiere - en un Casablanca.
Ambas comunidades tienen demasiados intereses y comparten un reducido espacio, estrechados por sólidos lazos de interdependencia comercial. Digámoslo de otro modo, si no es imposible, éste sería el último lugar del planeta en el que reñirían.
Una cosa es cierta, las embajadas cuestan mucho dinero. Eso lo entienden países grandes y ricos como, por ejemplo, Canadá y, ahora, Israel. Sin embargo, ellos no necesariamente tienen embajadas en todos lados. Por el contrario, se conforman en mantenerlas en las naciones donde más lo necesiten, sea por el movimiento de sus ciudadanos, sea por el volumen de los negocios u otras consideraciones objetivas. Y cuando no, prefieren encargar a la representación de algún país amigo la atención de sus asuntos o agruparse en una sola que pagan en común para atenderlos, como suelen hacer los Países Bajos. De ese modo, se ahorra en salarios, alquiler de local, automóviles, recepciones, viajes, viáticos y en un millón de otras cosas. Pero por alguna razón desconocida, los países chicos y subdesarrollados hacemos lo contrario, quizá "para que no se note la pobreza". Y siguiendo con Canadá, para poder tramitar una visa de turismo desde nuestro país, es menester enviar la solicitud a Guatemala y aguardar algunas semanas, salvo que uno pueda trasladarse allá.
Antes se hacía en Costa Rica. En cierta medida, lo hecho por Israel, es un ejemplo digno de imitar. Un país tan pequeño y pobre, poco influyente en el plano internacional, que es el nuestro, podría ahorrar varios millones de dólares, con solo reducir su cantidad de embajadas en el mundo y concentrarlas en los lugares claves.
En el resto, sería cuestión de encargar a cualquier nación amiga para que nos represente y atienda nuestros asuntos a cambio de alguna suma que, seguramente, será mucho menor que los exorbitantes e injustificados costos de ahora.

101 años de Panamá América

 
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